La cultura del uso de la “mochila”
En la época en la que fui a la escuela primaria, el 100% de los alumnos utilizábamos un tipo de mochila diferente a la que usan las actuales generaciones. No se cargaban en la espalda pues se llevaban en la mano dominante; ahí se introducían diariamente las libretas y libros que se utilizarían en el aula de acuerdo al programa temático del docente; también se colocaba el juego de geometría, la caja de lápices de colores, un pequeño diccionario y en su caso el complemento del desayuno preparado por las madres de familia. Generalmente la mochila solo duraba el año escolar por el uso rudo que se le daba y era una gran emoción iniciar el ciclo escolar con una nueva y además con casi todo su contenido renovado, es decir, estrenábamos todo lo que ya comenté. Las familias de entonces todavía tuvieron que adquirir los libros que solicitaban los profesores, como uno cuyo nombre era “Poco a poco”.
Posteriormente, en 1959 la Secretaría de Educación Pública, cuyo titular por segunda vez era el prestigiado hombre de letras y Licenciado, Jaime Torres Bodet, por instrucciones del presidente Adolfo López Mateos introdujo dos cosas, de tan gratos recuerdos: los libros gratuitos y los desayunos escolares. Respecto de los primeros su consolidación y arraigo entre la población mexicana se dio tres años más tarde, cuando se incorporó como portada una obra de Jorge González Camarena: “La Patria”, una mujer de tez morena, rasgos indígenas y mirada valerosa que, apoyada en la agricultura la industria y la cultura –simbolizadas en las imágenes del escudo y la bandera nacionales, un libro y diversos productos de la tierra y la industria-, representaba el pasado, presente y futuro de nuestra Nación. En relación a los desayunos escolares, éstos incluían un cuartito de leche entera en un envase de cristal, un sándwich, una fruta de la estación, una gelatina y algún dulce. El ciclo escolar iniciaba en febrero y concluía en noviembre, de tal manera que las vacaciones se disfrutaban en los meses de diciembre y enero.
Quienes cursamos la instrucción secundaria continuamos el uso del mismo tipo de mochila. Francamente no recuerdo que el peso de la misma haya llegado a la exageración de lo que se observa actualmente, constituyéndose en un equipaje ligero, fácil de llevar. Además, la calidad de los materiales le daba cierta imagen de elegancia a dicho equipaje. Ya en la preparatoria y luego en la Universidad los alumnos cambiamos la mochila por el portafolio. El que compré con el fruto de mi trabajo me sirvió en ambos periodos de mi formación como estudiante; sus dimensiones no eran mayores a los de un cuaderno de 20x30 cms y en su interior sólo se colocaban hojas desprendibles, blancas, cuadriculadas y rayadas, según el uso que se les diera por la variedad de materias del grado escolar; además una goma, lápiz y bolígrafo. Así es que su peso era insignificante. Los alumnos tomábamos apuntes y luego en casa desprendíamos las hojas usadas para colocarlas con orden en una carpeta por materia; algunos eran muy obsesivos y los pasaban “en limpio”; los que además trabajábamos no teníamos tiempo para tales linduras. Los libros de texto solicitados por los profesores los teníamos en casa para su consulta y en los planteles escolares acudíamos a la biblioteca. Solo nos hacíamos acompañar de algún libro cuando teníamos examen, de tal manera que antes del mismo la mayoría se valía del texto para el repaso complementario. Hoy podemos observar lo que he llamado como la “cultura de la mochila”, porque los estudiantes cargan en la espalda semejante prenda prácticamente desde el jardín de niños hasta sus estudios universitarios. Dícese, como justificación que los hombros soportan mejor el peso que las manos. Algunas mochilas son tan grandes que descargan la mayor parte del peso en cinturones que rodean la cadera, lo que permite que las bandas que pasan por los hombros sirvan para estabilizar la carga, soportar mayor peso y mejorar la agilidad y el equilibrio, porque la carga reside cerca del centro de masa del cuerpo y supuestamente evita que la columna vertebral pueda sufrir algún daño. Pongo en tela de juicio tales argumentos, sobre todo cuando se trata de niños. ¿Realmente es necesario su uso? Bueno, los fabricantes de las mochilas nos van a decir que sí.
Posteriormente, en 1959 la Secretaría de Educación Pública, cuyo titular por segunda vez era el prestigiado hombre de letras y Licenciado, Jaime Torres Bodet, por instrucciones del presidente Adolfo López Mateos introdujo dos cosas, de tan gratos recuerdos: los libros gratuitos y los desayunos escolares. Respecto de los primeros su consolidación y arraigo entre la población mexicana se dio tres años más tarde, cuando se incorporó como portada una obra de Jorge González Camarena: “La Patria”, una mujer de tez morena, rasgos indígenas y mirada valerosa que, apoyada en la agricultura la industria y la cultura –simbolizadas en las imágenes del escudo y la bandera nacionales, un libro y diversos productos de la tierra y la industria-, representaba el pasado, presente y futuro de nuestra Nación. En relación a los desayunos escolares, éstos incluían un cuartito de leche entera en un envase de cristal, un sándwich, una fruta de la estación, una gelatina y algún dulce. El ciclo escolar iniciaba en febrero y concluía en noviembre, de tal manera que las vacaciones se disfrutaban en los meses de diciembre y enero.
Quienes cursamos la instrucción secundaria continuamos el uso del mismo tipo de mochila. Francamente no recuerdo que el peso de la misma haya llegado a la exageración de lo que se observa actualmente, constituyéndose en un equipaje ligero, fácil de llevar. Además, la calidad de los materiales le daba cierta imagen de elegancia a dicho equipaje. Ya en la preparatoria y luego en la Universidad los alumnos cambiamos la mochila por el portafolio. El que compré con el fruto de mi trabajo me sirvió en ambos periodos de mi formación como estudiante; sus dimensiones no eran mayores a los de un cuaderno de 20x30 cms y en su interior sólo se colocaban hojas desprendibles, blancas, cuadriculadas y rayadas, según el uso que se les diera por la variedad de materias del grado escolar; además una goma, lápiz y bolígrafo. Así es que su peso era insignificante. Los alumnos tomábamos apuntes y luego en casa desprendíamos las hojas usadas para colocarlas con orden en una carpeta por materia; algunos eran muy obsesivos y los pasaban “en limpio”; los que además trabajábamos no teníamos tiempo para tales linduras. Los libros de texto solicitados por los profesores los teníamos en casa para su consulta y en los planteles escolares acudíamos a la biblioteca. Solo nos hacíamos acompañar de algún libro cuando teníamos examen, de tal manera que antes del mismo la mayoría se valía del texto para el repaso complementario. Hoy podemos observar lo que he llamado como la “cultura de la mochila”, porque los estudiantes cargan en la espalda semejante prenda prácticamente desde el jardín de niños hasta sus estudios universitarios. Dícese, como justificación que los hombros soportan mejor el peso que las manos. Algunas mochilas son tan grandes que descargan la mayor parte del peso en cinturones que rodean la cadera, lo que permite que las bandas que pasan por los hombros sirvan para estabilizar la carga, soportar mayor peso y mejorar la agilidad y el equilibrio, porque la carga reside cerca del centro de masa del cuerpo y supuestamente evita que la columna vertebral pueda sufrir algún daño. Pongo en tela de juicio tales argumentos, sobre todo cuando se trata de niños. ¿Realmente es necesario su uso? Bueno, los fabricantes de las mochilas nos van a decir que sí.
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