Vivir por vivir.

Los días 28 y 29 de noviembre estuve en la Ciudad de México para atender una cita en Médica Sur. Independientemente de haber cumplido con el objetivo que me llevó a esa gran urbe, hubo experiencias con las que una vez más volví a vivir, las que tal vez por los años que ya llevo encima me obligaron a reflexionar con más detenimiento; me refiero a la experiencia de viajar en el famoso Metro, medio de transporte urbano que utilizan millones de pasajeros cada día en todas las rutas ya conocidas. Al respecto, alguna vez abordé un taxi de sitio que da servicio a los huéspedes del hotel a donde arribo desde hace unos 40 años, inmueble que está situado a tan solo una cuadra del Palacio de las Bellas Artes. Me trasladaba a la Universidad Iberoamericana Campus Santa Fe. Imposible de creer el tiempo que hicimos hasta ese lugar: más de una hora y media por el terrible congestionamiento vial en las principales arterias por las que circulamos (y eso que no había marchas ese día); es obvio suponer lo que me costó ese viajecito. Al día siguiente probé con el Metro y el viaje disminuyó a no más de 40 minutos, con todo y las conexiones entre líneas para poder llegar al mismo destino.

En esta ocasión que comento volví a hacer uso del tren subterráneo; bueno, eso es un decir, pues viajé en la línea que lleva finalmente hasta su terminal en Taxqueña, la que en alrededor de 10 estaciones circula casi a nivel de como lo hacen los demás vehículos de motor. Lo difícil y desesperante fue primeramente el abordaje y luego mantenerse en el interior en medio de empujones e incluso pisotones, en un ambiente caluroso, a pesar de que en el exterior ya se siente el inicio del descenso de la temperatura. Pensé que afortunadamente para mí, no es una experiencia que tenga que vivir todos los días de ida y de vuelta. En conclusión, ¡Qué difícil es viajar en Metro en la Ciudad de México! Qué difícil porque quienes lo hacen sufren de un terrible hacinamiento y cuando salen de los vagones parecen almas en pena, casi siempre corriendo o caminando como sonámbulos y con cierto dejo de indiferencia, con rostros que reflejan angustia y cuerpos y mentes sometidos a un tremendo estrés, el que seguramente va socavando más rápidamente sus vidas. Es preciso destacar que las instalaciones han sido objeto de remodelación, por lo que lucen impecables. Tuve que seguir mi viaje no en el tren eléctrico, cuyas vías y estaciones se encuentran en reparación, sino en un autobús y luego en un taxi que tomé a nivel del estadio Azteca.

No es desconocido que los millones de usuarios del Metro se trasladan no solo desde las 16 alcaldías, antes delegaciones, de la Ciudad de México, pues también lo hacen quienes proceden de los municipios del Estado de México. Las distancias que recorren para llegar a su destino son, además de extensas, muy extenuantes, pues tienen que levantarse entre las 4 y 6 de la mañana para poder llegar a tiempo a donde se dirigen, lo que prácticamente les imposibilita que puedan retornar a sus hogares para tomar sus alimentos, los que ingieren principalmente en alguno de los puestos fijos, semifijos y ambulantes que pululan de manera impresionante en determinados sitios de gran concentración humana, en este caso en particular alrededor de los Institutos Nacionales de Salud que se hallan ubicados en las colonias de la alcaldía de Tlalpan; casetas y puestos en donde se vende de todo, pero principalmente alimentos y bebidas (me refiero a los refrescos, jugos de frutas, licuados, esquimos, “aguas frescas de vitriolera”, etc.), y de aquellos, los alimentos, sobre todo los tacos, tortas y sándwiches, e infinidad de “antojitos” de la famosa dieta mexicana, cuyo nombre comienza con la letra “T”, además de toda clase de productos de la llamada “comida chatarra”. Lo más difícil de aceptar es que los mismos médicos y otro personal de salud degustan lo que ofrecen esos puestos sin preocuparse en lo más mínimo en si cumplen con las buenas prácticas de higiene y menos aún si son sujetos de la vigilancia sanitaria al que se supone debieran estar sometidos, lo que dudo mucho que suceda.

Al final de cada día multitudes viajan en el Metro y luego en destartalados autobuses para arribar a sus hogares sumamente agotados. ¿Eso es vida? Es vivir por vivir.

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