Las exequias de la Reina Isabel II
En la obra literaria del Padre Manuel Francisco de la Torre Lloreda, (1776-1834) nacido en Pátzcuaro, Michoacán, encontramos el poema “Cementerio, panteón, camposanto”, que tal vez influyó más tarde en otro poeta mexicano, pero de Veracruz, Salvador Díaz Mirón, quien escribió una frase lapidaria que comúnmente vemos escrita en el frontispicio de los cementerios, la cual expresa: “Postraos, aquí la eternidad empieza y es polvo la mundanal grandeza”, tal como se observa en el Panteón de San Miguel de nuestra ciudad. Es bueno recordar del Padre de la Torre las cuatro estrofas del mencionado poema a propósito de las honras fúnebres por el reciente fallecimiento de la Reina Isabel II: I. “Este viador, la casa universal, / la perpetua común, bendita morada, / donde viene a parar todo mortal, / tarde o temprano al fin de la jornada. No pases, pues, de este funesto umbral, / sin que te acuerdes, que eres polvo y nada/ y que aquí sin poderlo resistir, / otra vez has de entrar y no salir. II. ¡Oh tú mortal! Que con curiosa planta, / visitas esta lúgubre mansión, / un momento, del mundo que te encanta, / olvida la falaz, vana ilusión; / y al contemplar aquí víctima tanta, / de toda edad, estado o condición, / llora el estrago y triste consecuencia, / del funesto apetito de la ciencia. III. Aquí yacen los niños que importuna, / robó la muerte, al comenzar la vida, / más no le llames tumba sino cuna, / o tumba que a la cuna está reunida, / pues si lo adviertes bien, sin duda alguna, / no es fácil que el problema se decida / si muriendo dejaron de existir, / o empezaron entonces a vivir. IV. Aquí acaba el poder, aquí la ciencia, / aquí la vanidad de la hermosura, / la lucha sin cesar por la existencia / la ambición por el oro y la aventura. / Desde aquel que en la edad de la inocencia, / vislumbra de la vida la luz pura / hasta que llega a la vejez cansada, / se convierten aquí, en polvo, y ¡nada!” Fin de la cita. Viador: viajero, que pasa por una vía; persona que está en esta vida y aspira a caminar en la eternidad.
Y esta oda a la muerte, de la cual nadie se escapa, se aplica ahora ante el fallecimiento de la longeva monarca del Reino Unido y aunque ella y su príncipe consorte Felipe de Edimburgo casi llegaron a cumplir el centenar de años cada uno, sin embargo tuvieron que fallecer como cualquier plebeyo; en otras palabras cumplieron el destino de todo ser vivo: el tener que morir, atendiendo al reloj biológico de que disponemos todos los humanos, el que marca un principio y un final. Ahora los restos de la monarca reposarán hasta el final de los tiempos en el sitio que la propia Isabel II tenía preparado para sus padres y su difunto marido, un lugar en la soledad donde al paso de los años irán convirtiéndose en un vago recuerdo para la nuevas generaciones de su Imperio y para los demás habitantes de nuestro planeta. La muerte de la reina se ha sumado, el ocho de septiembre del año en curso, a las más de 40 millones de defunciones registradas en el año hasta esa fecha en todo el mundo.
En los países donde los periódicos de mayor circulación publican el llamado obituario, este generalmente es pagado por las funerarias que gozan de cierto prestigio. Por ejemplo, en la Ciudad de México la agencia Eusebio Gayosso lo hace cotidianamente cada día, apareciendo en ella el nombre y edad de cada fallecido según la funeraria donde se proporcionaron los servicios fúnebres. Al repasar la lista o relación de los difuntos podemos darnos cuenta que la edad de los mismos es muy variable; es obvio que existen los extremos, desde muy jóvenes, incluso niños, hasta personas de edad muy avanzada, las que difícilmente rebasan los 100 años, como si ese fuera, en promedio, el límite de vida para la especie humana; un significativo porcentaje son individuos mayores de 70 años.En los de mayor grado de desarrollo las notas necrológicas son muy variadas, pudiendo observarse en una sección especializada de los periódicos los datos más destacados de cada difunto, como una especie de semblanza, incluyendo alguna fotografía a color de la persona, todo lo cual permite a los lectores asiduos a visitar dicha sección, enterarse acerca de quien falleció y qué lo distinguió en vida. Digo, una vez más, “hoy somos, mañana fuimos”.
No hay comentarios.: