No hay moral
No es desconocido que las campañas de las empresas tabacaleras y de las que fabrican toda clase de bebidas embriagantes, desde siempre han sido dirigidas a la población joven, pero ahora, cada vez más a menor edad, casi a inicios de la adolescencia. Lo mismo puede decirse de quienes producen y distribuyen las llamadas drogas ilícitas, muy diversificadas y con nombres que son desconocidos para la mayoría de los ciudadanos.
Son negocios muy poderosos, cuyas utilidades se manejan en millones de dólares y en donde interviene todo un entramado organizacional que involucra a miles de individuos en todo el mundo; aunque sus baterías están puestas fundamentalmente en los países con menor grado de desarrollo social y económico. Para tales organizaciones no hay lugar para el sentimentalismo, para la solidaridad humana, mucho menos para la compasión hacia nuestros semejantes, pues no les importa ni interesa el daño que el uso o exceso de sustancias tóxicas provoque en millones de inocentes, en cuanto a que con ello se destruyan vidas, familias y sociedades, a que se apaguen o se limiten ilusiones, objetivos y metas. Lo he dicho más de tres veces, para ellos el negocio es el negocio, sin escrúpulos.
Usted puede detectar a los enviciadores de nuestra juventud en todas partes: en los anuncios colocados en la parte posterior de los autobuses urbanos, en los espectaculares, a las afueras de toda clase de tugurios, antros, cantinas, bares, centros botaneros o restaurantes con bar, etc., en donde carteles y lonas en sitios estratégicos muestras imágenes sugestivas, en los que aparecen las más variadas promociones de venta, incluso de a “gratis” para las damas y jovencitas. El mayor de los descaros, el cinismo en su máxima expresión, es que enfrente y alrededor de los planteles escolares, los que inducen al vicio, colocan llamativos anuncios en los que invitan a la juventud a los que denominan pomposamente como “Happy party” o “Cheletón”; incluso, atreviéndose a utilizar el nombre de la institución docente, aunque mañosamente coloquen una letra al revés. Lo peor es que los establecimientos de disipación, de vicio y degradación pululan en la periferia de las escuelas de nivel medio y superior. ¿Quién lo permite?, y ¿Cuándo la sociedad se levanta y protesta por la aparición de esos nichos del mal, como lo hacen cuando se da a conocer, por ejemplo, el proyecto de construcción de una gasolinera o de una tienda departamental?
No cabe duda que estamos mal, o como “Juan Pueblo” dijera, no hay moral. Somos una sociedad bajo la amenaza de la decadencia; pareciera que la familia, su célula fundamental, se está desquebrajando, al permitir que se atente contra la salud física y mental de quienes son el presente, el futuro y el tesoro más preciado de nuestro país. El problema es que los jóvenes son fácil carnada y se convierten en carne de cañón ante la brutal embestida de los depredadores de nuestra sociedad, pues durante la adolescencia existe una demostrada motivación y fragilidad hacia todo aquello que produce curiosidad y un enorme interés por conocer y experimentar con lo desconocido y más si es prohibido y produce placer. Esto puede ocurrir aun cuando haya una excelente formación en el hogar, el que se conoce como “familia integrada”, pues no podemos olvidar la tremenda influencia que tiene hoy en día el ambiente que rodea a los jóvenes.
¿Qué debemos hacer? El tratamiento o abordaje de este problema multifactorial de salud pública debe tener un tratamiento integral, en el que se requiere del concurso de las autoridades de los tres niveles de gobierno, de las instituciones de educación primaria, media y superior, de profesores, padres de familia y asociaciones civiles de muy diversa índole: políticas, de servicio, religiosas, profesionales o académicas, etc. Lo ideal es que se diera una estrecha coordinación entre todas ellas, para generar soluciones de conjunto, a fin de prevenir y en su caso frenar una lacra que lastima, que hiere a la sociedad; sin embargo, si eso no es posible, lo menos que podemos aspirar es que cada una de las entidades antes señaladas cumpla con la función que le corresponde, ¡pero ya!
Son negocios muy poderosos, cuyas utilidades se manejan en millones de dólares y en donde interviene todo un entramado organizacional que involucra a miles de individuos en todo el mundo; aunque sus baterías están puestas fundamentalmente en los países con menor grado de desarrollo social y económico. Para tales organizaciones no hay lugar para el sentimentalismo, para la solidaridad humana, mucho menos para la compasión hacia nuestros semejantes, pues no les importa ni interesa el daño que el uso o exceso de sustancias tóxicas provoque en millones de inocentes, en cuanto a que con ello se destruyan vidas, familias y sociedades, a que se apaguen o se limiten ilusiones, objetivos y metas. Lo he dicho más de tres veces, para ellos el negocio es el negocio, sin escrúpulos.
Usted puede detectar a los enviciadores de nuestra juventud en todas partes: en los anuncios colocados en la parte posterior de los autobuses urbanos, en los espectaculares, a las afueras de toda clase de tugurios, antros, cantinas, bares, centros botaneros o restaurantes con bar, etc., en donde carteles y lonas en sitios estratégicos muestras imágenes sugestivas, en los que aparecen las más variadas promociones de venta, incluso de a “gratis” para las damas y jovencitas. El mayor de los descaros, el cinismo en su máxima expresión, es que enfrente y alrededor de los planteles escolares, los que inducen al vicio, colocan llamativos anuncios en los que invitan a la juventud a los que denominan pomposamente como “Happy party” o “Cheletón”; incluso, atreviéndose a utilizar el nombre de la institución docente, aunque mañosamente coloquen una letra al revés. Lo peor es que los establecimientos de disipación, de vicio y degradación pululan en la periferia de las escuelas de nivel medio y superior. ¿Quién lo permite?, y ¿Cuándo la sociedad se levanta y protesta por la aparición de esos nichos del mal, como lo hacen cuando se da a conocer, por ejemplo, el proyecto de construcción de una gasolinera o de una tienda departamental?
No cabe duda que estamos mal, o como “Juan Pueblo” dijera, no hay moral. Somos una sociedad bajo la amenaza de la decadencia; pareciera que la familia, su célula fundamental, se está desquebrajando, al permitir que se atente contra la salud física y mental de quienes son el presente, el futuro y el tesoro más preciado de nuestro país. El problema es que los jóvenes son fácil carnada y se convierten en carne de cañón ante la brutal embestida de los depredadores de nuestra sociedad, pues durante la adolescencia existe una demostrada motivación y fragilidad hacia todo aquello que produce curiosidad y un enorme interés por conocer y experimentar con lo desconocido y más si es prohibido y produce placer. Esto puede ocurrir aun cuando haya una excelente formación en el hogar, el que se conoce como “familia integrada”, pues no podemos olvidar la tremenda influencia que tiene hoy en día el ambiente que rodea a los jóvenes.
¿Qué debemos hacer? El tratamiento o abordaje de este problema multifactorial de salud pública debe tener un tratamiento integral, en el que se requiere del concurso de las autoridades de los tres niveles de gobierno, de las instituciones de educación primaria, media y superior, de profesores, padres de familia y asociaciones civiles de muy diversa índole: políticas, de servicio, religiosas, profesionales o académicas, etc. Lo ideal es que se diera una estrecha coordinación entre todas ellas, para generar soluciones de conjunto, a fin de prevenir y en su caso frenar una lacra que lastima, que hiere a la sociedad; sin embargo, si eso no es posible, lo menos que podemos aspirar es que cada una de las entidades antes señaladas cumpla con la función que le corresponde, ¡pero ya!
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