Estamos en lista de espera.
Con esas palabras se expresó la distinguida y muy estimada Licenciada en Enfermería Teresa Sánchez Calderón, cuando comenté con ella en conocida agencia funeraria de la ciudad, el sensible fallecimiento de nuestro dilecto amigo, el Dr. Jaime Manuel Calderón Guzmán. Previamente, yo me había referido a que el gran aprecio que él nos tuvo a todos los asistentes, surtió un efecto de bumerang hacia su persona, dado el gran poder de convocatoria que permitió que lo acompañáramos en sus últimas horas de cuerpo presente; diríase que en el trance final de su estancia en este mundo siguió cosechando lo que sembró en gran parte de su vida. Y esas contundentes cuatro palabras me impactaron, porque en realidad todos estamos en espera de nuestro turno. Decimos a los deudos de quien perdió la vida que éste “se nos adelantó”, que “ya nos tocará”, “que algún día lo alcanzaremos y nos veremos de nuevo”; sin embargo, la mayoría de nosotros quisiéramos que esa fecha esté muy lejos de llegar, pues normalmente nadie desea la muerte para sí.
Momentos como el que comento motivan a la reflexión, al recuerdo y recuento de quienes conocimos y ya fallecieron, parientes, compañeros de trabajo o de cuando estudiamos, amistades, vecinos de la cuadra e incluso personajes que fueron famosos en nuestro país o fuera de él. Y llega la pregunta obligada: ¿Por qué no me ha tocado a mí?, o peor aún, ¿Cuándo será el día en que me toque?, aunque algunos, en etapa terminal de alguna enfermedad, ya desahuciados se pregunten ¿Por qué a mí? Hay quienes por extrañas y misteriosas circunstancias de la vida tienen otra oportunidad luego de estar al borde de la muerte, y entonces emiten la clásica frase “¡Volví a nacer!”, como si a partir de ese momento empezara para ellos la inmortalidad.
Hace unos meses lamenté la súbita partida de mi amigo, el Lic. Rubén Vasconcelos Beltrán, pero el de agosto fue un mes crítico en relación a hechos como los que comento; primeramente la muerte de un primo hermano de mi padre acaecido el día 14 y quien fue sepultado a la usanza de su pueblo natal, en el cementerio municipal de Teococuilco de Marcos Pérez, luego de un largo recorrido por las callejuelas de la localidad, la que por la noche al iluminarse sus casas y encenderse la luz de las lámparas públicas, semeja un serpenteante “nacimiento” entre las montañas de la serranía oaxaqueña. Se nos fue quien llamábamos de cariño “Tío Venado”, o simplemente el “Tío Alfonso”, quien en los años de su juventud y madurez se dedicó a la cacería de un promedio de 20 venados al año; por eso le decíamos que él fue el culpable de casi el exterminio de esa especie animal. Yo le tuve un gran aprecio y creo que era recíproco; 20 años atrás derribó un enorme pino con cuya madera me construyó una rústica cabaña, en un terreno que la comunidad me obsequió y que se localiza en el sitio que se conoce como “Rancho Obispo”.
No bien acababa de suceder el evento luctuoso anterior cuando recibí la noticia del fallecimiento del Dr. Calderón Guzmán, quien se despidió de este mundo a los 77 años de edad el pasado 27 de agosto. Los ex Presidentes de la Sociedad Oaxaqueña de Salud Pública nos hicimos presentes y con una magnífica coordinación del Dr. Felipe Gama Casas, le rendimos un sentido y justo homenaje. El extinto salubrista fue mi primer jefe en lo que hoy son los Servicios de Salud de Oaxaca; después dirigió durante 8 años el Centro de Salud Urbano No. 1, ubicado en la esquina de Mina y Díaz Ordaz, en sustitución del insigne Dr. Carlos Ortiz Escorcia, y con el tiempo lo invité a colaborar conmigo cuando ocupé distintos puestos de dirección de área en la misma dependencia, de ahí que tuviéramos un estrecha relación que nos permitió mantener una amistad por más de 40 años. Su muerte nos conmovió a todos los que lo tratamos, y por esa razón estuvimos con él y con sus amados hijos. Pero el duelo también sirvió para reflexionar una vez más acerca del inexorable destino que tenemos los seres vivos, pues a todos nos llegará la hora que no podremos evitar; de ahí el porqué de la frase con la que se titula este artículo: “Estamos en lista de espera”. Por lo pronto, ya fue borrado de la lista el famoso divo de Juárez, Juan Gabriel, en el mismo mes que comento.
Momentos como el que comento motivan a la reflexión, al recuerdo y recuento de quienes conocimos y ya fallecieron, parientes, compañeros de trabajo o de cuando estudiamos, amistades, vecinos de la cuadra e incluso personajes que fueron famosos en nuestro país o fuera de él. Y llega la pregunta obligada: ¿Por qué no me ha tocado a mí?, o peor aún, ¿Cuándo será el día en que me toque?, aunque algunos, en etapa terminal de alguna enfermedad, ya desahuciados se pregunten ¿Por qué a mí? Hay quienes por extrañas y misteriosas circunstancias de la vida tienen otra oportunidad luego de estar al borde de la muerte, y entonces emiten la clásica frase “¡Volví a nacer!”, como si a partir de ese momento empezara para ellos la inmortalidad.
Hace unos meses lamenté la súbita partida de mi amigo, el Lic. Rubén Vasconcelos Beltrán, pero el de agosto fue un mes crítico en relación a hechos como los que comento; primeramente la muerte de un primo hermano de mi padre acaecido el día 14 y quien fue sepultado a la usanza de su pueblo natal, en el cementerio municipal de Teococuilco de Marcos Pérez, luego de un largo recorrido por las callejuelas de la localidad, la que por la noche al iluminarse sus casas y encenderse la luz de las lámparas públicas, semeja un serpenteante “nacimiento” entre las montañas de la serranía oaxaqueña. Se nos fue quien llamábamos de cariño “Tío Venado”, o simplemente el “Tío Alfonso”, quien en los años de su juventud y madurez se dedicó a la cacería de un promedio de 20 venados al año; por eso le decíamos que él fue el culpable de casi el exterminio de esa especie animal. Yo le tuve un gran aprecio y creo que era recíproco; 20 años atrás derribó un enorme pino con cuya madera me construyó una rústica cabaña, en un terreno que la comunidad me obsequió y que se localiza en el sitio que se conoce como “Rancho Obispo”.
No bien acababa de suceder el evento luctuoso anterior cuando recibí la noticia del fallecimiento del Dr. Calderón Guzmán, quien se despidió de este mundo a los 77 años de edad el pasado 27 de agosto. Los ex Presidentes de la Sociedad Oaxaqueña de Salud Pública nos hicimos presentes y con una magnífica coordinación del Dr. Felipe Gama Casas, le rendimos un sentido y justo homenaje. El extinto salubrista fue mi primer jefe en lo que hoy son los Servicios de Salud de Oaxaca; después dirigió durante 8 años el Centro de Salud Urbano No. 1, ubicado en la esquina de Mina y Díaz Ordaz, en sustitución del insigne Dr. Carlos Ortiz Escorcia, y con el tiempo lo invité a colaborar conmigo cuando ocupé distintos puestos de dirección de área en la misma dependencia, de ahí que tuviéramos un estrecha relación que nos permitió mantener una amistad por más de 40 años. Su muerte nos conmovió a todos los que lo tratamos, y por esa razón estuvimos con él y con sus amados hijos. Pero el duelo también sirvió para reflexionar una vez más acerca del inexorable destino que tenemos los seres vivos, pues a todos nos llegará la hora que no podremos evitar; de ahí el porqué de la frase con la que se titula este artículo: “Estamos en lista de espera”. Por lo pronto, ya fue borrado de la lista el famoso divo de Juárez, Juan Gabriel, en el mismo mes que comento.
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