Homicidios en México, ¿Signo de decadencia de nuestra sociedad?
Dado el título del presente artículo, únicamente me voy a referir a los hechos de sangre y particularmente a los homicidios ocurridos en México en los últimos años. Al respecto, la sensación que priva en la mayor parte de la República Mexicana es de una alarmante inseguridad, producto de la impresionante cantidad de delitos de diversa índole que ocurren a todas horas del día y de la noche, con y sin lujo de violencia, ¡en todas partes!; pero lo que más nos causa temor es la posibilidad de ser víctimas de un atentado a nuestra existencia, o a que nos asesinen por “quítame estas pajas”.
Al respecto, todos los días los medios masivos de comunicación, particularmente la prensa escrita, nos informan en su página policiaca o de nota roja, los crímenes que ocurrieron en las últimas 24 a 72 horas en nuestra ciudad, en alguna región del Estado, en el país y en el mundo. Tales homicidios se perpetran a sangre fría, delante de la propia familia e incluso con tortura, exceso de crueldad y actos perversos; en muchos casos no falta el tiro de gracia para garantizar que la víctima fallezca. Pareciera que ya nada nos asusta ni impresiona, y que lo que ocurre es normal en las sociedades actuales; algunos expresan que es producto de la sobrepoblación; otros aducen que es por carencia de valores de quienes obran de manera violenta; otros más agregan que por falta de empleo y que éste, es un efecto de la misma sobrepoblación; por supuesto que un elevado porcentaje de ciudadanos considera, con razones bien fundadas, que mucho tienen que ver los cárteles de la mafia; los hay que de manera simplona creen que los criminales ejecutan a sus víctimas porque tienen una escuela en cierto tipo de películas y en la televisión; asimismo, existe la idea de que es producto de nuestra idiosincrasia y que ello se ve reflejado hasta en las canciones, corridos, versos y coplas populares que a diario se escuchan a lo largo y ancho de nuestro país; como es el caso de la melodía “Caminos de Guanajuato” del famoso cantautor José Alfredo Jiménez, en donde destaca que “la vida no vale nada”; pero aquí mismo, en nuestra entidad, hay una región en la que al compás de una “chilena” alguien grita: “Costa, donde vivir sin matar, la vida se desperdicia”.
Pero aún hay más, como dijera el finado conductor de la televisión Raúl Velasco, pues existen comentarios en relación a que las actuales generaciones provienen de hogares desintegrados, al incremento significativo de divorcios, al aumento de parejas que viven en unión libre y luego se separan, a la deficiente formación de los hijos en el hogar, al hecho de que ambos cónyuges trabajan y sus retoños se crían desde recién nacidos en guarderías, a la carencia cada vez mayor de falta de comunicación entre los integrantes de la familia, a la deficiencia de la educación escolar en todos los niveles, a la desaparición de la materia de Civismo que sirvió de mucho en la formación de generaciones como la mía; al incremento de los llamados “ninis”, etc.
Puedo concluir de todos estos comentarios, que el problema que nos aqueja es multifactorial. ¿De qué magnitud? Unos datos nos darán alguna respuesta. En 1931 se registraron en México 8,551 homicidios, con una tasa de 50.8 defunciones por 100 mil habitantes; 50 años después, en 1981, hubo 12,596 muertes por dicha causa, con tasa de 18.5; en el 2001, 10,286, con tasa de 10.4 y en el 2014, 19,669, con tasa de 16.5; de estos, el 41% se atribuyeron a ejecuciones por el crimen organizado. De hecho, hasta el 2006 se inició el registro de este tipo de homicidios llamados dolosos. Sin embargo, las cifras más altas ocurrieron en el 2011, con 27,213 homicidios con tasa de 23.9. Al parecer va a la baja a partir de este último año. De cualquier forma, hacen falta acciones efectivas de gobierno y sociedad, con estrategias y líneas de acción dirigidas a la atención de cada causa. Aquí importa el trabajo que en esta materia desarrollen las ONG´s, clubes de servicio, sociedades de padres de familia, dirigentes y líderes de todas las religiones, partidos políticos, medios de comunicación, etc., para impulsar los valores universales, pero sobre todo el amor y respeto a la vida humana.
Al respecto, todos los días los medios masivos de comunicación, particularmente la prensa escrita, nos informan en su página policiaca o de nota roja, los crímenes que ocurrieron en las últimas 24 a 72 horas en nuestra ciudad, en alguna región del Estado, en el país y en el mundo. Tales homicidios se perpetran a sangre fría, delante de la propia familia e incluso con tortura, exceso de crueldad y actos perversos; en muchos casos no falta el tiro de gracia para garantizar que la víctima fallezca. Pareciera que ya nada nos asusta ni impresiona, y que lo que ocurre es normal en las sociedades actuales; algunos expresan que es producto de la sobrepoblación; otros aducen que es por carencia de valores de quienes obran de manera violenta; otros más agregan que por falta de empleo y que éste, es un efecto de la misma sobrepoblación; por supuesto que un elevado porcentaje de ciudadanos considera, con razones bien fundadas, que mucho tienen que ver los cárteles de la mafia; los hay que de manera simplona creen que los criminales ejecutan a sus víctimas porque tienen una escuela en cierto tipo de películas y en la televisión; asimismo, existe la idea de que es producto de nuestra idiosincrasia y que ello se ve reflejado hasta en las canciones, corridos, versos y coplas populares que a diario se escuchan a lo largo y ancho de nuestro país; como es el caso de la melodía “Caminos de Guanajuato” del famoso cantautor José Alfredo Jiménez, en donde destaca que “la vida no vale nada”; pero aquí mismo, en nuestra entidad, hay una región en la que al compás de una “chilena” alguien grita: “Costa, donde vivir sin matar, la vida se desperdicia”.
Pero aún hay más, como dijera el finado conductor de la televisión Raúl Velasco, pues existen comentarios en relación a que las actuales generaciones provienen de hogares desintegrados, al incremento significativo de divorcios, al aumento de parejas que viven en unión libre y luego se separan, a la deficiente formación de los hijos en el hogar, al hecho de que ambos cónyuges trabajan y sus retoños se crían desde recién nacidos en guarderías, a la carencia cada vez mayor de falta de comunicación entre los integrantes de la familia, a la deficiencia de la educación escolar en todos los niveles, a la desaparición de la materia de Civismo que sirvió de mucho en la formación de generaciones como la mía; al incremento de los llamados “ninis”, etc.
Puedo concluir de todos estos comentarios, que el problema que nos aqueja es multifactorial. ¿De qué magnitud? Unos datos nos darán alguna respuesta. En 1931 se registraron en México 8,551 homicidios, con una tasa de 50.8 defunciones por 100 mil habitantes; 50 años después, en 1981, hubo 12,596 muertes por dicha causa, con tasa de 18.5; en el 2001, 10,286, con tasa de 10.4 y en el 2014, 19,669, con tasa de 16.5; de estos, el 41% se atribuyeron a ejecuciones por el crimen organizado. De hecho, hasta el 2006 se inició el registro de este tipo de homicidios llamados dolosos. Sin embargo, las cifras más altas ocurrieron en el 2011, con 27,213 homicidios con tasa de 23.9. Al parecer va a la baja a partir de este último año. De cualquier forma, hacen falta acciones efectivas de gobierno y sociedad, con estrategias y líneas de acción dirigidas a la atención de cada causa. Aquí importa el trabajo que en esta materia desarrollen las ONG´s, clubes de servicio, sociedades de padres de familia, dirigentes y líderes de todas las religiones, partidos políticos, medios de comunicación, etc., para impulsar los valores universales, pero sobre todo el amor y respeto a la vida humana.
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