México y su eterno subdesarrollo
Las imágenes que hemos observado en los noticieros que transmite la televisión en nuestro país en relación al comportamiento de los habitantes de la ciudad de México y en localidades urbanas y rurales en buena parte de la República, con respecto a la pandemia del COVID-19, son una clara evidencia de que efectivamente seguimos siendo un país subdesarrollado. Desde manifestaciones orales y corporales de incredulidad acerca de la existencia del nuevo coronavirus, desobediencia e indiferencia a las recomendaciones sanitarias, ataque verbal y con violencia a trabajadores de la salud y a otros servidores públicos, daños a inmuebles, instalaciones y ambulancias de los establecimientos de atención médica, instalación de filtros y retenes en las entradas y salidas de las localidades con un elevado nivel de agresividad hacia las personas que intentan su libramiento normal y que no se ajustan a las decisiones draconianas de grupos de individuos lidereados por elementos violentos, que no entienden de razones. Todo esto no es nada más atribuible a la carencia de información sobre el tema, porque la hay desde hace varios meses, pues hasta en los municipios más apartados existe actualmente electricidad y si no todas las familias disponen de un televisor (91.5% de las viviendas según el INEGI), las que cuentan con un radio equivalen al 56% o sintonizan contenidos en los smartphones.
En las colonias proletarias de la ciudad de México y de los municipios conurbados a la misma, las condiciones sociales y económicas de las familias que en ellos habitan conforman un impresionante mosaico, en donde coexisten la pobreza de muchos con la medianía de la clase media baja, que son los menos. De por sí en la megalópolis conviven millones de personas de todas las clases sociales, integrando un mundo muy suigéneris, donde viven y circulan connacionales e individuos de casi todas las nacionalidades del planeta, a los que se les suman conciudadanos de las entidades federativas y extranjeros que por diversos motivos pasan por lo general una breve estadía en esos lares. Pero lo interesante de este conglomerado humano es la enorme diversidad económica y cultural entre sus integrantes, observándose notables diferencias en su nivel de escolaridad y en conocimientos médicos básicos. De ahí que la respuesta a las medidas de prevención por la pandemia sea muy diferente. Si a esto le añadimos que a los jóvenes no les causa miedo morir, principalmente a los desinformados y rebeldes socialmente, tenemos los ingredientes para que permanezca por tiempo indefinido la transmisión del COVID 19, situación muy diferente con la mayoría de las personas maduras y en etapas avanzadas de la vida que valoran con sabiduría su existencia y adoptan y extreman las medidas establecidas por las autoridades sanitarias.
El hecho de que, según el CONEVAL, somos un país con 52.4 millones de habitantes que viven en situación de pobreza (casi 42% del total de la población), nos da la pauta para justificar el título del presente artículo. Los de mi generación, crecimos durante nuestra pubertad (cuando cursamos la instrucción primaria en la década de los 50´s) con la idea que nos trasmitieron nuestros profesores de que el territorio nacional tiene la apariencia de un cuerno, al que ingenuamente se le agregaba “de la abundancia”, por disponer de toda clase de riquezas naturales y socioculturales, que permitirían emprender su pleno desarrollo y con ello poder sumarse a los países del llamado “primer mundo”; vivimos, otra vez mi generación, con la idea del famoso “milagro mexicano” observado entre las décadas de los 50´s y 60s; escuchamos el mensaje de José López Portillo cuando nos previno para que aprendiéramos a “administrar la riqueza” a partir del auge de la expansión petrolera y de ahí ya no pasamos, hasta la fecha. Seguimos siendo un país segundón en el concierto de las naciones. Continuamos siendo casi el peor entre los 33 de la OCDE en la mayoría de sus indicadores. Ahora el panorama se ha vuelto muy sombrío con la recesión económica mundial que ya está permeando en México y las condiciones de nuestra nación son las peores en el presente siglo. Y aun así ¿Es válido ser optimistas? ¿Ustedes que opinan?
En las colonias proletarias de la ciudad de México y de los municipios conurbados a la misma, las condiciones sociales y económicas de las familias que en ellos habitan conforman un impresionante mosaico, en donde coexisten la pobreza de muchos con la medianía de la clase media baja, que son los menos. De por sí en la megalópolis conviven millones de personas de todas las clases sociales, integrando un mundo muy suigéneris, donde viven y circulan connacionales e individuos de casi todas las nacionalidades del planeta, a los que se les suman conciudadanos de las entidades federativas y extranjeros que por diversos motivos pasan por lo general una breve estadía en esos lares. Pero lo interesante de este conglomerado humano es la enorme diversidad económica y cultural entre sus integrantes, observándose notables diferencias en su nivel de escolaridad y en conocimientos médicos básicos. De ahí que la respuesta a las medidas de prevención por la pandemia sea muy diferente. Si a esto le añadimos que a los jóvenes no les causa miedo morir, principalmente a los desinformados y rebeldes socialmente, tenemos los ingredientes para que permanezca por tiempo indefinido la transmisión del COVID 19, situación muy diferente con la mayoría de las personas maduras y en etapas avanzadas de la vida que valoran con sabiduría su existencia y adoptan y extreman las medidas establecidas por las autoridades sanitarias.
El hecho de que, según el CONEVAL, somos un país con 52.4 millones de habitantes que viven en situación de pobreza (casi 42% del total de la población), nos da la pauta para justificar el título del presente artículo. Los de mi generación, crecimos durante nuestra pubertad (cuando cursamos la instrucción primaria en la década de los 50´s) con la idea que nos trasmitieron nuestros profesores de que el territorio nacional tiene la apariencia de un cuerno, al que ingenuamente se le agregaba “de la abundancia”, por disponer de toda clase de riquezas naturales y socioculturales, que permitirían emprender su pleno desarrollo y con ello poder sumarse a los países del llamado “primer mundo”; vivimos, otra vez mi generación, con la idea del famoso “milagro mexicano” observado entre las décadas de los 50´s y 60s; escuchamos el mensaje de José López Portillo cuando nos previno para que aprendiéramos a “administrar la riqueza” a partir del auge de la expansión petrolera y de ahí ya no pasamos, hasta la fecha. Seguimos siendo un país segundón en el concierto de las naciones. Continuamos siendo casi el peor entre los 33 de la OCDE en la mayoría de sus indicadores. Ahora el panorama se ha vuelto muy sombrío con la recesión económica mundial que ya está permeando en México y las condiciones de nuestra nación son las peores en el presente siglo. Y aun así ¿Es válido ser optimistas? ¿Ustedes que opinan?
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