Homicidios: actos de desprecio a la vida.

Rosalba Patricia Santos Narváez, de 23 años de edad y Cinthia Janet Troncoso Sánchez, de 17, fueron cruelmente asesinadas en el Paraje “La Era”, en un camino de terracería que conduce de Suchilquitongo a Santiago Lachixolana, en jurisdicción de Etla. Disparos de arma de fuego en la cabeza terminaron con sus vidas. Días después, los cuerpos de otras dos mujeres eliminadas de la misma manera, jóvenes también, fueron descubiertos por lugareños en el paraje “La Guamuchera”, ubicado entre Santa Cruz Nexila y Ayoquezco de Aldama. Se trata de Claudia Jovita García González y de Eva Jacinto Jacinto, de 28 y 22 años de edad, respectivamente. Las cuatro mujeres sacrificadas tenían un modus vivendi similar: eran ficheras en bares de mala muerte y sus asesinatos ocurrieron con muy pocos días de diferencia en el mes de mayo. Cualquiera diría que son los mismos criminales, por la similitud de tales hechos de sangre.

Habrá quien tome la bandera del feminicidio y afirme que en Oaxaca se registran más homicidios de esta naturaleza que en la propia Ciudad Juárez - que por ese motivo adquirió mala fama a nivel internacional- y en donde siguen ocurriendo este tipo de crímenes.

No es ese el interés de esta columna, más bien lo que se pretende destacar de tan lamentables acontecimientos es la naturaleza de los mismos, su génesis y la psicopatología de quienes los consuman, pues es indudable que solo una mente enferma es capaz de perpetrar estos actos de barbarie que producen efectos devastadores en las familias.

Tal desprecio por la vida humana también nos indica, en cierto modo, la carencia absoluta de valores, los cuales se adquieren desde el hogar y se fortalecen en el transcurso de la vida, en la escuela, en el trabajo y al participar en diversas organizaciones civiles.

Las cuatro mujeres asesinadas ya forman parte de las frías estadísticas de la mortalidad; al final de cuentas se integrarán a las poco más de 600 homicidios que se prevén para este año en el estado y cuya cifra seguramente lo confirmará en el tercer lugar del país, solo superado por Guerrero y Michoacán.

El problema de los homicidios es sumamente complejo y tiene múltiples aristas; pareciera que cada vez más las víctimas son atacadas con saña, muchas de ellas objeto de las más sádicas torturas antes de cortarles la vida. En ese sentido, cuántas historias  de verdadero horror y martirio existen detrás de los casi diez mil homicidios  que ocurren a nivel nacional en un año; por ejemplo, en el 2005 hubo nueve mil 921. Respecto a estas víctimas nos preguntamos: ¿Los asesinos fueron capturados, sentenciados y cumplen su condena de acuerdo al Código Penal?, en el caso de que así lo sea, ¿Qué puede esperar la sociedad de tales individuos, hombres y mujeres, cuando recobren su libertad y vuelvan a ser ciudadanos comunes y corrientes como nosotros?

Las muertes por homicidio registraron un descenso a nivel nacional hasta el 2005, constituyéndose en la sexta causa de la mortalidad en hombres y en América Latina ocupamos el cuarto lugar, sólo detrás de Colombia, Brasil y Venezuela; sin embargo, es muy probable que en los últimos tres años el número de homicidios se haya incrementado,  como consecuencia de la impresionante reacción de las mafias del narcotráfico, por el control de territorios y contra las fuerzas del orden, apoyadas por el Ejército Mexicano.
En este lapso hemos sido informados de infinidad de asesinatos, muchos de los cuales han sido tumultuarios y con el tiro de gracia; pero también la delincuencia organizada ha ejecutado a cientos de inocentes que han sido víctimas de secuestro -modalidad del crimen organizado que muestra una tendencia ascendente en nuestro país.

Este grave problema de salud pública requiere la intervención de todas las fuerzas vivas de México para su solución, con el objetivo común de respetar la vida, y darle el lugar que merece en la sociedad. Vaya desafío.

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