Para después de la pandemia

En el ínterin del periodo de cuarentena en las redes sociales se han multiplicado casi de modo exponencial, como lo hace el SARS-COV2 o Covid-19, los mensajes de aliento aderezados con imágenes o mediante videos, editados por profesionales de la comunicación o incluso hechos en casa, en alguna oficina o consultorio médico. En general, los mensajes han tenido un elevado contenido en el que se exhorta a la solidaridad, a permanecer unidos, a ser mejores entre los propios seres humanos y con la naturaleza, a pensar de que en cuanto se diluya y termine la peor pandemia de los últimos 100 años, tendremos un cambio radical en nuestras vidas, de manera individual y social, en el seno de cada familia, con nuestras amistades, con quienes compartimos la vida diaria en el trabajo, en los planteles escolares, en los actos religiosos, en las actividades deportivas, en fin con todos los integrantes de nuestra especie; y con el medio ambiente, al que hemos alterado de manera vertiginosa hasta el grado de que hasta antes de la pandemia, los científicos y los activistas que claman por frenar el ecocidio, elevaban voces de alarma para frenar tanta barbarie y evitar con ello la extinción del género humano y de todos los seres vivos de nuestro planeta.

Hasta ahora no han pasado de ser buenos deseos, luego de tanta incertidumbre, miedo y temor; veremos cómo será la reacción de las mayorías una vez que volvamos a la normalidad, pero me temo, como ya ha sucedido en el pasado no tan lejano, que una vez más la presente pesadilla solo pasará a formar parte de la historia de la humanidad, como sucedió en nuestro país con la epidemia del Cólera de fines del siglo XX y con la epidemia de Influenza AH1N1 que se generó en México y se difundió al mundo en el 2009. Me expreso así porque una vez que se resolvieron dichas epidemias y volvimos a la normalidad, el grueso de la población, incluidos los médicos y las enfermeras, volvió a actuar como siempre, es decir no se construyó, como sociedad, una cultura del autocuidado de la salud; no se quedó, para siempre, el básico lavado de manos y mucho menos el llamado “estornudo de etiqueta”; continuamos expresando nuestros sentimientos mediante sendos apretones de manos, abrazos y besos en las mejillas, y desechamos el cubreboca, aún a sabiendas de tener sintomatología de infección de las vías respiratorias; lo peor es que también miles de personas siguieron escupiendo por todas partes, arrojando mocosidad y detritus nasofaríngeos en el suelo, en las calles, y del mismo modo los restos de los chicles una vez mascados.

El ideal es que reaccionáramos de una vez por todas para evolucionar hacia una sociedad más civilizada, más consciente del significado de seguir al pie de la letra las medidas de higiene elemental; debemos intentarlo conjuntamente, las sociedades del mundo y sus respectivos gobiernos, porque ahora estamos plenamente convencidos de que somos sumamente vulnerables ante los seres invisibles ante nuestros ojos. Las batallas para sobrevivir como especie humana siguen siendo contra las bacterias, porque ofrecen, cada vez más una tremenda resistencia a los antibióticos, a pesar de que estos son de generaciones más potentes; más sin duda, son los virus los microorganismos que ya son una grave amenaza para la humanidad; la pandemia del Covid-19 es la muestra más fehaciente de ello, pero a diferencia de las bacterias la ciencia médica aún no dispone de medicamentos que eliminen de manera definitiva a esos seres vivos tan pequeños como los causantes del Ébola, Zika, Dengue, Chikungunya y el SARS, y por ello tenemos que depender de las vacunas, cuando ello es posible.

Deberíamos esperar y exigir que los gobiernos de todos los países gasten más en materia de salud, pero racionalmente y con un escrupuloso manejo. Requerimos de una sólida infraestructura en inmuebles, instalaciones, equipamiento, así como suficiencia en el abasto, sobre todo de medicamentos. Así mismo, de recursos humanos: médicos, de enfermería, paramédicos y administrativos. En síntesis, otorgarle al gasto en salud la importancia que tiene y no se le ha otorgado. En México le corresponde al poder legislativo asumir esta responsabilidad, a iniciativa del ejecutivo.

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