El tren Bala y Oaxaca

En la segunda quincena de 1956 viajé a Oaxaca por primera vez en compañía de mis padres y mis hermanos María del Rosario, Ana María Guadalupe y Fernando, recién nacido. El traslado lo hicimos en tren, el que salía puntualmente de la antigua Estación de Buenavista en el Distrito Federal y hacía su arribo a la capital del Estado a la mañana siguiente. Se caracterizaba el ferrocarril de pasajeros por vagones de primera y segunda clase, vagón del servicio postal mexicano, carro dormitorio con camarines, el cual generalmente ocupaba la última posición de adelante atrás, y una estruendosa locomotora, <a veces dos> que en punta impulsaba de manera poderosa aquel transporte que parecía un enorme gusano cuando se le veía por la ventanilla al tomar una pronunciada curva.

Ese primer viaje quedó muy marcado en mi memoria pues nunca, en mis ocho años de vida, había tenido una experiencia semejante. Mi padre, oriundo del Estado, regresaba por primera vez al pueblo donde nació luego de una ausencia de casi 20 años, y lo hacía con su incipiente familia <después se sumarían otros seis hermanos a la lista>. El objetivo era cumplir con lo que popularmente se conoce como “manda”, y en este caso, junto con mi madre, habían prometido obsequiarle al templo de su pueblo un niño Dios de tamaño natural, para entregarlo el día 24 de diciembre. Fue todo un acontecimiento para los habitantes de Teococuilco de Marcos Pérez, localidad enclavada en la serranía del distrito de Ixtlán.

Viajamos en vagón de segunda porque la situación económica de la familia no daba para más, pero ¡cómo disfrutamos!, a pesar de ir rodeados de cajas de cartón, toda clase de bultos y uno que otro animal doméstico, sobre todo aves como el guajolote. Puedo afirmar que difícilmente dormimos, pero no por la aparente incomodidad, sino por la emoción de ir observando toda la noche el movimiento del ferrocarril por la serpenteante ruta a través de las montañas; además porque en casi todo el camino no dejamos de comer lo que ofrecían los lugareños en cada estación. Aún recuerdo desde aquel ayer varios de los nombres de los pueblos por donde pasaba el tren, sobre todo en territorio oaxaqueño: Puebla, Tehuacán, Teotitlán del Camino, Los Cues, Cuicatlán, Dominguillo, Tomellín, El Parían, Las Sedas, Telixtlahuaca, San Pablo Huitzo y San Pedro y San Pablo Etla. En esta localidad nos bajamos esa primera vez, porque ahí residía mi tía Natalia Ramírez, propietaria de unos baños públicos que se ubicaban donde están los arcos, en donde pernoctamos esa noche y a las cuatro de la mañana del día siguiente salimos con rumbo al pueblo de mi padre, a lomo de bestia, a donde llegamos día y medio después. Toda una odisea. Hoy, el traslado en automóvil se hace en no más de dos horas.

El relato de cómo viajaron los pequeños hijos de Don Benito Juárez, cuando su esposa, Doña Margarita tuvo que huir precisamente de Etla hacia la sierra de Ixtlán, para evitar la persecución de que era objeto por órdenes del dictador Antonio López de Santa Anna, me recordó algún día que exactamente así viajamos en esa ocasión mi hermana “Chayo” y yo, metidos cada quien en un tenate atado a los lados del lomo de un burro. Tuvieron que pasar 15 años para que yo retornara a Oaxaca, y lo hice en tren, pero esta vez en vagón de primera clase. Mi destino fue venir para quedarme a vivir aquí, hasta la fecha. Me trajo la continuación de mi formación como médico realizando mi internado de pregrado en el Hospital General de Zona No. 1 del IMSS, de la capital del Estado. Hasta entonces conocí esta maravillosa ciudad cuyo centro histórico no es ni la sombra de aquella imagen que por mucho tiempo se conservó para dicha de sus propios habitantes y asombro de los turistas connacionales y extranjeros. Muchas veces viajé en ese tren, generalmente con mi familia, en un confortable camarín. Cuando se suspendió dicho transporte consideré que fue una decisión desafortunada y sin sólidos argumentos. Admito que soy un lego en la materia. Ahora, cuando las noticias recientes nos informan de que el “tren Bala” japonés alcanzó más de 600 km por hora, siento que perdimos mucho los mexicanos con la desaparición del tren de pasajeros.

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