A propósito del camino de Benito
En el año de 1972 tuve una experiencia sin igual. Estaba entonces cumpliendo mi internado médico de pregrado en el Hospital General de Zona No. 1 del IMSS en la ciudad de Oaxaca. Resulta que mis padres viajaron de la ciudad de México a Teococuilco de Marcos Pérez en la sierra de Ixtlán, para asistir a la boda de mi primo Jesús Cruz Ramírez, por cierto fallecido por Covid-19 el año pasado; como yo sabía de la fecha de ese grato acontecimiento se me ocurrió darles la sorpresa de llegar un día antes, pero el recorrido lo hice a partir de un sitio que se conoce como “La curva”, el cual se localiza al paso de la carretera pavimentada que se dirige de la ciudad de Oaxaca a la región del Papaloapan, antes de Guelatao. Pues ahí me bajé de un camión de pasaje cargando una maleta que todavía conservo. Lamentablemente no tomé en consideración la hora a la que debería haber llegado a ese lugar para evitar que entrara la noche, pues era más de las cinco de la tarde cuando arribé ahí y nunca me imaginé que sería un verdadero esfuerzo y sacrificio lo que hice esa vez, pues jamás había hecho ese recorrido solo o con alguien.
Difícil fue bajar la tremenda pendiente hasta llegar al cauce de un río, llamado “El Grande”, el que para mí fortuna tenía entonces una escasa profundidad. Lo pasé y recorrí el pueblo de San Miguel del Río para encontrar una vereda serpenteante, la que seguí hacia Teococuilco luego de preguntar a los lugareños. Fue ahora un empinado y pronunciado ascenso; en ese camino pronto se esfumó la luz del día y se hizo de noche. De repente sentí que perdía el rumbo y ya no veía la vereda, menos aún pues en un falso movimiento se me cayeron los lentes y ya no pude localizarlos; además, no llevaba una lámpara de mano. Ante la posibilidad real de extraviarme opté por buscar un pequeño plano para descansar y quedarme a dormir hasta el amanecer; serían tal vez las 19:00 horas. En eso estaba cuando entre las sombras me pareció ver que alguna persona se acercaba por el camino. Cuando grité que quién andaba ahí me contestó que era el presidente municipal de Teococuilco y que se llamaba Francisco Pérez; luego se volvió hacia mí para preguntarme quién ero yo, le comenté que era el hijo de Don Elías Ramírez López, quien había nacido en ese pueblo y que se encontraba allí con mi madre para asistir a la boda de un primo. Sorprendido llegó hasta mí para ofrecerme su apoyo y llevarme a mi destino; enseguida tomó mi maleta y la cargó al hombro; yo no hice más que seguirle por el lapso de otra hora y media aproximadamente. Era tan vigoroso su paso que luego se me perdía en la oscuridad, sobre todo cuando daba vuelta entre las lomas; entonces me veía en la necesidad de gritarle para que me esperara, y eso que él llevaba mi maleta. Por fin llegamos al paso de otro río, también de poca profundidad. Ahí Don Francisco me recomendó que me quitara mis zapatos para no mojarlos. Yo iba tan agotado que solo me arremangué mi pantalón y me metí al río con mi calzado. Luego comenzamos a ascender el camino que nos llevó directo a la entrada de la población.Por fin aparecieron las débiles luces de las lámparas públicas y con mi amable acompañante nos dirigimos a la casa de mi prima Julia, hermana de Jesús, ahora finada, en donde se encontraban mis padres, quienes al verme de súbito se asombraron tanto que les parecía que ero yo un fantasma. Rápidamente les expliqué mi experiencia y agradecí al presidente municipal su extraordinario apoyo, pues apareció de la nada como si Dios me lo hubiera enviado en el momento más preciso. Lo mismo hicieron mis padres y luego se despidió de nosotros. Mi facha era sumamente lamentable, pues estaba sudoroso, despeinado, mojado, con los pantalones hasta la rodilla y mis zapatos y calcetines llenos de lodo. Pero a la hora de la hora eso no importó, lo principal es que estaba ahí, sano y salvo, con mis padres y familiares, y con demasiada hambre, la cual fue saciada de inmediato con un riquísimo plato de tamales y café de olla, los que saboree frente a la fogata de la humilde cocina de mi prima. Mi padre, estaba tan impresionado que comentó que yo me había atrevido a realizar un recorrido que solo lo caminan las zorras, o, en su caso sus paisanos. Ese sitio se volvió de repente en un magnífico remanso de paz y el convivio que siguió hasta muy avanzada la noche resultó para mí sencillamente inolvidable. Ahora me pregunto ¿Cómo fue que el niño Benito Juárez caminara entre 12 y 14 horas continuas hasta sumar 62 kilómetros aquel 17 de diciembre de 1818? Toda una hazaña. Creíble, porque tuve un tío, Don Alfonso López, oriundo del pueblo de mi padre, quien en su juventud hacía el recorrido de ida y vuelta en un solo día para hacer sus compras en San Pedro y San Pablo Etla.
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