Un fin de semana en el Distrito Federal
En fecha reciente, mi esposa y yo estuvimos en el Distrito Federal, y como nos hospedamos en un hotel situado en el centro histórico, por la noche decidimos recorrer la flamante Alameda central, recién remodelada. Visitamos cada una de las fuentes que ahora son un magnífico lugar de entretenimiento para las familias y de las infaltables parejas de enamorados; cada fuente es operada digitalmente, es diferente a las demás y se vierte en ellas un espléndido juego de luces que cambian de color de manera programada; son “fuentes saltarinas” expresó mi esposa, las que por la noche hacen más grata la estancia de los visitantes. También observamos las bien cuidadas áreas verdes y las esculturas que están ubicadas estratégicamente en todo el parque, el que se encuentra perfectamente iluminado y nos sentimos orgullosos cuando nos detuvimos ante el Hemiciclo al Benemérito de la Patria, el cual también fue objeto de restauración y ahora luce más imponente que nunca.
Continuamos nuestra caminata hacia el cruce con la calle de Balderas, pero una cuadra antes, sobre la misma Alameda, nos quedamos observando un espectáculo muy singular, pues al ritmo de diferentes melodías dos grupos de baile se disputaban, por así decirlo, la mirada de decenas de curiosos como nosotros, nada más que uno estaba conformado por parejas de heterosexuales y el otro de parejas con otra orientación sexual; cada una rodeada en círculo por sus espectadores. Ambos grupos respetaban su espacio, moviéndose frenéticamente y sin inhibiciones, gozando a placer su momento de relax.
Al día siguiente volvimos a caminar por la avenida Juárez, la que se convierte en lugar de tránsito de cientos de ciclistas domingueros, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y hasta personas de la tercera edad; a ellos se unen quienes prefieren el uso de patines o de patinetas y quienes, enfundados en shorts o pants y tenis, practican la caminata o el trote; los hay también que llevan a sus hijos en su carriola y otros circulan en bicicleta, llevando al lado a su perro; es una auténtica romería. La calle de Francisco I. Madero se ha vuelto, al paso de los años, una arteria donde caminan hacia el Zócalo o en sentido contrario hacia la Avenida Juárez, miles de connacionales o turistas, solos o en grupo. Por esa razón el cruce en el Eje Lázaro Cárdenas, antes de San Juan de Letrán, donde se ubica la famosa Torre Latinoamericana, es un ejemplo de lo que significa la sobrepoblación en una ciudad tan compleja como el Distrito Federal.
En ese sentido, cada vez que el semáforo permite el paso de los transeúntes en dicho crucero, estos atraviesan en masa confundiéndose unos con otros; una vez que lo hacen, multitud de vehículos de motor de todos colores y tamaño, se hacen dueños del espacio y cruzan a gran velocidad en medio de un ruido ensordecedor, contaminando el ambiente.
No quisimos abordar un taxi para trasladarnos hasta Santa Fe para visitar una familia que mucho apreciamos. A cambio, utilizamos la línea Cuatro Caminos-Taxqueña y luego la Pantitlán-Observatorio del Sistema Colectivo Metro; ahí fue la locura, porque miles de familias se dirigen el domingo hacia el famoso bosque de Chapultepec. Así es que apretados entre los pasajeros, muchos de ellos menores de edad, y con una temperatura muy superior a la del exterior, viajamos hasta bajarnos en la estación Tacubaya. Nos vimos precisados a tomar un microbús en el paradero de autobuses para llegar a nuestro destino.
De regreso al centro de la capital, un taxi nos dejó en las proximidades del cine Diana, donde disfrutamos de una buena película y luego de cenar en la cafetería anexa, decidimos caminar por la lateral de la avenida Reforma, donde pudimos observar varias parejas de jóvenes homosexuales caminando entre el público o sentados en las bancas, brindándose toda clase de demostraciones de cariño como lo vemos cotidianamente con las parejas heterosexuales. Esa es la libertad que se respira en una ciudad cosmopolita como lo es el Distrito Federal. Con la riquísima conversación, cuando nos dimos cuenta ya estábamos en el entronque de Reforma con Avenida Juárez. De ahí al hotel solo fueron unos cuantos metros.
Continuamos nuestra caminata hacia el cruce con la calle de Balderas, pero una cuadra antes, sobre la misma Alameda, nos quedamos observando un espectáculo muy singular, pues al ritmo de diferentes melodías dos grupos de baile se disputaban, por así decirlo, la mirada de decenas de curiosos como nosotros, nada más que uno estaba conformado por parejas de heterosexuales y el otro de parejas con otra orientación sexual; cada una rodeada en círculo por sus espectadores. Ambos grupos respetaban su espacio, moviéndose frenéticamente y sin inhibiciones, gozando a placer su momento de relax.
Al día siguiente volvimos a caminar por la avenida Juárez, la que se convierte en lugar de tránsito de cientos de ciclistas domingueros, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y hasta personas de la tercera edad; a ellos se unen quienes prefieren el uso de patines o de patinetas y quienes, enfundados en shorts o pants y tenis, practican la caminata o el trote; los hay también que llevan a sus hijos en su carriola y otros circulan en bicicleta, llevando al lado a su perro; es una auténtica romería. La calle de Francisco I. Madero se ha vuelto, al paso de los años, una arteria donde caminan hacia el Zócalo o en sentido contrario hacia la Avenida Juárez, miles de connacionales o turistas, solos o en grupo. Por esa razón el cruce en el Eje Lázaro Cárdenas, antes de San Juan de Letrán, donde se ubica la famosa Torre Latinoamericana, es un ejemplo de lo que significa la sobrepoblación en una ciudad tan compleja como el Distrito Federal.
En ese sentido, cada vez que el semáforo permite el paso de los transeúntes en dicho crucero, estos atraviesan en masa confundiéndose unos con otros; una vez que lo hacen, multitud de vehículos de motor de todos colores y tamaño, se hacen dueños del espacio y cruzan a gran velocidad en medio de un ruido ensordecedor, contaminando el ambiente.
No quisimos abordar un taxi para trasladarnos hasta Santa Fe para visitar una familia que mucho apreciamos. A cambio, utilizamos la línea Cuatro Caminos-Taxqueña y luego la Pantitlán-Observatorio del Sistema Colectivo Metro; ahí fue la locura, porque miles de familias se dirigen el domingo hacia el famoso bosque de Chapultepec. Así es que apretados entre los pasajeros, muchos de ellos menores de edad, y con una temperatura muy superior a la del exterior, viajamos hasta bajarnos en la estación Tacubaya. Nos vimos precisados a tomar un microbús en el paradero de autobuses para llegar a nuestro destino.
De regreso al centro de la capital, un taxi nos dejó en las proximidades del cine Diana, donde disfrutamos de una buena película y luego de cenar en la cafetería anexa, decidimos caminar por la lateral de la avenida Reforma, donde pudimos observar varias parejas de jóvenes homosexuales caminando entre el público o sentados en las bancas, brindándose toda clase de demostraciones de cariño como lo vemos cotidianamente con las parejas heterosexuales. Esa es la libertad que se respira en una ciudad cosmopolita como lo es el Distrito Federal. Con la riquísima conversación, cuando nos dimos cuenta ya estábamos en el entronque de Reforma con Avenida Juárez. De ahí al hotel solo fueron unos cuantos metros.
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