Día de Reyes

Aquella mañana del 6 enero de 1964 por doquier se escuchaba la alharaca constituida por risas, gritos y diálogos de los niños de la vecindad y del exterior; cual más mostraba su contento con los regalos que habían recibido de los “Santos Reyes”, colocados la noche previa alrededor del nacimiento o del árbol de Navidad. Pero en esa vivienda a la que me refiero, seis infantes, cuatro mujercitas y dos varoncitos, menores de 12 años, todos ellos hermanos, lloraban la desgracia de no haber encontrado nada, a pesar de haber puesto sus viejos zapatos con su respectiva carta, dirigida a los también llamados “Magos de Oriente”. Todas las criaturas juraban y perjuraban que se habían portado bien el año anterior y todavía con la esperanza de hallar los anhelados juguetes seguían buscando, porque en su inocente mente infantil especulaban con la idea de que “por las prisas” de la entrega en toda la ciudad, posiblemente los hubieran dejado hasta en la azotehuela o debajo del lavadero. ¡Hasta donde puede impactar en la niñez un hecho como el que narro 50 años después!

En eso estaban los hermanos cuando una voz amorosa los conminó a buscar en una determinada parte del pequeño departamento. Hasta ahí fueron todos en bola para darse cuenta que su madre tenía razón; exactamente había un juguete para cada uno, con una pequeña tarjetita en la que supuestamente se disculpaban los Reyes Magos por haberlos dejado en ese lugar. De ahí en adelante todo fue alegría y salir al patio para presumir a los demás niños el motivo y motor de su vida en esos momentos. Lo que no supieron los hermanos por muchos años es que su santa madre había sido el artífice de que esa fecha no pasara desapercibida, con el consentimiento y apoyo moral del jefe de la familia, mismo que derramó lágrimas de hombre bueno por dos razones, primero por saberse imposibilitado para haber sufragado los gastos de la reciente Navidad y del Año Nuevo, y posteriormente la compra de los juguetes para su media docena de hijos menores de 12 años; el otro motivo fue precisamente verlos, junto con sus dos hijos mayores, radiantes de felicidad, con los modestos obsequios que habían recibido.

Seis meses atrás la situación económica de la familia era un tanto cuanto desahogada, pues los ingresos de Don Elías con sus dos empleos, más la modesta aportación de Doña Conchita como responsable, más no dueña, de un pequeño expendio de pan y la venta de gelatinas que ella misma elaboraba por las noches, habían permitido la incipiente prosperidad de la numerosa prole, la que sentía que ya formaba parte de otra clase social al haber dejado atrás una vetusta vecindad y gozar de un nuevo inmueble, recién remodelado, con lo básico para poder vivir con cierta comodidad. Era 1963. Pero la vida da muchas vueltas y así ocurrió en ese año, pues Don Elías, que por las tardes trabajaba como recogedor de bolas en el Boliche conocido como “Bol Silverio”, (parece que todavía funciona muy cerca del Monumento a la Madre), sufrío un terrible accidente, pues se fracturó un fémur al recibir el impacto de una bola de más de 7 kilogramos de peso. La lesión lo mantuvo inactivo el resto del año, perdió ese empleo y en la dependencia de gobierno donde trabajaba en el turno matutino le disminuyeron el sueldo al 50%, luego de determinado tiempo de incapacidad. Así se dio el derrumbe económico de la familia.

Por ese motivo, Doña Conchita se convirtió en la columna vertebral en la economía de la casa. Hubo árbol de Navidad, no, pero dos ramas que fue a conseguir a un parque sirvieron para adornar la pequeña sala; les colgó sus esferas y las cubrió de algodón. La noche del 24 también hubo una humilde cena preparada por ella y quedó algo para el “recalentado”. Se recibió el nuevo año con otra cenita en la que no faltaron los romeritos, acompañándolos con una salsa de chicharrón y ponche y para Reyes ocurrió lo que ya narré. Para ello había destinado muchas horas de diciembre, vistiendo decenas de muñequitas de plástico, las que luego de venderlas el 5 de enero por el rumbo de La Merced, fue la causa de la tardía llegada de los Reyes Magos. Hoy los recuerdo, madre, a ti y a mi padre, con una gran nostalgia; en ti cabe expresar “¡Mater Admirábilis!”.

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