Falleció el Dr. Intriago, pilar de la Salud Pública de México
Justo cuando la Escuela de Salud Pública de México, ESPM, cumple 100 años de existencia, el pasado 30 de junio falleció el Dr. Raymundo Intriago Morales. Originario de Tuxpan, Veracruz, al concluir su formación como médico en la UNAM y luego de cursar la maestría en la Escuela de Salud Pública de México, ESPM, decidió dedicarse por completo a la enseñanza en dicho plantel, en donde llegó a ocupar el cargo de Subdirector cuando el titular era el Dr. Luis Peregrina Pellón. Aunque fue nombrado presidente de la Sociedad Mexicana de Salud Pública en Oaxaca en 1984, la dirigió en 1987; actualmente fungía como integrante del Consejo Asesor Permanente de la misma.
En mi libro “Orgullosamente Salubrista” relato un pasaje cuando cursé la maestría en la antigua ESPM, en el que figura de manera trascendente el Dr. Intriago: “…en el ínterin entre las dos grandes jornadas de prácticas, la Escuela armó varios equipos para desarrollar un trabajo de campo en una localidad relativamente cercana al Distrito Federal. A mí me correspondió la visita a la Ciudad de Tula, Hidalgo. De esta experiencia aprendí a salir adelante en circunstancias difíciles, pues el lunes siguiente, ya en el plantel, se nos ordenó que cada equipo se concentrara en una determinada aula y un profesor se haría cargo de coordinar la discusión del informe respectivo. Todos los equipos tuvieron puntualmente a su profesor, menos el mío. Confiados en que en cualquier momento aparecería el nuestro, los integrantes de mi equipo permanecíamos fuera del aula asignada después de haber pasado 15 minutos para haber empezado. De pronto apareció el Dr. Intriago Morales, de piel morena y de elevada estatura, enfundado en su bata blanca, quien nos preguntó qué hacíamos fuera del aula. Le contestamos que no había llegado el profesor asignado. ¿Y eso que?, nos contestó, no es pretexto para que no trabajen, así es que pásenle y yo estaré con ustedes; se acomodó en una de las dos sillas detrás del escritorio y los demás nos sentamos frente de él. Con ese vozarrón que le caracterizaba nos preguntó que quien iba a moderar o coordinar entre nosotros la discusión de nuestro informe. ¡Nombren su coordinador y un secretario para que tome nota de los acuerdos! Y que me nombran a mí. ¡Para susto! Pasé a colocarme al lado del Subdirector. Luego los compañeros decidieron el nombre del secretario. Después de cinco minutos el aula era un silencio sepulcral. Yo atónito no acertaba a decir palabra, estaba petrificado. Entonces se volteó hacia mí el Dr. Intriago Morales para presionarme… ¿Por qué no comienza?, ya pasaron cinco minutos y estamos perdiendo el tiempo, y yo igual, con la mente en blanco. Volvió a requerirme el profesor para que comenzara; apenas si balbuceé unas palabras para decir que estaba coordinando mis ideas para dar inicio. Y en realidad lo que estaba haciendo era un esfuerzo mental para calmar mis nervios e idear efectivamente cómo empezar. No podía destruir en tan pocos minutos lo que me había costado mi permanencia en la Escuela. Así que de repente me decidí por empezar y poco a poco fui hilando los puntos a tratar de manera que fueran congruentes y ordenados. Les fui solicitando a mis compañeros de equipo los datos que habíamos vaciado en el informe y los fuimos analizando con la intervención de ellos. Yo sentía la mirada intensa del Dr. Intriago hacía mi persona. Por fin llegamos al resumen y conclusiones de la visita a Tula y le pedí por último al secretario que diera lectura a la minuta que había levantado. Conforme fue avanzando ese tiempo me fui sintiendo cada vez con mayor confianza, de tal manera que al final de cuentas había superado totalmente mis temores. Despedí la reunión, agradeciéndoles a todos su apoyo y también le dediqué unas palabras al Dr. Intriago. Todos salieron en orden y al final lo hicimos el Subdirector y yo. Me detuvo un momento en la puerta del aula para decirme: … ¡Lo felicito, lo hizo Usted muy bien, terminó como los toreros, casi en hombros! Eso fue lo mejor que me pudo haber pasado ese día”. Mantuve una excelente relación con el Dr. Intriago al coincidir en las reuniones anuales de la Sociedad Mexicana de Salud Pública. Descanse en Paz.
En mi libro “Orgullosamente Salubrista” relato un pasaje cuando cursé la maestría en la antigua ESPM, en el que figura de manera trascendente el Dr. Intriago: “…en el ínterin entre las dos grandes jornadas de prácticas, la Escuela armó varios equipos para desarrollar un trabajo de campo en una localidad relativamente cercana al Distrito Federal. A mí me correspondió la visita a la Ciudad de Tula, Hidalgo. De esta experiencia aprendí a salir adelante en circunstancias difíciles, pues el lunes siguiente, ya en el plantel, se nos ordenó que cada equipo se concentrara en una determinada aula y un profesor se haría cargo de coordinar la discusión del informe respectivo. Todos los equipos tuvieron puntualmente a su profesor, menos el mío. Confiados en que en cualquier momento aparecería el nuestro, los integrantes de mi equipo permanecíamos fuera del aula asignada después de haber pasado 15 minutos para haber empezado. De pronto apareció el Dr. Intriago Morales, de piel morena y de elevada estatura, enfundado en su bata blanca, quien nos preguntó qué hacíamos fuera del aula. Le contestamos que no había llegado el profesor asignado. ¿Y eso que?, nos contestó, no es pretexto para que no trabajen, así es que pásenle y yo estaré con ustedes; se acomodó en una de las dos sillas detrás del escritorio y los demás nos sentamos frente de él. Con ese vozarrón que le caracterizaba nos preguntó que quien iba a moderar o coordinar entre nosotros la discusión de nuestro informe. ¡Nombren su coordinador y un secretario para que tome nota de los acuerdos! Y que me nombran a mí. ¡Para susto! Pasé a colocarme al lado del Subdirector. Luego los compañeros decidieron el nombre del secretario. Después de cinco minutos el aula era un silencio sepulcral. Yo atónito no acertaba a decir palabra, estaba petrificado. Entonces se volteó hacia mí el Dr. Intriago Morales para presionarme… ¿Por qué no comienza?, ya pasaron cinco minutos y estamos perdiendo el tiempo, y yo igual, con la mente en blanco. Volvió a requerirme el profesor para que comenzara; apenas si balbuceé unas palabras para decir que estaba coordinando mis ideas para dar inicio. Y en realidad lo que estaba haciendo era un esfuerzo mental para calmar mis nervios e idear efectivamente cómo empezar. No podía destruir en tan pocos minutos lo que me había costado mi permanencia en la Escuela. Así que de repente me decidí por empezar y poco a poco fui hilando los puntos a tratar de manera que fueran congruentes y ordenados. Les fui solicitando a mis compañeros de equipo los datos que habíamos vaciado en el informe y los fuimos analizando con la intervención de ellos. Yo sentía la mirada intensa del Dr. Intriago hacía mi persona. Por fin llegamos al resumen y conclusiones de la visita a Tula y le pedí por último al secretario que diera lectura a la minuta que había levantado. Conforme fue avanzando ese tiempo me fui sintiendo cada vez con mayor confianza, de tal manera que al final de cuentas había superado totalmente mis temores. Despedí la reunión, agradeciéndoles a todos su apoyo y también le dediqué unas palabras al Dr. Intriago. Todos salieron en orden y al final lo hicimos el Subdirector y yo. Me detuvo un momento en la puerta del aula para decirme: … ¡Lo felicito, lo hizo Usted muy bien, terminó como los toreros, casi en hombros! Eso fue lo mejor que me pudo haber pasado ese día”. Mantuve una excelente relación con el Dr. Intriago al coincidir en las reuniones anuales de la Sociedad Mexicana de Salud Pública. Descanse en Paz.
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