Cultura del esfuerzo
En fecha reciente ofrecí una charla coloquial <yo advertí a los organizadores que no la consideraran como conferencia>; durante la misma me referí a la cultura del esfuerzo como algo que era muy frecuente entre los individuos de mi generación y de las generaciones anteriores a la mía, y tal vez unas cuantas más, en las siguientes dos o tres décadas; yo nací en 1948, así es que hagan cuentas hacia atrás y hacia delante. Cuando concluí mi intervención, el conductor del evento dio paso a la participación del foro con preguntas, comentarios o sugerencias. Una pregunta, motivo del presente artículo se dirigió a ¿Qué es la cultura del esfuerzo?, porque, según el interesado, los políticos incorporan en sus discursos dicha frase, pero a su entender no estaba claro el porqué de la misma.
Si bien es cierto que en pocas palabras podría haber contestado dicha pregunta, sin embargo, como disponía de suficiente tiempo le puse mi propio ejemplo <no debiera hacerlo, pero lo hice>. De manera sucinta comenté que a la tierna edad de 8 años fui mocito de una panadería de mi colonia, actividad de la que guardo muy gratos recuerdos; pero luego entre los 10 y los 12 años desempeñé actividades tales como vendedor de periódicos en la esquina que forman las calles de Tabasco y Orizaba, de la colonia Roma en la Ciudad de México, también vendí frutas y verduras en el antiguo mercado de la Colonia Romero Rubio, atendí un puesto callejero de suéteres que fabricaba un vecino en su hogar, y en tiempos de cañas, me veían los vecinos cortándolas en trozos con un machete, para que a “grito pelón” los clientes llegaran a comprarlas; y con mi señora madre, que en paz descanse, vivimos varias aventuras como comerciantes, pues ella preparaba gelatinas y yo salía de mi casa a venderlas en la calle, en otra ocasión me acomodó una mesita de dulces en el interior del expendio de pan donde ella se desempeñaba como dependienta, otras veces, cuando llegaba alguna feria al barrio, se animaba y elaboraba dulce de tejocotes o budín de arroz con leche, colocaba una gran cazuela con alguno de esos suculentos postres caseros en una pequeña mesa, siempre en un sitio estratégico de la feria y yo me encargaba de la venta en unas cuantas horas de la tarde y noche; mi premio era subirme a alguno de los juegos tradicionales de entonces.
Cuando mi madre ya no pudo atender el expendio de pan, me quedé como dependiente del mismo y para ello tenía que levantarme a las cuatro y media de la mañana, para irme con mis tres canastos a la panificadora a surtirme de pan blanco, de dulce y de repostería; a las seis de la mañana abría el expendio, acomodaba todo el pan en sus charolas, barría y trapeaba el piso, le ponía aserrín para que se secara más pronto y para limitar el lodo en tiempo de lluvia; naturalmente despachaba lo que vendía casi desde que llegaba al local. Estas actividades las desempeñé entre los 13 y 15 años. Cuando cumplí estos últimos, un primo me colocó como “chalán” en una fábrica de plásticos y troquelados que se ubicaba en la calzada de Tlalpan. Ahí duré dos años, porque el esfuerzo de trabajar y estudiar la preparatoria me obligó a concluir exitosamente esta última para ingresar a la Universidad. Durante la carrera de medicina desempeñé algunos empleos temporales, como cuando me enrolé como guardia de seguridad durante la exposición del famoso pintor David Alfaro Siqueiros, la cual se montó en un espacio de la Facultad de Arquitectura de la UNAM.
Mencioné, a mi interlocutor y demás integrantes del foro, que nunca dejé de estudiar; que no reprobé ningún año; que cumplí con mis obligaciones domésticas; que conté con el apoyo de mis padres para todo lo que se me ocurrió hacer; que fui un niño feliz, que se divirtió con sus amigos del rumbo; que sentí una gran libertad y autonomía, pero siempre bajo la estricta vigilancia, consejo y cariño de mi padre, lo que me permitió formarme como ciudadano de bien. Eso, les dije, puede entenderse como parte de la cultura del esfuerzo para un individuo de un estrato socioeconómico bajo; sin embargo, para este y para el de clase acomodada, implica algo más, lograr objetivos y metas en la vida, valiéndose por sí mismo, sin el tutelaje de los padres, que hoy en día resulta ser sobreprotector.
Si bien es cierto que en pocas palabras podría haber contestado dicha pregunta, sin embargo, como disponía de suficiente tiempo le puse mi propio ejemplo <no debiera hacerlo, pero lo hice>. De manera sucinta comenté que a la tierna edad de 8 años fui mocito de una panadería de mi colonia, actividad de la que guardo muy gratos recuerdos; pero luego entre los 10 y los 12 años desempeñé actividades tales como vendedor de periódicos en la esquina que forman las calles de Tabasco y Orizaba, de la colonia Roma en la Ciudad de México, también vendí frutas y verduras en el antiguo mercado de la Colonia Romero Rubio, atendí un puesto callejero de suéteres que fabricaba un vecino en su hogar, y en tiempos de cañas, me veían los vecinos cortándolas en trozos con un machete, para que a “grito pelón” los clientes llegaran a comprarlas; y con mi señora madre, que en paz descanse, vivimos varias aventuras como comerciantes, pues ella preparaba gelatinas y yo salía de mi casa a venderlas en la calle, en otra ocasión me acomodó una mesita de dulces en el interior del expendio de pan donde ella se desempeñaba como dependienta, otras veces, cuando llegaba alguna feria al barrio, se animaba y elaboraba dulce de tejocotes o budín de arroz con leche, colocaba una gran cazuela con alguno de esos suculentos postres caseros en una pequeña mesa, siempre en un sitio estratégico de la feria y yo me encargaba de la venta en unas cuantas horas de la tarde y noche; mi premio era subirme a alguno de los juegos tradicionales de entonces.
Cuando mi madre ya no pudo atender el expendio de pan, me quedé como dependiente del mismo y para ello tenía que levantarme a las cuatro y media de la mañana, para irme con mis tres canastos a la panificadora a surtirme de pan blanco, de dulce y de repostería; a las seis de la mañana abría el expendio, acomodaba todo el pan en sus charolas, barría y trapeaba el piso, le ponía aserrín para que se secara más pronto y para limitar el lodo en tiempo de lluvia; naturalmente despachaba lo que vendía casi desde que llegaba al local. Estas actividades las desempeñé entre los 13 y 15 años. Cuando cumplí estos últimos, un primo me colocó como “chalán” en una fábrica de plásticos y troquelados que se ubicaba en la calzada de Tlalpan. Ahí duré dos años, porque el esfuerzo de trabajar y estudiar la preparatoria me obligó a concluir exitosamente esta última para ingresar a la Universidad. Durante la carrera de medicina desempeñé algunos empleos temporales, como cuando me enrolé como guardia de seguridad durante la exposición del famoso pintor David Alfaro Siqueiros, la cual se montó en un espacio de la Facultad de Arquitectura de la UNAM.
Mencioné, a mi interlocutor y demás integrantes del foro, que nunca dejé de estudiar; que no reprobé ningún año; que cumplí con mis obligaciones domésticas; que conté con el apoyo de mis padres para todo lo que se me ocurrió hacer; que fui un niño feliz, que se divirtió con sus amigos del rumbo; que sentí una gran libertad y autonomía, pero siempre bajo la estricta vigilancia, consejo y cariño de mi padre, lo que me permitió formarme como ciudadano de bien. Eso, les dije, puede entenderse como parte de la cultura del esfuerzo para un individuo de un estrato socioeconómico bajo; sin embargo, para este y para el de clase acomodada, implica algo más, lograr objetivos y metas en la vida, valiéndose por sí mismo, sin el tutelaje de los padres, que hoy en día resulta ser sobreprotector.
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