La telefonía celular ¿Un bien o un mal?
En una sola mañana observé situaciones como las siguientes. Desayuné en un restaurante de conocido hotel del norte de la ciudad, en dos mesas cercanas a la mía había un común denominador, la falta de comunicación por el uso del celular; en una mesa una dama y un caballero no perdían el tiempo en comentario alguno, simplemente se dedicaba cada uno a teclear o a divertirse con su respectivo celular. En otra mesa contigua tres camaradas varones ni chistaban por estar manipulando sus aparatos; es más, el mesero los acomodó las viandas que le solicitaron y con un ojo al gato y el otro al garabato comieron y continuaron cada quien trasteando sus celulares; de vez en cuando uno de ellos se carcajeaba a todo pulmón de las ocurrencias que estaba observando y los otros dos ni en cuenta. Cero conversaciones entre ellos.
Pagué la cuenta, abordé mi automóvil y me dirigí hacia el sitio donde, en calidad de invitado de honor presidiría un acto solemne en compañía de distinguidas personalidades del sector salud. En el trayecto circunstancialmente o no, observé a varios automovilistas que con celular en mano conducían sus vehículos de motor muy quitados de la pena. Nos tocó el semáforo en rojo y el agente de tránsito que se encontraba en el crucero, seguramente observó el desacato al reglamento, pero se “hizo de la vista gorda” y los dejo continuar su camino.
Ya en el interior del inmueble en donde tuvo lugar la ceremonia, le tocó el turno al principal invitado para ofrecer su mensaje y realizar la declaratoria inaugural del evento. Me sorprendió el contenido de su intervención, pues después de saludar a los invitados de la mesa de honor, se refirió a los asistentes, la mayoría jóvenes de no más de 25 años de edad, con el señalamiento, a manera de sutil reclamo, de que era muy lamentable de que en lugar de escuchar con atención los mensajes de quienes hicimos uso del micrófono de acuerdo al programa, una cantidad significativa se mantuvo dedicada al uso de su celular, haciendo caso omiso de todo lo que ocurriera en su alrededor.
Ya en la noche de ese día acompañé a mi esposa a su consulta con un conocido médico especialista. Cuando ella salió del consultorio le pregunté, como era natural, cómo le había ido, su respuesta fue rotunda: ¡mal!, ¿porqué, le pregunté? Y me contestó: se la pasó todo el tiempo escribiendo en su computadora sin voltear a mirarme y lo que es peor, de repente tomó su celular y se la pasó enviando mensajes y platicando quien sabe con quién. ¡No regreso con él, pues finalmente me volvió a recetar lo mismo y ya le perdí la confianza!
Pero eso no fue todo en ese día, pues al retornar a casa encontramos a uno de nuestros hijos con el bendito celular; parece que estaba entretenido con un juego o en pleno disfrute de una película. Lo saludamos y sin voltear a vernos sólo alcanzó a mascullar algo que intentó ser unas buenas noches; mejor optamos por no decirle nada y lo dejamos en su mundo de fantasía.
Estos cuantos ejemplos me bastan para expresar de que estoy convencido de que, si bien es cierto que el invento del celular o teléfono móvil es un extraordinario descubrimiento tecnológico, lo cierto es que también cada día se vuelve un instrumento peligroso para la humanidad. Díganlo si no la cantidad de accidentes de vehículos de motor atribuibles al uso del celular; incluidos los registrados en individuos que conducen motocicletas. ¡Vamos, hasta los que se trasladan en bicicleta o triciclo manejan con una mano y con la otra sostienen el teléfono junto a la oreja! En el caso de los matrimonios y novios, su uso por uno o por los dos integrantes de la pareja elimina de plano la tan necesaria comunicación. Si sumamos el uso de la computadora con el teléfono móvil y los audífonos conectados a cualquiera de los dos o a un iPod, por parte de nuestros jóvenes, la tremenda adicción a tales aparatos seguramente ya es un factor determinante o condicionante de daños a la salud. Uno de ellos es el sedentarismo, otro lo es la disminución de la agudeza auditiva por la costumbre de escuchar música a más de 60 decibeles. ¿Verdad, amables lectores que éste es un serio problema? ¿Qué soluciones proponen que sean viables y factibles?
Pagué la cuenta, abordé mi automóvil y me dirigí hacia el sitio donde, en calidad de invitado de honor presidiría un acto solemne en compañía de distinguidas personalidades del sector salud. En el trayecto circunstancialmente o no, observé a varios automovilistas que con celular en mano conducían sus vehículos de motor muy quitados de la pena. Nos tocó el semáforo en rojo y el agente de tránsito que se encontraba en el crucero, seguramente observó el desacato al reglamento, pero se “hizo de la vista gorda” y los dejo continuar su camino.
Ya en el interior del inmueble en donde tuvo lugar la ceremonia, le tocó el turno al principal invitado para ofrecer su mensaje y realizar la declaratoria inaugural del evento. Me sorprendió el contenido de su intervención, pues después de saludar a los invitados de la mesa de honor, se refirió a los asistentes, la mayoría jóvenes de no más de 25 años de edad, con el señalamiento, a manera de sutil reclamo, de que era muy lamentable de que en lugar de escuchar con atención los mensajes de quienes hicimos uso del micrófono de acuerdo al programa, una cantidad significativa se mantuvo dedicada al uso de su celular, haciendo caso omiso de todo lo que ocurriera en su alrededor.
Ya en la noche de ese día acompañé a mi esposa a su consulta con un conocido médico especialista. Cuando ella salió del consultorio le pregunté, como era natural, cómo le había ido, su respuesta fue rotunda: ¡mal!, ¿porqué, le pregunté? Y me contestó: se la pasó todo el tiempo escribiendo en su computadora sin voltear a mirarme y lo que es peor, de repente tomó su celular y se la pasó enviando mensajes y platicando quien sabe con quién. ¡No regreso con él, pues finalmente me volvió a recetar lo mismo y ya le perdí la confianza!
Pero eso no fue todo en ese día, pues al retornar a casa encontramos a uno de nuestros hijos con el bendito celular; parece que estaba entretenido con un juego o en pleno disfrute de una película. Lo saludamos y sin voltear a vernos sólo alcanzó a mascullar algo que intentó ser unas buenas noches; mejor optamos por no decirle nada y lo dejamos en su mundo de fantasía.
Estos cuantos ejemplos me bastan para expresar de que estoy convencido de que, si bien es cierto que el invento del celular o teléfono móvil es un extraordinario descubrimiento tecnológico, lo cierto es que también cada día se vuelve un instrumento peligroso para la humanidad. Díganlo si no la cantidad de accidentes de vehículos de motor atribuibles al uso del celular; incluidos los registrados en individuos que conducen motocicletas. ¡Vamos, hasta los que se trasladan en bicicleta o triciclo manejan con una mano y con la otra sostienen el teléfono junto a la oreja! En el caso de los matrimonios y novios, su uso por uno o por los dos integrantes de la pareja elimina de plano la tan necesaria comunicación. Si sumamos el uso de la computadora con el teléfono móvil y los audífonos conectados a cualquiera de los dos o a un iPod, por parte de nuestros jóvenes, la tremenda adicción a tales aparatos seguramente ya es un factor determinante o condicionante de daños a la salud. Uno de ellos es el sedentarismo, otro lo es la disminución de la agudeza auditiva por la costumbre de escuchar música a más de 60 decibeles. ¿Verdad, amables lectores que éste es un serio problema? ¿Qué soluciones proponen que sean viables y factibles?
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