La omnipresencia del automóvil.

Hace unos días me trasladé a la colonia Reforma para participar en una reunión de trabajo en conocida dependencia pública; para mi sorpresa circulé sin dificultad alguna, sin embargo, no pude encontrar un espacio para estacionarme, viéndome en la necesidad de aparcar mi auto a cinco cuadras de distancia.

En realidad eso no fue problema, porque estoy acostumbrado a caminar y me agrada hacerlo, el comentario que se deriva de esta aparente trivialidad, quiero dirigirlo hacia la impresionante omnipresencia del automóvil en el tiempo que nos tocó vivir a usted y a mi.

Si nos remontamos hasta los primeros años del siglo XX, cuando vivían su juventud nuestros bisabuelos, apenas circulaban unos cuantos centenares de los primeros modelos de la incipiente industria automotriz y únicamente lo hacían en algunas de las principales ciudades europeas y de los Estados Unidos de Norteamérica. A México no tardaron en llegar, adquiridos por la clase pudiente, para pasearse en ellos en las polvosas arterias de la capital del país, las cuales habían servido para el paso de toda clase de carruajes, diligencias y de hombres montados a caballo o en otro tipo de acémilas. Ni que decir de lo  que sucedía en la llamada “provincia”, como es el caso de nuestra ciudad. Lejos estaban sus habitantes de imaginar sobre lo que vendría en menos de cien años.

Es cierto que la inteligencia humana ya había logrado en 1769 el primer vehículo propulsado a vapor, por intermedio de su creador, Nicholas Joseph Cugnot, armatoste que pesó nada menos que ¡4.5 toneladas!; tuvieron que pasar 134 años para que Henry Ford construyera, en la cochera de su casa, su primer modelo y para que fundara la famosa Ford Motor Company en la ciudad de Detroit, convirtiéndose en el fabricante de automóviles de mayor éxito en el poderoso país vecino. Para 1905, en el Salón Internacional del Automóvil, que tuvo lugar en el Palacio de Cristal de Berlín, participaron 300 expositores de varios países. De ahí en adelante esta industria cobró vuelo, hasta convertirse en nuestros días  en una de las más dinámicas del mundo.

De acuerdo a estimaciones de la Organización Internacional de Constructores de Automóviles (OICA), en el año 2007 la producción de vehículos superó los 70 millones de unidades, con un crecimiento del 4% con respecto al año anterior, situación que difícilmente volverá a ocurrir por la crisis financiera mundial, por lo menos en un trienio. En el año que se menciona, los diez países con mayor producción de automóviles fueron, en orden decreciente: Japón, Estados Unidos de Norteamérica, China, Alemania, Corea del Sur, Francia, España, Brasil, Canadá y México.

En este último, tan solo en la zona urbana, que incluye al Distrito Federal, se estima que circulan 4.3 millones de automóviles, que provocan problemas de tránsito y afectan el ambiente y el equilibrio psicológico de los habitantes. En nuestra capital y municipios conurbados, ya vivimos, en algún grado, las consecuencias de un número cada vez más creciente de vehículos de motor y no solo en las llamadas “horas pico”.

Pareciera que este es un proceso irreversible, pero resulta que sí existen soluciones para minimizarlo: construcción de pasos a desnivel, túneles subterráneos para el paso de peatones, principalmente ancianos, niños o con alguna discapacidad, acotaciones para ciclistas, aparcaderos de taxis foráneos en los límites de la ciudad, para que no penetren a la misma, reorganización de las rutas de los autobuses de pasajeros, funcionamiento eficiente de los semáforos, presencia de patrullas de tránsito en sitios estratégicos, aplicación del Reglamento, exigencia del casco protector para los motociclistas, etc.,.
El automóvil es uno de los más importantes inventos de los seres humanos, pero su elevada producción y su consecuente adquisición, no ha ido de la mano con una adecuada planificación urbana, convirtiéndolo en cierta forma en una calamidad; de seguir así, continuará  incrementándose el número  de víctimas por accidentes de tránsito, muchas de ellas mortales, con su elevada carga de sufrimiento y un alto costo económico.

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