¿Hacia dónde vamos?

Cuando en una votación histórica celebrada el dos de julio del 2018, Andrés Manuel López Obrador, entonces candidato a la presidencia de la República por el partido que el creó, sumó 33.1 millones de votos, que representaron el 53.19% del total, nunca se imaginó que apenas rebasado su primer año de gobierno las cosas se le complicarían a grado tal, que es posible que en la soledad de su departamento en Palacio Nacional, por las noches, cada día que pasa, piense en el desafortunado momento que está teniendo que soportar, ¿mala suerte?, pues no es para menos la grave situación por la que atraviesa el país, la que comenzó por gestarse cuando concluyó el 2019 con la amarga noticia de que el crecimiento económico de México se contrajo 0.1%, confirmado por el INEGI, cifra que es la peor en una década, es decir, un año perdido, en el lenguaje de los economistas; pero además, hay que agregarle que ese año se registró un nuevo récord de asesinatos con 35,588 víctimas, convirtiéndose en el año más violento desde que se llevan registros. Luego, en los primeros meses del año 2020, llegaron como en cascada dos situaciones de orden mundial, la pandemia del SARS-COV-2 o Covid 19, la más terrible desde hace un siglo y casi de manera simultánea, en buena medida por los efectos de aquella, la debacle del precio del barril del petróleo. ¿Se imaginan amanecer en un nuevo año con el estancamiento en nuestra economía, la continuidad y ascenso sin freno del crimen y luego recibir, uno tras otro los impactos de la pandemia y de la crisis petrolera?

De pronto, tantos planes y proyectos de AMLO se tambalean de manera dramática. No faltan sus detractores que han rescatado expresiones del ahora presidente cuando andaba en campaña, cuando afirmaba que su antecesor nos estaba llevando al “despeñadero”, en alusión a su apellido, pero ahora señalan que Enrique Peña Nieto solo nos dejó al borde del precipicio y en cambio, el actual presidente, nos lleva velozmente en este último, sin que nada nos detenga, con el peligro de estrellarnos en el fondo.

La realidad hay que aceptarla, pues las perspectivas económicas que plantean para México el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las empresas financieras J.P. Morgan, Scotiabank, Bank of América, Merrill Lynch, localmente el Banco de México y la Secretaría de Hacienda y ahora la CEPAL, se traducen en un panorama sumamente sombrío no solamente para el año en curso, sino que van más allá, afectando el año 2021, y los que le siguen; en concreto, difícilmente podremos aspirar a un crecimiento por lo menos del 2% en ese tiempo, muy lejos, del 4% anual prometido por AMLO. Es obvio que sin crecimiento no tendremos desarrollo y sin este no podemos aspirar al ansiado bienestar. Una situación de tal magnitud se ha vuelto una amenaza para nuestro país, la que para poder sortearla requiere que operen dos palabras: unión y sensatez, y éstas debe emanar desde el jefe del poder ejecutivo federal, quien tiene que ejercer un auténtico liderazgo. Pero el problema es que los ciudadanos comunes y corrientes hemos observado que en muy poco tiempo se han abierto varios frentes que discrepan abiertamente con el presidente, entre ellos los organismos empresariales, algunos gobernadores e incluso, se han añadido, de manera individual, personajes del medio artístico y deportivo de nuestro país. Naturalmente que en los medios de comunicación son muy conocidos los columnistas, periodistas, y conductores de noticieros, que cada vez más opinan de manera totalmente diferente y hacen una crítica permanente hacia las decisiones del presidente de la República, todo lo cual empantana terriblemente el escenario y el ambiente se vuelve cada vez más tóxico, lo que no nos lleva por el buen camino. Todo se mueve hacia el hecho de que ocurra una situación inédita en nuestro país, que se lleve a la realidad lo que propuso el propio AMLO, una votación oficial en la que el pueblo decida si continúe o no al frente de la presidencia. No es deseable que lleguemos a tal despropósito; siempre he sido muy optimista, pero el presidente sigue demostrando una gran resistencia a modificar su obsesión por mantenernos desunidos y existe una constante incertidumbre sobre el futuro del país.

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