Los extraordinarios avances de la Microbiología y de la Infectología

 El reciente deceso de Luc Montagnier, me llevó a recordar al Dr. Ernesto Calderón Jaimes, reconocido por sus aportaciones en el vasto campo de la Infectología y maestro de muchas generaciones de profesionales de la medicina en nuestro país, quien en el prólogo de una de las ediciones de su libro “Conceptos clínicos de Infectología”, expresa: “… El rápido avance en la ciencia médica, obliga a realizar una constante revisión de los nuevos procedimientos de diagnóstico y tratamiento, lo cual conduce a limitar o en última instancia a evitar el daño irreparable”. Y vaya que dicha ciencia avanzó a pasos agigantados en los últimos siglos a partir de que Anton Van Leeuwenhoek, con su microscopio de una sola lente, pulida de un modo especial, describió las bacterias que encontró en su propia boca y se convirtió en uno de los primeros “cazadores de microbios”, como lo describe tan deliciosamente el Dr. Paul de Kruif en su libro que lleva ese título; y después de Leeuwenhoek, al que se le conoce como “el padre de la Microscopía”, Lázaro Spallanzani causó asombro con sus descubrimientos y Eduard Jenner y sus clásicos estudios estremeció al mundo de esos días de 1796, cuando se supo que inoculó a James Phipps evitándole la viruela, que en ese entonces era la más temida de las enfermedades contagiosas. Y aunque los avances se fueron sucediendo uno tras otro en el siglo XIX, los hechos más prodigiosos ocurrieron después de la segunda parte del mismo, cuando Louis Pasteur se convirtió en el padre de la Bacteriología moderna; y luego Robert Koch descubrió el bacilo del Cólera y al de la Tuberculosis, mientras que Emil Adolf Von Behring pasó a la historia con su suero contra la Difteria.


Y ese apasionamiento del hombre por desentrañar el mundo de los microorganismos llevó a Ilia Ilich Metchnikoff a enunciar su teoría de la fagocitosis en 1883, y a Pierre Paul Emile Roux a demostrar la toxina antidiftérica. Por otra parte, Alexandre Emile John Yersin estudió al agente de la Peste y Albert Calmette y Guerín experimentaron la vacuna antituberculosa. Y fue fantástico encontrar a fines del siglo pasado que, los cazadores de microbios se multiplicaban y mejoraban sus técnicas en una lucha decidida por encontrar en los microorganismos la clave para curar muchas de las enfermedades que han aquejado al hombre. Y así tenemos a Gaffy, experimentando en relación a los causantes del Cólera y del Carbunco; a Kitasatto Shibasaburo y Yersin encontrando al bacilo de la Peste y a Richard Peiffer dando a conocer el proceso de la bacteriólisis. Otro no menos destacado, como Jean Antonio Villemin, descubrió la transmisibilidad de la Tuberculosis por medio de la inoculación.

Obermeyer observó una espirila como causante de la Fiebre recurrente; Neisser identificó el gonococo y al lado de Gerard Henrick Amauer Hansen, al agente causal de la Lepra. Así mismo, Karl Joseph Eberth encontró al bacilo de la Tifoidea, Friedrich Fehleisen aisló al estreptococo de la Erisipela; Arthur Nicolaier halló al bacilo tetánico; Theodor Escherich estudió la flora intestinal en forma completa y David Bruce aisló al agente de la fiebre de Malta.

En esta etapa no pueden pasar desapercibidos Jules Bordet y Gengou con su famosa contribución al estudio de la Tosferina, aislando al microorganismo que la produce; Ricketts demuestra la transmisión de la Fiebre de las Montañas Rocallosas por la garrapata; Flexner inicia los estudios del virus de la Poliomielitis y de la Encefalitis letárgica y Noguchi descubre al virus del Tracoma a fines de los años treinta de este siglo; así llegamos a Jonas Salk y Albert Bruce Sabin, quienes en 1955 dieron a conocer sus famosas vacunas contra la Poliomielitis. No podemos olvidar a quienes, en el campo de la Parasitología se hicieron inmortales por sus grandes aportaciones, como Zenquer, Charles Louis Alphonse Laverán, Ronald Ross, Giovanni Battista Grassi, James M. Mannon, Howard Ensign Evans, David Bruce, Ernst Gunther Shenck, entre los más notables. Y detrás de todos estos nombres famosos, figura una estela increíble de nombres cuyos descubrimientos hicieron posible el avance de la ciencia médica en tan poco tiempo.

Y hubo quienes sin ponerse directamente en contacto con el mundo microbiano, dejaron su presencia o aprovecharon los conocimientos que se fueron divulgando por quienes se pasaron días enteros en su tenaz búsqueda.

Parece que fue ayer cuando la septicemia era el flagelo de las salas de operaciones; aún los más distinguidos y renombrados cirujanos del siglo XIX fracasaron una y otra vez ante la presencia de las infecciones. Y Robert Liston introduce el tratamiento cuidadoso de las heridas postoperatorias, infundiendo optimismo; posteriormente Gordon aconseja a médicos y enfermeras que después de asistir a sus pacientes de fiebre puerperal, procurasen lavarse las manos con esmero e hicieran fumigar debidamente sus instrumentos; Wendell Holmes, propone un método para desinfectarse e Ignaz Semmelweis demuestra la eficacia de lavarse las manos con una solución antiséptica e introduce el agua clorada para tal fin; lamentablemente este último, ironía de la vida, moriría víctima de una septicemia; sin embargo, no es sino Joseph Lister a quien se le reconoce como el padre de la Antisepsia por sus grandes aportaciones; y más tarde Roberto Koch fundamenta el principio de la asepsia; Von Bergman crea el método de la esterilización por vapor; William Hallsted introduce el uso de guantes de goma estériles en las postrimerías del siglo pasado y en 1900 Hunter utiliza por primera vez la mascarilla de gasa para el equipo del quirófano.

En el siglo XX el uso de los modernos y recientes descubrimientos, sobre todo de los antibióticos, bacteriostáticos y bacteriolíticos ha causado una gran revolución en el tratamiento de las infecciones médicas y quirúrgicas. El nacimiento de la Genética y de la Inmunología y su relación con el mundo microbiano han traído como consecuencia cambios constantes en el conocimiento médico y su aplicación en el enfermo, de tal manera que hoy en día es inadmisible que los profesionales de la medicina no procuren su actualización por todos los medios posibles, sobre todo en esta rama tan importante de la medicina como es la Infectología.

A pesar de los últimos avances señalados la humanidad se ve actualmente amenazada con la existencia, cada vez más ostensible de lo que ya es una obvia pandemia: las superbacterias, las que son producto de una impresionante gama de modificaciones en su estructura genética lo que da lugar a una multiresistencia a los antibióticos. La gravedad de este problema de Salud Pública es tal que ya se estima que para el año 2050 podría llegar a 10 millones de fallecimientos en un año causados por el efecto letal de las superbacterias. El microbiólogo Bruno González Zorn, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, alerta que la COVID-19 ha empeorado la pandemia silenciosa de las superbacterias y advierte que es posible que los 10 millones de muertes ya no ocurran en 2050, sino en 2040 o en el 2030. De este apasionante y preocupante tena me ocuparé en mi próximo artículo. 

Nota: pendiente de su publicación.











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