El paisaje urbano de nuestra capital.

En esta semana en uno de los noticieros de la televisión abierta se presentó una nota informativa en la que, según una investigación desarrollada por varias universidades de los Estados Unidos de Norteamérica, de reconocido prestigio internacional, la ciudad de Nueva York es la más difícil para vivir en dicho país, por los efectos de la sobrepoblación, su elevado costo, el ruido, la inseguridad, la enorme cantidad de vehículos de motor, etc. Si se hiciera el mismo ejercicio de investigación en la República Mexicana, además de la megalópolis que comprende al Distrito Federal y los Estados de México, Morelos e Hidalgo, guardadas las proporciones, seguramente que las ciudades de Guadalajara, Monterrey y Puebla, alcanzarían una calificación nada despreciable respecto de los indicadores utilizados en nuestro vecino país del norte.

Pero situémonos en la capital de Oaxaca. ¿Usted considera que es muy agradable vivir en ella?; bueno, si su respuesta es sí, entonces pensaré que es muy optimista o se la pasa la mayor parte del tiempo en su hogar y no se entera de lo que sucede en su alrededor, porque los que sí tenemos la necesidad de movernos todos los días hacia diversos destinos en cualquier medio de transporte, nos topamos, por así decirlo, con infinidad de personas de a pie o a bordo de cientos de autobuses urbanos, automóviles particulares, taxis citadinos todos de amarillo o los foráneos que ya de plano hicieron de la ciudad su otro territorio, motocicletas con un conductor y hasta tres pasajeros, generalmente matrimonios con uno o dos hijos, decenas de mototaxis de todos los colores, los que ahora ya invaden vías de rápida circulación como sucede en la avenida Símbolos Patrios, triciclos con o sin carga, bicicletas que también serpentean imprudentemente en los “ejes viales” de mayor movimiento. A los anteriores hay que agregarle, por supuesto, toda clase de vehículos de motor de pequeño y gran calado, y por supuesto mucho ruido y contaminación del ambiente.

Pero lo que nos encontramos durante el día en el paisaje urbano de esta capital son una gran cantidad de personas, a veces familias completas, hombres y mujeres, niñas y niños, que salen a ganarse honradamente el pan, el sustento, o como se le quiera llamar, ofreciendo un verdadero abanico de productos, sobre todo en los principales cruceros; hay les van unos cuantos: globos, franelas para lavar el auto, agua embotellada, cacahuates garapiñados, churros, raquetas para matar insectos voladores, protectores para evitar los efectos del sol en los brazos y en el mismo automóvil, juguetes de moda, guantes y “peras” de boxeo para los niños, mapas de la ciudad, del Estado y del país, paraguas, rompecabezas, “changuitos mono araña”, títeres, huevos con harina o con confeti, chicles y otros dulces, bolsas de nanches, limones y duraznos criollos, con pepitas saladas de calabaza, piñas, cartulinas con las imágenes del clásico juego de lotería, etc. Y no faltan los productos propios de algunas estaciones del año o de conmemoraciones como las fiestas patrias y la navidad.

También en las horas diurnas observamos malabaristas, pedigüeños, limpia parabrisas, payasos y payasitas <que también se han vuelto malabaristas>, traga humo y traga fuego, músicos con diversos instrumentos, gimnastas con el aro de “ula-ula”, bailarines, etc. Y sea de día o de noche vemos, sobre las banquetas o en algunas calles no tan transitadas, a vendedores de tamales y atole, de los llamados “raspas”, triciclos donde se anuncia la venta de cocteles de mariscos preparados, elaboración y venta de toda clase de frituras que forman parte de la conocida “dieta T”, dulces oaxaqueños y poblanos, puestos de aguas frescas, carritos vendedores de hot cakes, hamburguesas, hot dogs y trozos de pizza, elotes y esquites, pan de dulce y blanco, tlayudas y tostadas preparadas. A este listado debo agregar a los boleros de a pie y a los semifijos en los parques y jardines, los vendedores de toda clase de golosinas y cigarrillos acomodados en la pesada semicaja que andan cargando todo el día, y muchos más.

Volver a casa es recobrar la tranquilidad y la paz. ¿Y los demás?

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