El paciente en fase terminal y cuidados paliativos
No hay nada más aterrador y catastrófico para un paciente y para su familia, que el anuncio súbito de que inexorablemente terminará la vida del primero, en un lapso de tiempo relativamente corto, y que prácticamente ya no hay nada que hacer para evitar lo inevitable. Comúnmente, las personas afectadas comunican a sus amistades que su enfermo ha sido desahuciado y que sus días están contados. En la relación médico paciente la fatal noticia se expresa en el consultorio público o privado, o al lado de la cama del enfermo en un hospital. “Es mejor que se lleven a su familiar para apoyarlo en sus últimos momentos, que pueda despedirse de los suyos y, de ser posible, que deje arreglados todos sus asuntos”; es una recomendación que frecuentemente se utiliza para estos casos; sin embargo, no es nada fácil comunicar un evento de esta magnitud y, lo más importante, disponer del conocimiento suficiente para brindarle al paciente una adecuada atención en sus últimos días, así como saber la manera de enfrentar en equipo las críticas jornadas que se avecinan en el horizonte próximo.
Es importante señalar que la definición de enfermedad terminal incluye la certeza del diagnóstico médico, que el pronóstico de vida es limitado, considerándose no mayor a seis meses, que el padecimiento es irreversible, progresivo, incurable, que se acompaña de múltiples síntomas y que terminará con la evidencia de una falla orgánica múltiple, sea lenta o rápidamente progresiva. En ese sentido, no hay familia que no haya experimentado, por así decirlo, una situación difícil y generalmente desgastante, al lado de un enfermo en fase terminal. Por otra parte, son las mujeres las que asumen toda la carga física y emocional derivada de los cuidados que requiere el paciente de día y de noche, por lo que no es infrecuente que entre hermanas se rolen las guardias diurnas y nocturnas, mientras que los varones consideran que en todo caso su apoyo debe ser eminentemente económico y de ser posible, de visitas al enfermo, las que casi siempre son “de entrada por salida”; lo que es injusto y nada equitativo.
Ya tiene un buen tiempo que los profesionales de la salud de medicina, enfermería, trabajo social y psicología, han mostrado interés y han aprovechado los cursos, simposios, diplomados, etc., en los que se abordan los temas inherentes al manejo del paciente en fase terminal y los cuidados paliativos que requiere. También en los hospitales de cierto nivel de atención y en los Institutos Nacionales se han creado comités, equipos, departamentos y/o servicios de cuidados paliativos. Un buen ejemplo lo es el Instituto Nacional de Cancerología. Por cierto, el pasado mes de febrero realizó en la ciudad de Mérida, Yucatán, su XXXII Reunión Anual y uno de los foros tuvo como tema central el que nos ocupa ahora, habiendo intervenido especialistas de diversas disciplinas de la salud del propio Instituto. En este, se dijo entonces, que la atención que se brinda al paciente en fase terminal, se proporciona de manera integral por un equipo de trabajo dentro y fuera del hospital, es decir, en el domicilio del enfermo, siempre y cuando radique en el Distrito Federal. Además, se involucra a los miembros de la familia capacitándolos para que intervengan también en equipo y ofrecen asesoría vía telefónica cuando los pacientes viven fuera de la Ciudad de México.
Es obvio que el conocimiento abrupto de la situación terminal de una enfermedad, afecta a las personas siempre de manera terrible, ya sea que se hable de los enfermos en sí o de quienes los rodean y que también sufren por esa situación. La etapa terminal de una enfermedad es una de las situaciones más traumáticas que puede encarar el ser humano, pero depende de cada individuo el modo en el que efectivamente lo hace: unos pierden toda esperanza, otros se entregan a la fe y se preparan al menos espiritualmente para recibir la etapa final. La Facultad de Medicina y Cirugía de la URSE ha organizado un panel foro sobre el tema el 25 de julio en el auditorio “B” del campus El Rosario, de 9:00 a 11:00 horas. La invitación es para los profesionales de la salud y personas interesadas.
Es importante señalar que la definición de enfermedad terminal incluye la certeza del diagnóstico médico, que el pronóstico de vida es limitado, considerándose no mayor a seis meses, que el padecimiento es irreversible, progresivo, incurable, que se acompaña de múltiples síntomas y que terminará con la evidencia de una falla orgánica múltiple, sea lenta o rápidamente progresiva. En ese sentido, no hay familia que no haya experimentado, por así decirlo, una situación difícil y generalmente desgastante, al lado de un enfermo en fase terminal. Por otra parte, son las mujeres las que asumen toda la carga física y emocional derivada de los cuidados que requiere el paciente de día y de noche, por lo que no es infrecuente que entre hermanas se rolen las guardias diurnas y nocturnas, mientras que los varones consideran que en todo caso su apoyo debe ser eminentemente económico y de ser posible, de visitas al enfermo, las que casi siempre son “de entrada por salida”; lo que es injusto y nada equitativo.
Ya tiene un buen tiempo que los profesionales de la salud de medicina, enfermería, trabajo social y psicología, han mostrado interés y han aprovechado los cursos, simposios, diplomados, etc., en los que se abordan los temas inherentes al manejo del paciente en fase terminal y los cuidados paliativos que requiere. También en los hospitales de cierto nivel de atención y en los Institutos Nacionales se han creado comités, equipos, departamentos y/o servicios de cuidados paliativos. Un buen ejemplo lo es el Instituto Nacional de Cancerología. Por cierto, el pasado mes de febrero realizó en la ciudad de Mérida, Yucatán, su XXXII Reunión Anual y uno de los foros tuvo como tema central el que nos ocupa ahora, habiendo intervenido especialistas de diversas disciplinas de la salud del propio Instituto. En este, se dijo entonces, que la atención que se brinda al paciente en fase terminal, se proporciona de manera integral por un equipo de trabajo dentro y fuera del hospital, es decir, en el domicilio del enfermo, siempre y cuando radique en el Distrito Federal. Además, se involucra a los miembros de la familia capacitándolos para que intervengan también en equipo y ofrecen asesoría vía telefónica cuando los pacientes viven fuera de la Ciudad de México.
Es obvio que el conocimiento abrupto de la situación terminal de una enfermedad, afecta a las personas siempre de manera terrible, ya sea que se hable de los enfermos en sí o de quienes los rodean y que también sufren por esa situación. La etapa terminal de una enfermedad es una de las situaciones más traumáticas que puede encarar el ser humano, pero depende de cada individuo el modo en el que efectivamente lo hace: unos pierden toda esperanza, otros se entregan a la fe y se preparan al menos espiritualmente para recibir la etapa final. La Facultad de Medicina y Cirugía de la URSE ha organizado un panel foro sobre el tema el 25 de julio en el auditorio “B” del campus El Rosario, de 9:00 a 11:00 horas. La invitación es para los profesionales de la salud y personas interesadas.
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