Los jóvenes de hoy.
La primera vez que visité, por motivos de trabajo, una de las Universidades privadas de mayor prestigio de nuestro país y que tiene varios campus como el de la Ciudad de México, me quedé impresionado por la extensión territorial de dicha institución, de sus inmuebles, instalaciones y equipamiento, así como de sus áreas verdes, de recreación y por lo menos de una de sus cafeterías. La atención que recibí de parte de sus autoridades fue excelente, pero independientemente del prestigio y reconocimiento de que goza a nivel nacional e internacional, sin embargo, ciertos rasgos de comportamiento y del lenguaje de sus jóvenes estudiantes me llamó la atención, situación que confirmé en otras dos visitas en los años subsecuentes.
Preciso tales rasgos; primeramente la mayoría de ellos tienen, por así decirlo, una tonalidad en el lenguaje que los distingue por lo menos de la manera de hablar de los estudiantes de planteles escolares de entidades federativas como la nuestra; luego, su léxico incluye generalmente las palabras “wey” o “guey”, así como otras expresiones tales como “no manches”, “choro”, “qué pex”, “cámara”, “¡qué tranza”, “chido”, “chale”, “¿qué onda?” “está equis”, “órale”, “sale”, y cuando se despiden de alguien de manera directa o por teléfono casi siempre concluyen con la palabra “bay”, etc. Por cierto, la mayoría de estas palabras también las escuchamos en casi todo el país. Puedo afirmar que en una conversación entre alumnos se repiten una y otra vez, dando la impresión de que difícilmente pueden expresar sus ideas con propiedad. No he incluido ninguna de las llamadas malas palabras groserías o majaderías, aquellas que a decir de nuestros padres eran propias de un carretonero, ¡Y forman parte del vocabulario de las nuevas generaciones como algo común!
Por otra parte, un comportamiento entre los estudiantes de la Universidad que menciono es el hábito del tabaquismo en hombres y mujeres; casi podría afirmar que la proporción es semejante; eso se puede comprobar al recorrer los pasillos y fuera de las aulas. También este hábito está generalizado en México entre los jóvenes, sean o no estudiantes. Todo lo dicho, me dio la pauta para traerlo a colación en este artículo porque tengo la impresión de que hemos fallado demasiado en un país al que ya lo han catalogado algunos líderes de opinión como un estado fallido. Veamos porqué. Démonos una vuelta por cualquier escuela de instrucción primaria, de nivel medio, medio superior o superior; observemos y escuchemos. Veamos comportamientos de alumnas y alumnos. Escuchemos sus diálogos, miremos sus gestos y sus expresiones corporales y el trato entre ellos. Al término de la visita podrá Usted coincidir conmigo de que tenemos tremendas fallas en la formación de los educandos, las cuales tienen su raíz desde el hogar. Me da la impresión de que en algún momento de nuestra evolución fueron sumándose una generación tras otra en las que los padres y madres de familia dejaron de cumplir con su misión y función realmente de educar a sus hijos, dejaron de constituirse en el modelo o ejemplo a seguir y permitieron un relajamiento tal al grado de no importarles o simplemente permitir la aparición y diseminación aparentemente irreversible de malos hábitos y costumbres, de lenguaje soez, de comportamientos nada cívicos, como no ofrecerle el asiento del autobús a quien lo necesita; de falta de respeto a la vida y a los derechos de los demás; el estacionarse en lugares prohibidos o propios para personas con alguna discapacidad; pasarse la luz roja del semáforo, etc. Es aquí donde podemos incorporar la figura del gandalla, hombre y mujer, al que le vale todo porque es un ser antisocial, producto precisamente del grave deterioro de la educación en los hogares de nuestro país. ¿Es posible argumentar que en tales hogares se ha gestado todo lo malo que nos ocurre en México? Por ejemplo, la corrupción, la inseguridad, producto de la delincuencia desatada, el incremento de la mortalidad por hechos violentos y en particular los feminicidios. Ojalá que la incorporación de la materia Civismo en los planteles escolares coadyuve a enderezar el rumbo de nuestra nave.
Preciso tales rasgos; primeramente la mayoría de ellos tienen, por así decirlo, una tonalidad en el lenguaje que los distingue por lo menos de la manera de hablar de los estudiantes de planteles escolares de entidades federativas como la nuestra; luego, su léxico incluye generalmente las palabras “wey” o “guey”, así como otras expresiones tales como “no manches”, “choro”, “qué pex”, “cámara”, “¡qué tranza”, “chido”, “chale”, “¿qué onda?” “está equis”, “órale”, “sale”, y cuando se despiden de alguien de manera directa o por teléfono casi siempre concluyen con la palabra “bay”, etc. Por cierto, la mayoría de estas palabras también las escuchamos en casi todo el país. Puedo afirmar que en una conversación entre alumnos se repiten una y otra vez, dando la impresión de que difícilmente pueden expresar sus ideas con propiedad. No he incluido ninguna de las llamadas malas palabras groserías o majaderías, aquellas que a decir de nuestros padres eran propias de un carretonero, ¡Y forman parte del vocabulario de las nuevas generaciones como algo común!
Por otra parte, un comportamiento entre los estudiantes de la Universidad que menciono es el hábito del tabaquismo en hombres y mujeres; casi podría afirmar que la proporción es semejante; eso se puede comprobar al recorrer los pasillos y fuera de las aulas. También este hábito está generalizado en México entre los jóvenes, sean o no estudiantes. Todo lo dicho, me dio la pauta para traerlo a colación en este artículo porque tengo la impresión de que hemos fallado demasiado en un país al que ya lo han catalogado algunos líderes de opinión como un estado fallido. Veamos porqué. Démonos una vuelta por cualquier escuela de instrucción primaria, de nivel medio, medio superior o superior; observemos y escuchemos. Veamos comportamientos de alumnas y alumnos. Escuchemos sus diálogos, miremos sus gestos y sus expresiones corporales y el trato entre ellos. Al término de la visita podrá Usted coincidir conmigo de que tenemos tremendas fallas en la formación de los educandos, las cuales tienen su raíz desde el hogar. Me da la impresión de que en algún momento de nuestra evolución fueron sumándose una generación tras otra en las que los padres y madres de familia dejaron de cumplir con su misión y función realmente de educar a sus hijos, dejaron de constituirse en el modelo o ejemplo a seguir y permitieron un relajamiento tal al grado de no importarles o simplemente permitir la aparición y diseminación aparentemente irreversible de malos hábitos y costumbres, de lenguaje soez, de comportamientos nada cívicos, como no ofrecerle el asiento del autobús a quien lo necesita; de falta de respeto a la vida y a los derechos de los demás; el estacionarse en lugares prohibidos o propios para personas con alguna discapacidad; pasarse la luz roja del semáforo, etc. Es aquí donde podemos incorporar la figura del gandalla, hombre y mujer, al que le vale todo porque es un ser antisocial, producto precisamente del grave deterioro de la educación en los hogares de nuestro país. ¿Es posible argumentar que en tales hogares se ha gestado todo lo malo que nos ocurre en México? Por ejemplo, la corrupción, la inseguridad, producto de la delincuencia desatada, el incremento de la mortalidad por hechos violentos y en particular los feminicidios. Ojalá que la incorporación de la materia Civismo en los planteles escolares coadyuve a enderezar el rumbo de nuestra nave.
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