Examen profesional.
A las 8 en punto de la mañana de aquel 23 de agosto las puertas del salón de exámenes profesionales de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, se abrieron para permitir la entrada de 30 personas que minutos antes habían arribado a la terraza del sexto piso, el último del inmueble, desde donde podían distinguirse las áreas verdes aledañas y a los lados los edificios de otras Facultades vecinas; más allá, a lo lejos, la Biblioteca, la Torre de Rectoría y el colosal Estadio donde se celebraron los Juegos Olímpicos de 1968.
Algunos de los que penetraron a dicho recinto habían llegado acompañados de sus familiares, de la novia o de alguna otra amistad; otros se abstuvieron, como lo hice yo, de invitar a alguien en particular. Todas las personas ajenas al acto tuvieron que esperar fuera del salón. Dentro, recibimos indicaciones de ocupar una silla de las cuatro que rodeaban a cada una de las 30 mesas ubicadas estratégicamente. A la indicación de ponernos de pie, al mismo tiempo por los pasillos laterales se incorporaron 90 integrantes de la llamada Comisión de Profesores, todos vestidos elegantemente con toga y birrete; la mayoría rebasaba los 50 años de edad. De pie, se instalaron en ambos pasillos un número semejante de ellos y el resto tomó asiento en una mesa de honor; en medio de estos últimos ocupó su lugar el Dr. Luís Castillo Azcárate, jefe del Departamento de Exámenes Profesionales de la Facultad, también vestido de toga y birrete. Impresionante ceremonia que nunca olvidaré.
Enseguida, el Dr. Castillo dirigió unas palabras de bienvenida y sin más explicó la mecánica a seguir para iniciar a la brevedad el examen profesional a los estudiantes de la carrera de Medicina que habíamos cumplido satisfactoriamente todos los créditos curriculares, el internado hospitalario de pregrado y el servicio social de un año. Luego, uno a uno fuimos llamados a pasar a la mesa de honor para que el presidente de la misma diera de vueltas a una esfera, como las de la Lotería Nacional, encontrándose en su interior 26 pelotitas, que representaban los 26 temas del examen profesional. Cuando terminamos de pasar los 30 a examinar, únicamente se quedó en la mesa de honor el Dr. Azcárate y un auxiliar, los demás procedieron a ocupar sus respectivas mesas en su calidad de sinodales, como lo hicieron los que se habían quedado de pie en los pasillos. A mí me tocó el tema de Hipertensión Arterial; así es que con papelito en mano retorné a la mesa donde me esperaban mis tres sinodales, los Dres. José Manuel Rivero Carvallo, Fernando Rébora Gutiérrez y Senén E. González Corona. La misma escena se repitió en todas las mesas.
Si algún ingenuo llegó a pensar que únicamente le preguntarían acerca del tema que le tocó en suerte, se equivocó rotundamente pues los sinodales hicieron cera y pabilo a los examinados al penetrar al amplísimo campo del conocimiento médico, pues de un solo tema podrían derivarse otros cuestionamientos relacionados con la fisiología, con la anatomía, epidemiología o con la patología de aparatos, órganos y sistemas. Yo me defendí como pude y no dejé de contestar ninguna pregunta con la idea de mantenerme firme y seguro en lo que afirmaba o negaba. Al final de cuentas, transcurrida más de media hora de preguntas y respuestas y de observar el nivel de mi juicio crítico y analítico como futuro médico, por fin concluimos. El presidente de la mesa le preguntó a los otros dos, ¿Cómo vieron al examinado?, ¿Lo aprobamos o le pedimos que vuelva a prepararse mejor?, a lo que casi al unísono contestaron ¡Por supuesto que lo aprobamos! Dicho lo anterior, los tres se pusieron de pie y me ordenaron que hiciera lo mismo. El presidente del Jurado tomó la palabra para decirme con emoción: ¡Bienvenido colega, muchas felicidades por su magnífico examen!, se firmaron los documentos oficiales y luego recibí un abrazo de cada uno de ellos.
Prácticamente se terminó el acto de manera simultánea. Enseguida los examinados, nos colocamos de pie frente de la mesa de honor. Sólo uno no aprobó el examen. El más brillante recibió el honor de dar lectura al Juramento Hipocrático al que protestamos cumplir, levantando nuestro brazo derecho. Las imágenes de todo el evento quedaron grabadas por la lente de los fotógrafos oficialmente autorizados para ello. De eso no nos dimos cuenta hasta que nos mostraron y ofrecieron su material cuando ya estábamos fuera del salón. Nos tomamos una placa panorámica de grupo en la terraza de ese piso y los que fueron acompañados de inmediato recibieron los primeros abrazos de felicitación. Me despedí efusivamente de todos los examinados y con mis documentos y fotografías me dirigí ipso facto hasta el domicilio de mi familia. La primera que vi fue a mi madre, a la que a rajatabla le informé que ya había un médico en la familia. Con tal noticia quedó estupefacta porque nadie sabía que había llegado a la Ciudad de México desde tres días antes para presentar mi examen profesional. Efectivamente, con 72 horas de anticipación me hospedé en un hotel de una o dos estrellas cerca del centro histórico. Llegó un momento en que ya no resistí tanto la presión del examen y no quise seguir repasando libros o apuntes; lo que hice, para disminuir el estrés fue adquirir varias historietas de monitos y ver la televisión. Ni a la que hoy es mi esposa y entonces novia, le confié mi aventura. Con ello, quiero decir que a nadie le avisé de tan relevante acontecimiento en mi vida. El día del examen me puse de pie desde las cinco de la mañana y sin más, dos horas y media más tarde ya estaba en el sexto piso de la Facultad en donde pasé lista de presente. Mi familia me organizó un pequeño ágape en casa y luego invité a mi hermano Fernando para que juntos fuéramos a celebrar al Puerto de Acapulco, paradisiaco lugar que no conocíamos y donde estuvimos tres días. Todo eso ocurrió en 1973, es decir, hace 40 años. Ayer se cumplieron. Felizmente lo recuerdo con mucha emoción.
Algunos de los que penetraron a dicho recinto habían llegado acompañados de sus familiares, de la novia o de alguna otra amistad; otros se abstuvieron, como lo hice yo, de invitar a alguien en particular. Todas las personas ajenas al acto tuvieron que esperar fuera del salón. Dentro, recibimos indicaciones de ocupar una silla de las cuatro que rodeaban a cada una de las 30 mesas ubicadas estratégicamente. A la indicación de ponernos de pie, al mismo tiempo por los pasillos laterales se incorporaron 90 integrantes de la llamada Comisión de Profesores, todos vestidos elegantemente con toga y birrete; la mayoría rebasaba los 50 años de edad. De pie, se instalaron en ambos pasillos un número semejante de ellos y el resto tomó asiento en una mesa de honor; en medio de estos últimos ocupó su lugar el Dr. Luís Castillo Azcárate, jefe del Departamento de Exámenes Profesionales de la Facultad, también vestido de toga y birrete. Impresionante ceremonia que nunca olvidaré.
Enseguida, el Dr. Castillo dirigió unas palabras de bienvenida y sin más explicó la mecánica a seguir para iniciar a la brevedad el examen profesional a los estudiantes de la carrera de Medicina que habíamos cumplido satisfactoriamente todos los créditos curriculares, el internado hospitalario de pregrado y el servicio social de un año. Luego, uno a uno fuimos llamados a pasar a la mesa de honor para que el presidente de la misma diera de vueltas a una esfera, como las de la Lotería Nacional, encontrándose en su interior 26 pelotitas, que representaban los 26 temas del examen profesional. Cuando terminamos de pasar los 30 a examinar, únicamente se quedó en la mesa de honor el Dr. Azcárate y un auxiliar, los demás procedieron a ocupar sus respectivas mesas en su calidad de sinodales, como lo hicieron los que se habían quedado de pie en los pasillos. A mí me tocó el tema de Hipertensión Arterial; así es que con papelito en mano retorné a la mesa donde me esperaban mis tres sinodales, los Dres. José Manuel Rivero Carvallo, Fernando Rébora Gutiérrez y Senén E. González Corona. La misma escena se repitió en todas las mesas.
Si algún ingenuo llegó a pensar que únicamente le preguntarían acerca del tema que le tocó en suerte, se equivocó rotundamente pues los sinodales hicieron cera y pabilo a los examinados al penetrar al amplísimo campo del conocimiento médico, pues de un solo tema podrían derivarse otros cuestionamientos relacionados con la fisiología, con la anatomía, epidemiología o con la patología de aparatos, órganos y sistemas. Yo me defendí como pude y no dejé de contestar ninguna pregunta con la idea de mantenerme firme y seguro en lo que afirmaba o negaba. Al final de cuentas, transcurrida más de media hora de preguntas y respuestas y de observar el nivel de mi juicio crítico y analítico como futuro médico, por fin concluimos. El presidente de la mesa le preguntó a los otros dos, ¿Cómo vieron al examinado?, ¿Lo aprobamos o le pedimos que vuelva a prepararse mejor?, a lo que casi al unísono contestaron ¡Por supuesto que lo aprobamos! Dicho lo anterior, los tres se pusieron de pie y me ordenaron que hiciera lo mismo. El presidente del Jurado tomó la palabra para decirme con emoción: ¡Bienvenido colega, muchas felicidades por su magnífico examen!, se firmaron los documentos oficiales y luego recibí un abrazo de cada uno de ellos.
Prácticamente se terminó el acto de manera simultánea. Enseguida los examinados, nos colocamos de pie frente de la mesa de honor. Sólo uno no aprobó el examen. El más brillante recibió el honor de dar lectura al Juramento Hipocrático al que protestamos cumplir, levantando nuestro brazo derecho. Las imágenes de todo el evento quedaron grabadas por la lente de los fotógrafos oficialmente autorizados para ello. De eso no nos dimos cuenta hasta que nos mostraron y ofrecieron su material cuando ya estábamos fuera del salón. Nos tomamos una placa panorámica de grupo en la terraza de ese piso y los que fueron acompañados de inmediato recibieron los primeros abrazos de felicitación. Me despedí efusivamente de todos los examinados y con mis documentos y fotografías me dirigí ipso facto hasta el domicilio de mi familia. La primera que vi fue a mi madre, a la que a rajatabla le informé que ya había un médico en la familia. Con tal noticia quedó estupefacta porque nadie sabía que había llegado a la Ciudad de México desde tres días antes para presentar mi examen profesional. Efectivamente, con 72 horas de anticipación me hospedé en un hotel de una o dos estrellas cerca del centro histórico. Llegó un momento en que ya no resistí tanto la presión del examen y no quise seguir repasando libros o apuntes; lo que hice, para disminuir el estrés fue adquirir varias historietas de monitos y ver la televisión. Ni a la que hoy es mi esposa y entonces novia, le confié mi aventura. Con ello, quiero decir que a nadie le avisé de tan relevante acontecimiento en mi vida. El día del examen me puse de pie desde las cinco de la mañana y sin más, dos horas y media más tarde ya estaba en el sexto piso de la Facultad en donde pasé lista de presente. Mi familia me organizó un pequeño ágape en casa y luego invité a mi hermano Fernando para que juntos fuéramos a celebrar al Puerto de Acapulco, paradisiaco lugar que no conocíamos y donde estuvimos tres días. Todo eso ocurrió en 1973, es decir, hace 40 años. Ayer se cumplieron. Felizmente lo recuerdo con mucha emoción.
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