El condón. La evolución del uso del condón en México.


El preservativo masculino, comúnmente como condón, fue objeto de una amplia difusión en nuestro país a finales de 1973, a la mitad de la gestión del entonces Presidente de la República Luís Echeverría Álvarez.

Durante casi una década el condón solo formó parte del arsenal de métodos anticonceptivos autorizados y distribuidos de manera gratuita por el sector salud, como coadyuvante de una nueva política de población, cuyo objetivo toral era modificar el esquema demográfico de tipo piramidal, cuya base, muy ancha, estaba dominada por los menores de 5 años de edad y que alcanzó su máxima expresión precisamente en la década de los 70´s.

Tal política de población se instrumentó oficialmente como un programa de planificación familiar, al que se le agregó el calificativo de “paternidad responsable” y el eslogan “La familia pequeña vive mejor”. Se trataba de frenar el impresionante crecimiento exponencial de la población mexicana, caracterizado por una elevada fecundidad, en una época en la que no pocas madres de familia llegaron a presumir la friolera de 20 hijos o más, para poder concursar en el famoso programa de televisión “Reina por un día”, el cual premiaba en cada ocasión, a la madre más prolífica, con infinidad de artículos para el hogar, viajes e inclusive con una casa.

A pesar de la oposición de algunas organizaciones civiles y de la alta jerarquía católica, los métodos anticonceptivos terminaron siendo aceptados por la población, sobre todo por las nuevas generaciones de parejas. Las mujeres se encargaron en cierta forma de romper los viejos moldes sociales y asumieron el control prenatal aún en contra de sus parejas. El condón, método mecánico o de barrera, aunque se obsequió a manos llenas, terminó muchas veces en la basura, por no ser utilizado o simplemente porque concluyó su caducidad tal y como venía empacado en cientos de cajas que nunca tuvieron movimiento en los centros de atención de primer nivel, sobre todo en las localidades rurales del país,  a pesar de que se promovió como un método 97% certero para evitar embarazos.

Así ocurrió hasta que apareció el Sida, en 1981, y luego se confirmó que el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) se transmitía por medio de relaciones sexuales. Entonces la demanda de condones creció de manera inusitada; la industria que los produce se desarrolló de manera súbita y a gran velocidad; la publicidad hacía énfasis en que no solo ayudaban a prevenir los embarazos no deseados sino que, además, evitaban la transmisión del VIH. Los condones pasaron a formar parte de nuestras vidas y sus diversos empaques a ocupar un espacio en las vitrinas de todas las farmacias, exhibiéndose al público como cualquier producto. Primero con bastante recelo y ahora sin ninguna dificultad, los condones, con sus múltiples características de tamaño, grosor, consistencia, color, sabor y otros agregados, son adquiridos por personas de ambos sexos, jóvenes y adultos, incluso de la tercera edad.

Sin duda, el condón ha sido el más satanizado de los métodos anticonceptivos y de prevención del VIH; sin embargo, se puede decir a su favor que bien utilizado ha demostrado ser un excelente medio para prevenir más de una decena de infecciones de transmisión sexual (ITS), entre las que destacan las siguientes: gonorrea, sífilis, candidiasis, tricomoniasis, clamidiasis, herpes, virus del papiloma humano, hepatitis b, linfogranuloma venéreo, linfogranuloma inguinal y bacteriosis vaginal,  que aún representan un problema de salud pública, incluso en países más desarrollados.
Finalmente, el condón es un producto relativamente barato, de fácil acceso y muy sencillo de colocar y retirar. Puedo asegurar que llegó para quedarse, para formar parte de nuestra cultura y que su empleo es un éxito en el autocuidado de la salud, independientemente de cualquier otro tipo de ideas acerca de su uso.

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