La caballada está flaca, expresó Don Fidel. Otra versión.


Con esta frase, se refirió alguna vez Don Fidel Velásquez, el eterno líder obrero y viejo zorro de la suigéneris política mexicana, a la carencia de candidatos de talla excepcional, como aspirantes a los cargos de elección popular y muy particularmente a la presidencia de la república mexicana. Hoy vive Don Fidel entre nosotros por frases que como la anterior, pasaron a la posteridad y siguen siendo vigentes aunque no esté en juego en esta ocasión, la disputa por alcanzar el poder que se asienta todavía en Los Pinos y en el Palacio Nacional.

Estamos a poco menos de un mes para que tengan lugar las elecciones, cuyo objetivo toral es la sustitución de los actuales integrantes de la Cámara de Diputados a nivel federal. También podremos los ciudadanos comunes y corrientes descansar de tanta propaganda político electoral difundida por todos los medios masivos de comunicación, sobre todo por la radio y la televisión; primero por el Instituto Federal Electoral y más recientemente por los partidos políticos. El sentimiento generalizado está bien claro: la población está harta de todo lo que se le dice y si va a las urnas probablemente no vote por ningún candidato y sí exprese, de alguna manera, su repudio al proceso electoral y a las campañas partidistas.

Naturalmente que los organizadores de tales comicios y quienes aspiran a una curul, insisten en que no votar representaría un terrible retroceso para nuestra democracia; también  señalan que ir a las urnas con otra intención sería dañino para el país. Lo cierto es que los politólogos ya  vaticinan dos situaciones: un elevado abstencionismo y el uso de las boletas de un modo distinto a lo esperado, de tal manera que se tome la decisión de nulificarlas.
He vivido lo suficiente para poder emitir comentarios como los que voy a decir más adelante. En mi niñez y adolescencia me enteré por la prensa y la televisión del cambio de estafeta en el poder ejecutivo federal; primero Don Adolfo Ruiz Cortines, luego Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz; cuando terminó su periodo este último voté por primera vez, tenía 22 años; arribó a la presidencia Luis Echeverría Álvarez y de entonces a la fecha no he dejado de emitir mi sufragio cada vez que hay elecciones federales o estatales. Nunca he faltado a la cita cívica y he salido de las casillas con el dedo pulgar manchado con la tinta indeleble, aunque no siempre han ganado los candidatos por los que he votado.

Pero hoy más que nunca siento un enorme vacío en las campañas de los distintos candidatos. Se repiten las mismas escenas de brazos alzados en son de triunfo; las mismas manifestaciones de un supuesto apoyo popular de candidatos que quizás nunca habían tenido un “baño de pueblo”; de fingidos abrazos a mujeres y niños; de promesas que no siempre se cumplen; de intervenciones grabadas para la radio o televisión totalmente acartonadas y sin un mensaje que realmente convenza a la ciudadanía; de recorridos tumultuarios de partidarios en sus vehículos con las banderolas de su partido, haciendo toda clase de ruido entre las calles de las ciudades, etc., etc.
No hay nada novedoso en tales campañas y los candidatos ni son ampliamente conocidos por la ciudadanía o si lo son esta última ya no confía en ellos por sus antecedentes. Hace falta el arribo a la política de verdaderos líderes, de actuar transparente y de honestidad a toda prueba; de personas con un amplio reconocimiento de la sociedad por su cultura, autoridad moral, conocimientos, experiencia, pero sobre todo por un comprobado amor por nuestro país. Que vean a la política como una oportunidad y un privilegio de servir a la sociedad a la que desean representar y que modifiquen los modelos obsoletos de hacer campaña.

Cuando los aspirantes a un cargo de elección popular cumplan tales requisitos y convenzan a la ciudadanía de que efectivamente están preocupados por los graves problemas que aquejan a nuestra nación, entonces se fortalecerá y consolidará  la democracia. Quizás sean estas elecciones el parteaguas que cimbre a la clase política de México por sus resultados y con ello se determinen  las acciones para corregir el rumbo que llevamos.

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