Dos impactantes experiencias
A mi paso como titular de la Dirección de Regulación y Fomento Sanitario de los Servicios de Salud de Oaxaca, tuve múltiples y muy variadas experiencias. Voy a recordar dos de ellas en esta ocasión, las que fueron en su momento muy impactantes y que requirieron de mi persona prudencia, tolerancia y valor. Los dos fueron hechos reales y hoy solo forman parte del anecdotario. La primera de ellas sucedió a los pocos días de haber tomado posesión del cargo. Me “estrené”, por así decirlo, con una marcha de propietarias y cocineras de las fondas de los mercados de la Ciudad, quienes arribaron al inmueble de la citada Dirección por la calle de Armenta y López, el cual era vecino de la Delegación de la Cruz Roja Mexicana. El ruido que hacían las susodichas con sus gritos y el fuerte golpeteo con cucharones a sus sartenes, era verdaderamente impresionante y atemorizador. De pronto entraron al edificio y de inmediato salí a recibirles; les acompañaba una unidad de motor de conocida radiodifusora, la que a propósito venía cubriendo el evento. El locutor prácticamente ponía en mi boca el micrófono para transmitir de viva voz todo lo que yo les expresé a las inconformes. A pesar de que recibí a un gran número de ellas en un auditorio improvisado, no llegamos a ningún acuerdo definitivo ese día. No deseaban aceptar la nueva normatividad de la Secretaría de Salud Federal, mediante la cual por primera vez las visitas de los verificadores sanitarios en todo el país, incluían la toma de tres muestras de los alimentos preparados, para su análisis laboratorial. En sus alegatos insistían en que las personas que consumían en sus puestos o fondas no se enfermaban, incluso llegaron a afirmar que “grandes personajes” habían comido ahí y no les había pasado nada.
Días después recibí una llamada telefónica de su lideresa, Doña Genoveva Medina, quien llegó a ser senadora de la República, solicitándome una nueva reunión pero en el palacio municipal de la Ciudad de Oaxaca. Asistí con mis colaboradores y escuché con atención sus argumentos y al final hizo uso de la palabra doña Genoveva, quien me solicitó de muy buena manera que apoyara a las demandantes. A propósito, les expresé que mi abuela materna había sido, en la Ciudad de México, alguien como ellas, porque también fue propietaria de una fonda por muchos años. Noté que eso que les dije las emocionó y aplaudieron, lo que me sirvió para manejar con tranquilidad la decisión que ya había tomado, consistente en introducir de manera gradual la normatividad y sólo cuando se recibiera la denuncia de los comensales de posible daño a su salud por consumo de alimentos en un determinado lugar. Todas estuvieron de acuerdo y de esa manera atendimos esa delicada situación. Otro caso fue cuando recibí al conocido líder social del MULT, el Lic. Heriberto Pazos Ortiz. El día de los hechos yo había regresado de la Ciudad de México y de manera directa, sin ir a mi domicilio, decidí trasladarme a mi oficina para atender a las personas que ya me esperaban. Cerca de las 16 horas, abordé mi automóvil para retirarme cuando escuché una voz que preguntaba al oficial de seguridad si estaba el director. El guardia volteó hacia mí como preguntándome con la mirada qué debía contestar. Salí del auto y me dirigí al encuentro con el Lic. Pazos. Inmediatamente, en voz alta, hiló una retahíla de comentarios por medio de los cuales me manifestaba su molestia por lo que llamó “la enésima” suspensión de un restaurante que tenía en el barrio de Jalatlaco, por lo que me invitaba a visitarlo para demostrarme que sí cumplía con el reglamento. Cuando terminó de hablar le comenté que había cumplido con mis funciones durante esa jornada, a pesar de que mi hija había sido operada durante mi ausencia de la Ciudad, y que en ese momento me dirigía a visitarla al hospital donde estaba internada. Lo tomé por el hombro y me comprometí con él a que al día siguiente atendería la suspensión de su giro y, de considerarlo conveniente, daría la indicación para la inmediata reapertura. Su tono de voz cambió de inmediato y me pidió disculpas, además de desear la pronta recuperación de mi hija. Se solucionó su caso y él quedó totalmente satisfecho.
Días después recibí una llamada telefónica de su lideresa, Doña Genoveva Medina, quien llegó a ser senadora de la República, solicitándome una nueva reunión pero en el palacio municipal de la Ciudad de Oaxaca. Asistí con mis colaboradores y escuché con atención sus argumentos y al final hizo uso de la palabra doña Genoveva, quien me solicitó de muy buena manera que apoyara a las demandantes. A propósito, les expresé que mi abuela materna había sido, en la Ciudad de México, alguien como ellas, porque también fue propietaria de una fonda por muchos años. Noté que eso que les dije las emocionó y aplaudieron, lo que me sirvió para manejar con tranquilidad la decisión que ya había tomado, consistente en introducir de manera gradual la normatividad y sólo cuando se recibiera la denuncia de los comensales de posible daño a su salud por consumo de alimentos en un determinado lugar. Todas estuvieron de acuerdo y de esa manera atendimos esa delicada situación. Otro caso fue cuando recibí al conocido líder social del MULT, el Lic. Heriberto Pazos Ortiz. El día de los hechos yo había regresado de la Ciudad de México y de manera directa, sin ir a mi domicilio, decidí trasladarme a mi oficina para atender a las personas que ya me esperaban. Cerca de las 16 horas, abordé mi automóvil para retirarme cuando escuché una voz que preguntaba al oficial de seguridad si estaba el director. El guardia volteó hacia mí como preguntándome con la mirada qué debía contestar. Salí del auto y me dirigí al encuentro con el Lic. Pazos. Inmediatamente, en voz alta, hiló una retahíla de comentarios por medio de los cuales me manifestaba su molestia por lo que llamó “la enésima” suspensión de un restaurante que tenía en el barrio de Jalatlaco, por lo que me invitaba a visitarlo para demostrarme que sí cumplía con el reglamento. Cuando terminó de hablar le comenté que había cumplido con mis funciones durante esa jornada, a pesar de que mi hija había sido operada durante mi ausencia de la Ciudad, y que en ese momento me dirigía a visitarla al hospital donde estaba internada. Lo tomé por el hombro y me comprometí con él a que al día siguiente atendería la suspensión de su giro y, de considerarlo conveniente, daría la indicación para la inmediata reapertura. Su tono de voz cambió de inmediato y me pidió disculpas, además de desear la pronta recuperación de mi hija. Se solucionó su caso y él quedó totalmente satisfecho.
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