Pesadilla en vacaciones
Llegué a la ciudad y puerto de Acapulco con mi familia para disfrutar de unas necesarias y merecidas vacaciones. Una vez instalados en el hotel revisé la sección amarilla, para conocer la relación de restaurantes con especialidad en pescados y mariscos; como no me decidí por ninguno, opté por preguntar en el área de servicios al cliente del hotel, sobre ¿Cuál nos podrían recomendar?; nombraron algunos de ellos y finalmente nos sugirieron el que supuestamente era el mejor y mayormente conocido. Hacia ese restaurante nos dirigimos. El único que ordenó pulpo en su tinta con su guarnición de arroz y verduras cocidas fui yo. Mi esposa había insistido en que yo eligiera otro platillo, pues tenía la impresión que lo que pedí no era muy solicitado, con la posibilidad de que estuviera descompuesto. No hice caso y disfruté mi comida; tenía buena vista cuando me lo sirvieron, no había ningún olor que delatara que estaba impregnado de millones de bacterias y el sabor aparentemente era agradable al gusto.
Ni mi esposa ni mis hijos padecieron lo que yo sufrí horas más tarde y por lo menos tres días después. Además de haberse instalado un violento cuadro de vómito con múltiples y frecuentes evacuaciones diarreicas, llegué a elevar el termómetro arriba de los 39oC.; previamente me habían invadido intensos escalofríos, malestar general, dolor en casi todas las articulaciones y en la parte baja de la columna vertebral, y luego un terrible dolor en ambos ojos y en la cabeza. A pesar de haber iniciado el tratamiento que me ministró el médico del hotel, los síntomas y signos de la enfermedad se prolongaron por más de 24 horas y una vez que comenzaron a controlarse quedé totalmente desmadejado, hecho una piltrafa humana; como si me hubiera pasado un tren encima. Me la pasé postrado en cama y la cefalea no cedió sino hasta 72 horas después. Imposible fijar la vista en la televisión, menos aún en algún periódico, libro o en las revistas que llevamos a propósito para nuestro viaje. Se acabaron las vacaciones para mí y de paso fastidié, de alguna manera a mi familia. ¿A Usted le ha pasado alguna vez en su vida algo parecido o todavía peor?
Bueno, déjeme decirle que esto que acabo de narrarles no ocurrió ahora, fácilmente pasó hace unos 20 años, pero tal acontecimiento no se borró de mi mente ni se me olvidará jamás; así fue de severo. No quiere decir que posteriormente me haya librado de algún cuadro infeccioso gastrointestinal, pero ninguno como aquel. Precisamente sobre este problema de Salud Pública, la OMS escogió como tema del Día Mundial de la Salud 2015 la “Inocuidad de los alimentos”. Lamentablemente fue un asunto cuya difusión resultó prácticamente irrelevante, pues no toda la población se entera de este tipo de noticias, las que ciertamente fueron cubiertas por todos los medios de comunicación masiva, me refiero a la radio, la televisión, la prensa y el internet. Por otra parte, habría que evaluar el impacto real de las acciones emprendidas alrededor del día 7 de abril, en todos los establecimientos de salud, principalmente del primer nivel de atención.
De lo expresado por la OMS vale la pena resaltar que hay microrganismos que pueden hacer que los alimentos huelan y sepan mal y tengan un aspecto repugnante; sin embargo, no siempre suelen causar daño; en cambio, hay otros que no alteran el aspecto de los alimentos, pero sí pueden causar enfermedad, incluso llevar a la muerte. No debemos confiarnos del olor, el sabor y la apariencia de los alimentos, pues ello no es indicador de inocuidad y por lo tanto garantía de calidad. Baste saber que los microorganismos son tan pequeños que un millón de ellos puede ocupar la cabeza de un alfiler, que una sola cucharilla de tierra contiene más de mil millones de ellos, que en cada centímetro cuadrado de piel humana hay un promedio de 100 mil bacterias, que los animales los portan en sus patas, boca y piel y que el excremento de personas y animales contienen microbios que pueden provocar enfermedades.
No sólo es cuestión de lavarse bien las manos antes de comer y después de ir al baño. Le recomiendo que visite la página de la OMS en internet: Las cinco claves para la inocuidad de los alimentos.
Ni mi esposa ni mis hijos padecieron lo que yo sufrí horas más tarde y por lo menos tres días después. Además de haberse instalado un violento cuadro de vómito con múltiples y frecuentes evacuaciones diarreicas, llegué a elevar el termómetro arriba de los 39oC.; previamente me habían invadido intensos escalofríos, malestar general, dolor en casi todas las articulaciones y en la parte baja de la columna vertebral, y luego un terrible dolor en ambos ojos y en la cabeza. A pesar de haber iniciado el tratamiento que me ministró el médico del hotel, los síntomas y signos de la enfermedad se prolongaron por más de 24 horas y una vez que comenzaron a controlarse quedé totalmente desmadejado, hecho una piltrafa humana; como si me hubiera pasado un tren encima. Me la pasé postrado en cama y la cefalea no cedió sino hasta 72 horas después. Imposible fijar la vista en la televisión, menos aún en algún periódico, libro o en las revistas que llevamos a propósito para nuestro viaje. Se acabaron las vacaciones para mí y de paso fastidié, de alguna manera a mi familia. ¿A Usted le ha pasado alguna vez en su vida algo parecido o todavía peor?
Bueno, déjeme decirle que esto que acabo de narrarles no ocurrió ahora, fácilmente pasó hace unos 20 años, pero tal acontecimiento no se borró de mi mente ni se me olvidará jamás; así fue de severo. No quiere decir que posteriormente me haya librado de algún cuadro infeccioso gastrointestinal, pero ninguno como aquel. Precisamente sobre este problema de Salud Pública, la OMS escogió como tema del Día Mundial de la Salud 2015 la “Inocuidad de los alimentos”. Lamentablemente fue un asunto cuya difusión resultó prácticamente irrelevante, pues no toda la población se entera de este tipo de noticias, las que ciertamente fueron cubiertas por todos los medios de comunicación masiva, me refiero a la radio, la televisión, la prensa y el internet. Por otra parte, habría que evaluar el impacto real de las acciones emprendidas alrededor del día 7 de abril, en todos los establecimientos de salud, principalmente del primer nivel de atención.
De lo expresado por la OMS vale la pena resaltar que hay microrganismos que pueden hacer que los alimentos huelan y sepan mal y tengan un aspecto repugnante; sin embargo, no siempre suelen causar daño; en cambio, hay otros que no alteran el aspecto de los alimentos, pero sí pueden causar enfermedad, incluso llevar a la muerte. No debemos confiarnos del olor, el sabor y la apariencia de los alimentos, pues ello no es indicador de inocuidad y por lo tanto garantía de calidad. Baste saber que los microorganismos son tan pequeños que un millón de ellos puede ocupar la cabeza de un alfiler, que una sola cucharilla de tierra contiene más de mil millones de ellos, que en cada centímetro cuadrado de piel humana hay un promedio de 100 mil bacterias, que los animales los portan en sus patas, boca y piel y que el excremento de personas y animales contienen microbios que pueden provocar enfermedades.
No sólo es cuestión de lavarse bien las manos antes de comer y después de ir al baño. Le recomiendo que visite la página de la OMS en internet: Las cinco claves para la inocuidad de los alimentos.
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