El triunfo de México ante los Estados Unidos.
Vi y escuché a David
Faitelson, conocido comentarista deportivo de una empresa de televisión, cuando
al hacer el análisis del reciente triunfo de la selección mexicana de futbol
sobre la de los Estados Unidos, mencionó que dicho juego había paralizado la
vida normal de alrededor de 32 millones de habitantes, considerando los que
residen en el Distrito Federal, Estado de México y entidades circunvecinas a
ambos. La verdad se quedó corto, porque sin quererlo, con tal declaración
ignoró a los aficionados a dicho deporte del resto del país.
Alrededor de las 14:30 horas
del ya histórico 12 de agosto, los televisores de prácticamente todos los
hogares, centros de trabajo, de estudio y de recreación y … ¡hasta en el avión
que trasladaba al Presidente Felipe Calderón a Sudamérica!, ya estaban
encendidos, ante las miradas ilusionadas de la enorme fanaticada, conformada
por mexicanos de ambos sexos, de todas las clases sociales, religiones e
ideología política, lo mismo pequeñines de menos de 10 años que adultos en
plenitud de 70 o más años.
Cuando a los nueve minutos de
juego los norteamericanos se adelantaron en el marcador, ante la mirada atónita
de una defensiva desbordada por un pase perfecto del “villano” Landon Donovan,
a un verdadero tren expreso, al mismo tiempo que la malla de nuestra portería
se estremecía por el contacto con el balón, el público asistente al coloso de
Santa Úrsula Coapa, el monumental estadio Azteca, y la nación toda, se
convulsionaron, como si un enorme balde de agua helada hubiera recorrido y
bañado a esta última en cuestión de centésimas de segundo.
Los peores temores pasaron de
inmediato por todas las mentes ansiosas del triunfo local, sin embargo, de una
multitud que se quedó muda de repente, surgió un coro de voces alentando a los
nuestros hacia la victoria, con un impresionante ¡Sí se puede! ¡Sí se puede!, y
sí se pudo, porque luego del empate a un gol, conseguido tras una
extraordinaria jugada de Cuauhtémoc Blanco, quien le cedió la pelota a Israel
Castro, para que batiera al portero “gringo” con potentísimo disparo a media
altura, nuestra selección se creció, fue mejor que su acérrimo enemigo y
terminó doblándolo en el segundo tiempo con una gran jugada del pundonoroso
Efraín Juárez, que penetró como “cuchillo en mantequilla” ante la desconcertada
defensiva contraria, incluido el “odiado” Donovan, para que el balón llegara,
producto de un rebote, hasta los pies de Miguel Sabah, quien ni tardo ni perezoso
envió el fogonazo mortal a la red.
La mirada del portero Tim
Howard lo dijo todo y aunque su equipo se lanzó al ataque en busca del empate
ya nada pudieron lograr, todo estaba consumado y el monstruo de 120 mil cabezas
exclamó jubiloso y festejó ruidosamente como hacía tiempo no lo hacía. Como en
los tiempos del imperio azteca, las cabezas de los contrarios rodaron y besaron
el suelo, pero ahora los brazos de los triunfadores se alzaron al cielo en
agradecimiento al jugador número 12. La algarabía alrededor del Ángel de la
Independencia fue sólo un ejemplo de la manera como se celebró en toda la
República la victoria de los verdes, y el día siguiente fue como un nuevo amanecer,
como si nos hubiéramos cargado de energía.
El triunfo deportivo ante la potencia
económica más poderosa del orbe,
representa un gran paso hacia el próximo mundial de foot ball, que
tendrá como sede a Sudáfrica, pero significa más que eso, si reflexionamos en
lo mal que nos ha ido en casi todo en los últimos años a la mayoría de los
mexicanos, como resultado de la tremenda crisis económica y su carga de
consecuencias: más pobreza, desempleo galopante, inseguridad, menos gasto en
salud, vivienda, educación, etc. Es una inyección de ánimo, un bálsamo
revitalizante para paliar nuestras penas. Es posible que esta situación no se
modifique en el mediano plazo, pero la victoria futbolera nos permite creer que
sí se pueden alcanzar tiempos mejores si nos lo proponemos. Por lo pronto,
junto con el “Vasco” Aguirre, digamos salud y esperemos que el 5 de septiembre
caiga Costa Rica en su propio terruño. Soñar no cuesta nada.
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