Motociclistas, homicidas en potencia.
Cuando tenía alrededor de los
20 años de edad, como muchos jóvenes, supe lo que era conducir una motocicleta,
en este caso prestada, por dos razones: porque mi padre jamás gastaría un solo
peso en un vehículo de motor como ese para ninguno de sus hijos y porque
entonces preferí utilizar mi raquítica beca universitaria, en subsanar
necesidades básicas y no en adquirir un bien que en cierta forma era superfluo.
Poco me duró el gusto por la velocidad, pues en esa “moto” de un amigo, intenté
subir un paso a desnivel de una carretera, cuya carpeta asfáltica todavía
conservaba una especie de gravilla y estaba próxima a su inauguración por el
Lic. Gustavo Díaz Ordaz, entonces Presidente de la República. Una tremenda
derrapada me arrastró con todo y artefacto por varios metros; lo peor es que
llevaba conmigo a una de mis hermanas; no sufrimos ninguna fractura u otro tipo
de lesión, pero cómo nos ardieron después las múltiples “raspadas” en brazos y
piernas.
No volví jamás a treparme a
una motocicleta y sí tuve conocimiento, días después de mi accidente, de otro
que fue fatal y donde perecieron dos jóvenes del fraccionamiento donde vivía mi familia; eran novios y con su
vehículo se internaron, de noche, en una
vieja carretera de doble sentido que comunica a San Cristóbal Ecatepec con
Venta de Carpio en el estado de México. El conductor de la moto intentó rebasar
a un automóvil, pero se encontró de frente con un tráiler, lo que ocasionó un
terrible percance y la muerte inmediata de los inexpertos chamacos. La noticia
causó un gran impacto entre los habitantes del rumbo y tal vez sirvió para
impedir, por un buen tiempo, que los padres de familia estimularan a sus hijos
con un regalo de esa naturaleza.
Hoy han pasado 40 años de
esos hechos y con más razón considero que ese tipo de vehículos son un
verdadero peligro para quien los conduce sin precaución y peor aún, cuando este
se acompaña de una o más personas, sobre todo si se trata de su propia familia.
Así, no es infrecuente observar en calles y avenidas congestionadas de
automóviles, autobuses de pasajeros y vehículos de carga de diverso tonelaje a
personas que se aventuran, sin ningún cuidado, sin cascos protectores de por
medio, llevando consigo a la esposa y a sus hijos pequeños; muchos de ellos
zigzagueando y entremetiéndose entre el intenso tráfico, en un franco desafío a
la muerte.
Aquí es donde me atrevo a expresar que quien asume una conducta de
este tipo y con audacia irresponsable involucra a los suyos en un viaje, cuyo
destino puede ser sin retorno, es un homicida en potencia, es un salvaje que no
mide las consecuencias de su ignorancia, imprudencia y carencia de valores,
porque con sus actos desprecia su propia vida y la de los demás.
Otras veces hemos sido
testigos de la manera tan estúpida de manejar estos, que han sido denominados
“caballos de acero” casi desde su invención. Un ejemplo de ello lo tenemos con
los jóvenes que se alquilan para trabajar como repartidores de empresas locales
o trasnacionales, las cuales se comprometen públicamente con sus clientes a que
su producto puede llegar en un tiempo record a sus hogares o centros de
trabajo. De esta forma, los jovencitos hacen verdaderas peripecias que rayan en
la locura, tratando de cumplir con el eslogan de su centro de trabajo, poniendo
en peligro también la vida de quienes se les atraviesan. Cuántos de ellos han
terminado bajo las llantas de un vehículo, con lesiones que ameritan
hospitalización y un buen número de días de incapacidad; cuántos también han
sufrido secuelas irreversibles y han
terminado en una silla de ruedas o con una extremidad amputada y cuántos más
han fallecido por trauma craneoencefálico o por sangrado intenso de las grandes
cavidades.
Pero, además, hay otros
motociclistas que se atreven a correr a velocidades que están prohibidas en una
ciudad como la nuestra, aún a pesar de utilizar el casco reglamentario.
Precisamente por la mañana de este último domingo, dos de ellos, con uniforme
deportivo, pasaron como exhalación en la avenida Universidad, levantando las
motos en un acto de malabarismo, haciéndose los graciosos. Por la amplitud del
tema continuaré con su abordaje.
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