Entre la vida y la muerte
Así se encuentran los trabajadores de la salud en todo el mundo y en
particular en nuestro país, en los hospitales donde se atienden a los
pacientes infectados por el fatal coronavirus. Es obvio que no solo son
los médicos y las enfermeras los que trabajan horas extras a un ritmo
verdaderamente frenético y extenuante, sobre todo en las salas de
urgencias y en las unidades de cuidados intensivos, pues en realidad es
todo un ejército de elementos de profesiones y disciplinas muy variadas
los que transitan en esos nosocomios las 24 horas de cada día, pues a
los más reconocidos por los medios, a los del área blanca de la salud,
hay que agregar otros paramédicos como los químicos y técnicos de
laboratorio, de rayos equis y de imagenología, al personal administrativo
y de este a los recursos humanos responsables de la preparación y
distribución de alimentos, del lavado y planchado de la ropa de cama,
de pacientes y de los propios trabajadores de la salud, a los que se
encargan de la conservación y mantenimiento de las instalaciones,
mobiliario y equipo, así como del abasto de medicamentos y de todos
los insumos que se requieren, además al personal de limpieza y
sanitización y a quienes mantienen la seguridad en sitios estratégicos
del hospital. Todos ellos son unos héroes que merecen el reconocimiento
de la sociedad. En un medio de por sí tan contaminado como lo son los
hospitales, los trabajadores de la salud se hallan expuestos a adquirir el
COVID 19 y por ende de sumarse a los cientos de miles de víctimas
mortales registrados hasta la fecha en todo el mundo. Pero sin duda, es
el personal de enfermería, hombres y mujeres, quienes más lo están.
Normalmente, durante las 24 horas del día es posible constatar el
movimiento de estos últimos recursos humanos a partir de la llamada
central de enfermeras ubicado en cada piso, servicio o pabellón de un
hospital. Es un tremendo ir y venir, de llevar y traer, de tomar signos
vitales, observar indicadores en los monitores, ministrar o aplicar
medicamentos, de revisar expedientes, de anotar en ellos todo cuanto
hacen, de darle seguimiento a las instrucciones de los médicos, de
cambiar camas y de ropa del paciente, colocar venoclisis y vigilar la
correcta evolución del paso de líquidos, realizar curaciones cuando se
requiera, de acomodar a los pacientes para que realicen sus necesidades
fisiológicas en el cómodo o en el pato y muchas acciones más, con una
extraordinaria vocación de servicio y disciplina, siendo considerado como
el equipo más organizado del hospital; de hecho, siempre he expresado
que el personal de enfermería es la columna vertebral de este último.
Por ello, no es de extrañar que, en México, hasta el dos de junio son el
grupo más afectado por el COVID 19, pues de los 385 trabajadores de
la salud fallecidos el 41% ha sido personal de enfermería.
Al respecto, en un reciente informe del Consejo Internacional de
Enfermeras, CIE (ICN en inglés), revela que más de 600 enfermeras han
muerto por la pandemia en el mundo y que tal cifra significa más del
doble del registro del pasado seis de mayo. En ese informe también se
señala que se estima en 450 mil los trabajadores de la salud que han
sido infectados y que las tasas de infección en estos últimos son muy
altas en América Latina, del orden del 10 al 20%, superando el promedio
mundial del 7% en relación al total de las personas infectadas. Según
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, “Durante
varias semanas el número de casos reportados cada día en las Américas
ha sido más que el resto del mundo”. El informe del CIE se produjo una
vez que el total global de infecciones se incrementó en más de 100 mil
por quinto día consecutivo, aumento que se observa sobre todo en
Brasil, Chile, Perú, México y los Estados Unidos, que se encuentra en el
extremo superior del rango.
En un absurdo contraste, mientras que el equipo de salud lucha
denodadamente por salvaguardar cada vida en estos momentos, en
México, con una facilidad pasmosa otros seres humanos le arrebatan la
vida en unos cuantos segundos a decenas de connacionales, 12,228
víctimas de enero a mayo del 2020, en una tendencia que amenaza con
rebasar la cifra histórica del 2019 de 35,588 asesinatos. Desconcertante,
¿verdad?
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