El destino de los libros.
Hace aproximadamente 25 años,
cuando tomé la difícil decisión de retirarme de la actividad clínica, para
dedicarme por completo a la atención de los crecientes compromisos como
servidor público de confianza en el campo de mi especialidad, la Salud Pública,
traté de ser congruente conmigo mismo, de modo tal que una mañana seleccioné la
mayor parte de los libros de mi profesión médica, los llevé a mi oficina, los
relacioné en un escueto documento y al día siguiente me dirigí al Hospital
General “Dr. Aurelio Valdivieso” para entregárselos al entonces director del
mismo en calidad de donación, para incrementar el acervo de la incipiente
biblioteca del nosocomio.
Creí que ahí tendrían mayor
utilidad, pues ese establecimiento ha sido y es, un templo a la enseñanza de
las nuevas generaciones de médicos. No fue fácil haber tomado esa otra
decisión, pues cada libro que entregué significó un esfuerzo económico para mis
padres y también para mí, porque con el producto de la beca que me otorgaba la
UNAM, poco a poco fui adquiriendo uno que otro texto de las múltiples
asignaturas de la carrera en los cinco años previos al internado de pregrado.
Sin embargo, al retirarme del hospital sentí que había hecho lo mejor.
Con el tiempo no supe ni
investigué el uso y destino final de ese pequeño arsenal del conocimiento, lo cierto
es que, con el impresionante avance de la medicina seguramente al cabo de unos
cuantos años casi todos los libros que doné, pasaron a formar parte del
“archivo muerto” por haberse vuelto obsoletos. El hueco que dejaron en mi
modesto librero se fue ocupando por otras obras impresas, no solo de medicina,
sino de una variedad de temas totalmente distintos a esta última, pues por mi
afición a la lectura me volví un adicto comprador de toda clase de
publicaciones.
A casi cinco lustros de
distancia de aquellos hechos la pequeña biblioteca se amplió sobremanera, a tal
grado que tuve que comprar un librero más grande y más decoroso. El caso es
que, sin pensarlo, fui colocando uno tras otro, todos los libros que han
despertado mi interés o curiosidad. No sería apropiado reseñar lo que poseo, ni
tampoco pretendo pecar de presumido, porque salvo dos o tres enciclopedias, mi
modesto tesoro consiste en publicaciones cuyo costo no se mide en pesos sino
que su valor radica en su contenido.
Tampoco se trata de decir que
soy “muy letrado o de vasta cultura”, pero la realidad es que difícilmente
puedo terminar el día sin haber penetrado a las interesantes páginas de un
libro. En algún momento he llegado a deleitarme con dos o tres libros a la vez,
aunque no termine de leerlos todos. Tal vez lo que me ha llevado a tratar este
tema, es el hecho de observar que día con día dichas obras permanecen mudas y
seguramente jamás las voy a volver a leer.
La pequeña biblioteca
familiar está ubicada en lo que pomposamente llamamos “estudio”; ese ha sido el
nicho, no solo del que esto escribe sino también de mis hijos, quienes en algún
momento de su formación escolar llegaron a pasar horas enteras ahí para
realizar sus tareas escolares. Ahora, ese espacio lo ocupo yo, y se ha convertido
en mi ambiente de todos los días, para el tiempo que le dedico a la lectura o
para obtener información por el internet, recibir correos y contestarlos,
seleccionar fotografías y colocarlas en su respectivo álbum y escuchar las
melodías de un CD según mi estado de ánimo.
Obviamente las preguntas obligadas son ¿Cuántas de las publicaciones de mi colección están vigentes?, ¿Cuántas realmente llegaré a terminar de leer?, ¿Cuántos quedarán en el olvido porque nunca cumplirán su objetivo?, ¿Son tan solo un adorno más en uno de tantos hogares del país? En todo caso, ¿Qué es lo más recomendable que hay que hacer para que tengan un mejor destino? ¿O no movemos nada y seguimos igual? La misma idea podría aplicarse para otros artículos que me han acompañado a través del tiempo y que difícilmente deseo eliminar. ¿Es esto el preludio de la vejez?
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