¿Vacío de autoridad y de poder?
El 1º. de julio del 2012, Enrique Peña Nieto ganó las elecciones presidenciales con poco más de 19 millones de votos, 6.6% por encima de su más cercano competidor, Andrés Manuel López Obrador; diferencia que, de entrada, elimina per se el término despectivo de “espurio”, si consideramos los resultados cuantitativos del Instituto Federal Electoral, los que dos meses después fueron avalados por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
A pesar de que el candidato del PRI y de sus aliados ganó las elecciones, 60 millones de conciudadanos no votaron por él o fueron indiferentes al proceso electoral por muy diversas razones. En conclusión, el presidente Enrique Peña Nieto no es santo de la devoción de un porcentaje significativo de los mexicanos. Por lo menos eso se demostró hace dos años y medio.
Los candidatos Josefina Vásquez Mota y Gabriel Quadri de la Torre aceptaron su derrota de inmediato, sin embargo, Andrés Manuel López Obrador dudó de los resultados, no los aceptó y los impugnó, invitando a sus correligionarios a expresarse mediante acciones de resistencia pacífica. Seis años atrás desató meses de agitación política exhortando a la población a tomar las calles cuando perdió las elecciones presidenciales. A la fecha y como líder de un nuevo partido, MORENA, mantiene un profundo resentimiento hacia Enrique Peña Nieto, a quien denosta en cuanto acto público hace uso de la palabra, con lo que induce a los que lo escuchan a mantener viva su antipatía y animadversión hacia aquel, al mismo tiempo que se pronuncia por lo que puede representar su partido como una opción para futuras elecciones.
Antes, durante y después de las últimas elecciones presidenciales, López Obrador ha gozado del apoyo de importantes personajes de nuestro país, la mayoría, si no todos, de ideología izquierdista, entre ellos escritores y periodistas de talla internacional, los que una y otra vez, un día sí y otro también, le han atizado duro y tupido al jefe del poder ejecutivo en todos los medios impresos a los que tienen acceso. Al igual como lo hace López Obrador, los insultos, diatribas y epítetos peyorativos hacia Peña Nieto están a la orden del día por sus detractores a ultranza, generándose montañas de columnas y artículos escritos con ese contenido.
La lucha por el poder político es inobjetable, más si se trata de ganar la Presidencia. Se mueven muchos y oscuros intereses y son incontables los aspirantes a quedar ligados a alguna de las múltiples dependencias del gobierno. En el caso de los que perdieron y quedaron a la orilla por lo menos por seis años, el quebranto en todos los órdenes es mayúsculo. De ahí que aprovechan cualquier oportunidad para demostrar su resentimiento. Eso está sucediendo ahora y el pretexto es el manido asunto de Ayotzinapa. Lo grave del asunto es que el propio Enrique Peña Nieto y sus colaboradores pareciera que están dando palos de ciego y ante la opinión pública la palabra ineficiencia para resolver ese problema de la esfera judicial cobra cada día más fuerza, dando la impresión de que existe un vacío de autoridad y de poder. Ejemplo de ello fue el compromiso que hizo ante los empresarios de Acapulco para reactivar su Tianguis y la respuesta inmediata fue el bloqueo de la autopista del Sol. Pero hay otros temas de orden nacional cuyas decisiones no han sido apropiadas, como la fallida licitación del proyecto de tren rápido a Querétaro y la implementación de una reforma fiscal que ha afectado de distintas maneras a los contribuyentes para subsidiar un gasto social que resulta altamente regresivo. La ocasión la pintan calva, dice la frase popular; el caso es que el caos y el desorden persisten y se incrementan, traducidos en múltiples ilícitos, hechos vandálicos y de rapiña, y los detractores de Peña Nieto piden su renuncia o maquinan, difunden e inducen a la población de forma descarada e irresponsable hacia una nueva revolución social. Eso no es lo mejor para nuestro País, pues de llevarse a cabo terminaríamos por hundirnos. Es imprescindible que el gobierno federal sea resolutivo de inmediato y con acciones permanentes, para que podamos confiar en él.
A pesar de que el candidato del PRI y de sus aliados ganó las elecciones, 60 millones de conciudadanos no votaron por él o fueron indiferentes al proceso electoral por muy diversas razones. En conclusión, el presidente Enrique Peña Nieto no es santo de la devoción de un porcentaje significativo de los mexicanos. Por lo menos eso se demostró hace dos años y medio.
Los candidatos Josefina Vásquez Mota y Gabriel Quadri de la Torre aceptaron su derrota de inmediato, sin embargo, Andrés Manuel López Obrador dudó de los resultados, no los aceptó y los impugnó, invitando a sus correligionarios a expresarse mediante acciones de resistencia pacífica. Seis años atrás desató meses de agitación política exhortando a la población a tomar las calles cuando perdió las elecciones presidenciales. A la fecha y como líder de un nuevo partido, MORENA, mantiene un profundo resentimiento hacia Enrique Peña Nieto, a quien denosta en cuanto acto público hace uso de la palabra, con lo que induce a los que lo escuchan a mantener viva su antipatía y animadversión hacia aquel, al mismo tiempo que se pronuncia por lo que puede representar su partido como una opción para futuras elecciones.
Antes, durante y después de las últimas elecciones presidenciales, López Obrador ha gozado del apoyo de importantes personajes de nuestro país, la mayoría, si no todos, de ideología izquierdista, entre ellos escritores y periodistas de talla internacional, los que una y otra vez, un día sí y otro también, le han atizado duro y tupido al jefe del poder ejecutivo en todos los medios impresos a los que tienen acceso. Al igual como lo hace López Obrador, los insultos, diatribas y epítetos peyorativos hacia Peña Nieto están a la orden del día por sus detractores a ultranza, generándose montañas de columnas y artículos escritos con ese contenido.
La lucha por el poder político es inobjetable, más si se trata de ganar la Presidencia. Se mueven muchos y oscuros intereses y son incontables los aspirantes a quedar ligados a alguna de las múltiples dependencias del gobierno. En el caso de los que perdieron y quedaron a la orilla por lo menos por seis años, el quebranto en todos los órdenes es mayúsculo. De ahí que aprovechan cualquier oportunidad para demostrar su resentimiento. Eso está sucediendo ahora y el pretexto es el manido asunto de Ayotzinapa. Lo grave del asunto es que el propio Enrique Peña Nieto y sus colaboradores pareciera que están dando palos de ciego y ante la opinión pública la palabra ineficiencia para resolver ese problema de la esfera judicial cobra cada día más fuerza, dando la impresión de que existe un vacío de autoridad y de poder. Ejemplo de ello fue el compromiso que hizo ante los empresarios de Acapulco para reactivar su Tianguis y la respuesta inmediata fue el bloqueo de la autopista del Sol. Pero hay otros temas de orden nacional cuyas decisiones no han sido apropiadas, como la fallida licitación del proyecto de tren rápido a Querétaro y la implementación de una reforma fiscal que ha afectado de distintas maneras a los contribuyentes para subsidiar un gasto social que resulta altamente regresivo. La ocasión la pintan calva, dice la frase popular; el caso es que el caos y el desorden persisten y se incrementan, traducidos en múltiples ilícitos, hechos vandálicos y de rapiña, y los detractores de Peña Nieto piden su renuncia o maquinan, difunden e inducen a la población de forma descarada e irresponsable hacia una nueva revolución social. Eso no es lo mejor para nuestro País, pues de llevarse a cabo terminaríamos por hundirnos. Es imprescindible que el gobierno federal sea resolutivo de inmediato y con acciones permanentes, para que podamos confiar en él.
No hay comentarios.: