¿Qué tanto importa el curriculum vitae?

“El curriculum vitae finalmente no sirve para nada; he aceptado que quien me ha hecho el favor de presentarme repita una vez más el resumen que sobre mi historial profesional se acostumbra cuando ofrezco una conferencia como la de esta mañana; pero repito, no sirve para nada, es más, aclaro que he tenido que aceptar que se diga o que se lea, pero para mí no tiene ningún valor y me pregunto ¿Para qué? En fin, no tiene ningún caso”. Palabras más, palabras menos, de esta manera se expresó el Dr. Armando Rugarcía Torres, un erudito en educación –que por cierto es Ingeniero Químico de profesión-, al inicio de su magnífica y elocuente conferencia que llevó por título “La finalidad última de las interacciones educativas y existenciales”, dentro del ciclo de conferencias del 1er. Encuentro Académico de Educación Magistrorum I, celebrado en el Campus El Rosario, de la Universidad Regional del Sureste. Debo decir que fue muy acertada la organización de dicho evento académico, sobre todo por lo que sembraron los conferencistas en los asistentes, siendo jóvenes en su mayoría.

A pesar de lo expresado por el ponente, ¿El curriculum vitae sirve o no sirve? Bueno, está claro que depende entre otras cosas de la edad y nivel social y económico alcanzado por el profesional o técnico que estructura personalmente su historial escolar y otros agregados o complementos de su formación como persona, como son las habilidades, destrezas, virtudes y/o valores que posee. Ahora se tiene que señalar si se está dispuesto a viajar, si se dispone de licencia de manejo, si se está dispuesto a trabajar bajo presión, a laborar en equipo, si se tiene el dominio de un idioma, preferentemente el inglés. En el caso de ciertas profesiones la exigencia de la certificación y recertificación actualizada cada cinco años.

Cuando un profesionista recién egresa del plantel escolar que lo formó, generalmente tiende a acrecentar su arsenal de constancias de asistencia o participación como ponente en toda clase de eventos académicos, muchas de las cuales terminan insertas en un marco en una pared o varias, del despacho, bufete, consultorio u oficina del profesionista. Tales documentos demuestran, en cierta forma, la evolución profesional de quien atiende ahí; sirve también como una “garantía” de solvencia en cuanto al nivel de estudios alcanzados y, por supuesto, es una demostración de vanidad, pues interviene el ego y hay una buena dosis de autoestima. Además, detrás de la exhibición de constancias, diplomas, reconocimientos, títulos y certificados hay un sentimiento de orgullo personal.

Cuando transcurren los años resulta que ya no cabe tanto cuadro en el reducido espacio del profesionista y, como consecuencia, comienza la etapa de eliminar los de mayor antigüedad y colocar a cambio los más recientes; los primeros pasan a integrar una especie de archivo muerto y pueden transcurrir muchos años para que se les vuelva a ver; ¡ah! porque como buenos atesoradores no queremos deshacernos de ellos y ahí están, ocupando un espacio, tal vez llenándose de polvo y hasta convirtiéndose en un estorbo. Faltaría por agregar los trabajos y libros publicados, investigaciones realizadas, participación en revistas indexadas, reconocimientos y distinciones recibidas, multitud de fotografías y todo tipo de evidencias relacionadas con el desarrollo profesional.

En el mundo globalizado en el que vivimos en competencia constante con nuestros pares de la profesión que escogimos, se vuelve imprescindible el fortalecimiento de nuestro curriculum. En la actualidad tener un diplomado, maestría o un doctorado es de gran ayuda para lograr un empleo, un ascenso de sueldo o un puesto de mayor relevancia en una empresa pública o privada. Cuando se ha llegado a la madurez, a la plenitud de la vida y se trae tras de sí un curriculum del grosor de un tabique, como es el caso del Dr. Rugarcía, se vive con lo que se sembró con tanto esfuerzo y ahora se cosecha y se pasea con un determinado nivel de prestigio. Si no valiera la pena el curriculum vitae no habría manera de lograr el impacto que causó entre los asistentes dicho conferencista.

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