Fracaso en Río.

Eran las 13:00 horas del jueves 18 de este mes, cuando millones de mexicanos paralizamos nuestras actividades para ver por televisión el esperado combate del boxeador, nacido en Parral, Chihuahua, contra un oponente de Uzbekistán. Misael Rodríguez, más conocido por el mote de “El chino”, y al que los medios de difusión destacaron que para poder ir a los Juegos Olímpicos tuvo que dedicarse a “botear”, y de esa manera disponer de un mínimo de efectivo. Pues bien, nuestro guerrero hizo lo que humanamente le fue posible, producto de su inexperiencia y deficiente entrenamiento; más por voluntad y deseo de trascender que por eficiencia de su boxeo. Luego de tres rounds de atropellada y arrebatada exhibición de peleador callejero, sucumbió ante su más experimentado oponente, quien demostró ser muy superior, estar mejor entrenado, contar con una condición física apropiada y haber puesto en juego una técnica ortodoxa muy bien definida. El nuestro, incluso, en su desesperación, varias veces cometió fauls que le condicionaron puntos en contra. Finalmente, “El chino” se conformó con su medalla de bronce y los mexicanos “pudimos respirar” con el consuelo de que por fin aparecimos en el medallero olímpico. En general así han estado la mayoría de los 126 seleccionados nacionales que hicieron el viaje a Brasil, es decir, han navegado en las aguas cenagosas de la mediocridad.

¿Es culpable Alfredo Castillo Cervantes, titular de la CONADE, al que desde hace más de una semana se le han ido a la yugular tirios y troyanos? Me parece que no. Más aun cuando se hizo notorio que llevó a la novia con gastos pagados y uniforme de la Delegación Mexicana. Lo mejor que pudo haber hecho el ensoberbecido mandamás oficial del deporte nacional, es no haber ido a Río; todavía mejor, no debió de haber aceptado una responsabilidad para la que no dispone del perfil ni de conocimiento alguno. Lo que ha logrado desde que fue nombrado equivocadamente en ese delicado cargo, fue la animadversión de todo mundo, comenzando por los comentaristas que sí saben de deportes, y luego con los presidentes de las distintas federaciones deportivas de nuestro país, algunos de los cuales han convertido en un negocio de familia el puesto que han ostentado por varios lustros. Desde un principio se notó el protagonismo de Castillo, como cuando intervino en el preolímpico selectivo del básquetbol masculino celebrado en la Ciudad de México, deporte que terminó por no representarnos en las Olimpiadas. Ahora, lo quieren vivo diputados y senadores para que declare el fracaso olímpico y el uso de los más de 2 mil 800 millones del presupuesto que maneja la CONADE. Ya se adelantó Luís Miguel Gerónimo Barbosa Huerta, Senador y Coordinador del Grupo Parlamentario del PRD, quien enfático expresó que no tiene caso citar a comparecer a Castillo, que más bien, dice, lo que se debe hacer es que cuando regrese a México de su viaje de placer, el presidente Enrique Peña Nieto le pida su renuncia y se le finquen las responsabilidades a que haya lugar.

¿Por qué no es estrictamente culpable?, simplemente porque el deporte en México no ha dejado de ser una simulada política de estado, cuyos programas federal, estatales y municipales, con objetivos, metas, estrategias y acciones han sido letra muerta, pues no han aterrizado y no llegan a disponer de un presupuesto suficiente y estrictamente administrado. Desde siempre ha sido ciencia ficción, una terrible falacia. Por otra parte, no es admisible que directivos y deportistas se amparen y justifiquen con la cíclica cantaleta de que “fueron a aprender” o que lo vivido en las Olimpiadas les representó una “gran experiencia”. Lo siento, pero a dichas competencias hay que ir precisamente a competir, a ganar; por lo tanto no deben ir los que no garanticen una actuación sobresaliente, me refiero a que nuestros atletas deben quedar entre los primeros cinco lugares. Aspirar a menos es indigno. Pocos, pero cada uno debe colgarse una medalla por lo menos de bronce.

¿Son culpables los atletas? No, tal vez son a los que menos podemos endilgarles el desastre deportivo, el gran fracaso en estos Juegos de Río de Janeiro, los que así pasarán a la posteridad. ¡Esta decepción se suma a todo lo negativo que está ocurriendo en nuestro país!

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