La necesidad tiene cara de perro

Esta frase, es tan vieja como los siglos que han pasado desde que nos conquistaron los españoles, porque la mayoría de las frases y dichos que forman parte de nuestra cultura lingüística llegaron con ellos y se han transmitido de generación en generación. También se expresa como “La necesidad tiene cara de hereje”, pero para efectos del presente artículo prefiero la del título y con ella quiero referirme a una necesidad en especial, la de subsistir. Más específicamente, el hambre nos conduce a tomar decisiones inmediatas para poder satisfacerla, sin importar las acciones que tengamos que llevar a efecto, incluso robar el alimento mismo o un bien para mal venderlo y con ello lograr el mismo fin: comer. Sin llegar a este último extremo, millones de personas en este mundo hacen a un lado cada día toda clase de prejuicios para sobrevivir.

En México, las cifras oficiales (CONEVAL, INEGI), nos informan la existencia de más de 53 millones de habitantes en situación de pobreza, los que día con día luchan denodadamente por subsistir. Hay millones de familias que “amanecen” sin disponer de un peso para al menos llevarse “algo a la boca”, otro tanto realiza una sola comida y esta es paupérrima en cantidad y en calidad. El hambre obliga a lanzarse a la calle a miles de mujeres y niños, personas de la tercera edad y a discapacitados a pedir limosna, sin importarles que los lleguen a reconocer sus vecinos, paisanos o sus propios familiares; el chiste es llevarse algo “al costalito”, como decía doña Borola Tacuche de Burrón, famoso personaje de la conocida historieta mexicana, que por cierto desapareció hace algunos años luego del deceso de su creador, Don Gabriel Vargas, a los 95 años de edad.

Otros conciudadanos, aún con un empleo fijo en alguna dependencia pública o trabajadores de empresas privadas, antes de concluir la famosa quincena acuden con su “cara de baqueta”, decía mi madre, a pedir prestado a quien se deje y los que tienen el privilegio de disponer de una o más tarjetas de crédito, se dirigen a la “caja mágica” de los cajeros automáticos para disponer de algún dinero, aunque con ello mantengan un endeudamiento eterno con los Bancos que, sin misericordia alguna cobran elevados intereses.

Entre los más de 53 millones de pobres y los que supuestamente no lo son, que también son millones de mexicanos, se encuentran quienes subsisten mediante el trabajo informal, en el ambulantaje o en todo aquello que se le parezca. Todos ellos venden lo que pueden, aunque hay de informales a informales, pero el mayor porcentaje opera con un ridículo capital que apenas alcanza para cubrir las mínimas necesidades humanas. En mi carácter de médico y especialmente de salubrista, me preocupa el desmesurado crecimiento de la pobreza, porque ella incide, indiscutiblemente en el nivel de salud de las familias y de la población en general, pero es más preocupante aun cuando las personas se dedican a la preparación y venta de alimentos en la calle, los que generalmente son elaborados sin aplicar las mínimas normas de higiene, alimentos que por otra parte no ofrecen ninguna garantía de estar exentos de contaminación biológica y que al permanecer horas y horas expuestos al ambiente más posibilidad tienen de que se formen colonias de microorganismos patógenos que, por supuesto, van a causar daño a quienes los ingieran. Tal es el caso de los jugos de naranja y de otras frutas, las llamadas “aguas frescas”, las tortas y toda clase de antojitos que con frecuencia observamos en los puestos de comida que se instalan durante las fiestas de cada templo de la ciudad o las que se encuentran ahora en el zócalo y calles aledañas.

Si para quienes ofrecen alimentos para subsistir la necesidad tiene cara de perro, también debemos pensar lo mismo de quienes los consumen, pues finalmente el hambre y lo barato los conduce a esa decisión, aunque tal dualidad, la del vendedor y cliente, es producto no solo de la pobreza sino también de la ignorancia, situaciones que van de la mano y se complementan. Finalmente, lo menos que debemos hacer es impulsar las buenas prácticas de higiene en ambos grupos sociales: los que venden y los que compran.

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