Resurrección.

Según los bíblicos evangelios Jesús de Nazaret resucitó al tercer día de haber sido inmolado en la cruz, cumpliéndose así lo expresado en las sagradas escrituras, en las que se adelantaba que al llamado mesías no le serían quebradas las piernas, como sí sucedió con Dimas y Gestas, acompañantes del primero en aquel histórico día; y no fue así porque los soldados romanos determinaron que el principal actor del drama de todos los tiempos había expirado. Tres de los evangelistas, San Marcos, San Juan y San Mateo, coinciden de alguna manera, en los acontecimientos que ocurrieron la mañana en que fue movida la enorme roca que resguardaba el sepulcro, donde había sido colocado el inerme cuerpo del crucificado. Los hechos que narran a partir del momento en que se descubre que la tumba ha sido abandonada y únicamente quedó expuesta en algún lugar la sábana en la que fue envuelto Jesús, fueron determinantes para que permaneciera hasta nuestros días, la firme creencia de que efectivamente resucitó de entre los muertos, y de que a veinte siglos de distancia se mantenga sólida la idea de que los que cumplan los mandamientos de la Ley de Dios, resucitarán algún día en un reino que no es de este mundo, porque el mismo nazareno llegó a predicar: … “Yo soy el camino, la verdad y la vida, el que crea en mí, no morirá”.

Una vez que Jesús decidió el inicio de su misión, llegó a realizar un hecho por demás portentoso y que lo encumbró hacia la inmortalidad, el haber resucitado a un hombre que ya tenía varios días de haber fallecido y se encontraba en franco período de descomposición. Es muy conocida la frase pronunciada por el también llamado Maestro: … “¡Lázaro, sal de la tumba y anda!”, y ante el asombro de quienes vivieron ese impresionante momento, el muerto emergió de su sepulcro envuelto en su mortaja y volvió a la vida. Desde entonces, no se tiene registro alguno de que algo semejante volviera a observarse al paso del tiempo hasta nuestros días.

Desde el punto de vista del conocimiento científico diríase que al declararse la muerte de Jesús, se habían detenido de súbito las funciones biológicas de su cuerpo, sus funciones vitales en lo que se ha denominado el “trípode de Bichat”; es decir, dejó de respirar, los movimientos de su corazón se detuvieron y con ello también la circulación sanguínea; al faltar ésta se paralizó la actividad de su cerebro, pues no pudo sobrevivir ante la falta de oxígeno por un tiempo prolongado; pero a diferencia de lo que sucede cuando muere cualquier ser humano, se supone que en él no ocurrieron los cambios bioquímicos y tisulares en su organismo; ni su cuerpo se acidificó por la carencia del oxígeno; ni se enfrió en las siguientes 14 horas a la declaración de su muerte y no ocurrió el proceso de deshidratación natural, el cual se hace notorio por provocar opacidad de los ojos.

Tampoco se establecieron las manifestaciones cadavéricas tempranas como son las llamadas livideces en las partes declives del cuerpo, las que son manchas de color rojo violáceo, más o menos obscuras y extensas. Ni se constató la rigidez, que es expresión de la muerte y que se observa entre 8 a 12 horas después de esta última, y menos aún la aparición de la “mancha verde” en la parte baja del abdomen, dato inequívoco del comienzo de la putrefacción. A diferencia de Lázaro, en ninguno de los evangelios se menciona que haya habido signos inequívocos de la descomposición del cadáver de Jesús; por lo menos los soldados romanos que estuvieron de guardia no lo notaron. Puede decirse que el cuerpo se mantuvo en un estado cataléptico e incorrupto hasta que resucitó, pero todo lo que pasó en ese sepulcro es un misterio y ninguno de los supuestos en este artículo tiene sustento alguno.

Hay quienes han dudado de la muerte real de Jesucristo, lo cierto es que nadie pudo demostrar que sus restos mortales hubieran quedado en algún lugar y jamás se le volvió a ver como lo hizo ante sus discípulos. Según los evangelios Tomás creyó porque le fueron mostradas las lesiones infligidas al mártir del calvario. Al margen del conocimiento científico médico, esta Semana Santa motiva a reflexionar aquella famosa frase: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

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