Hoy somos. Mañana fuimos
El inesperado fallecimiento del Lic. Sebastián Lerdo de Tejada Covarrubias, Director General del ISSSTE, víctima de un fulminante infarto del miocardio el pasado 23 de mayo, causó una gran conmoción en la clase política del país, pero más aún en el gabinete legal y ampliado de la actual administración federal. Y es verdad, nadie esperaría que, a sus 48 años de edad, el importante servidor público dejara de existir de súbito cuando se encontraba en la plenitud de la vida, en la etapa de madurez física y mental del ser humano de nuestros tiempos. Sin embargo, su muerte no es un hecho insólito en cuanto a la causa básica de la misma, porque diariamente los infartos, principalmente en varones, se acumulan en las estadísticas de la mortalidad general de todo el mundo. Múltiples factores contribuyen para que ocurra dicha patología, pero es innegable que entre los más importantes se encuentran el hábito tabáquico, el sedentarismo, el sobrepeso y la obesidad, enfermedades concomitantes como la diabetes mellitus y la hipertensión, el estrés crónico, la crisis de pánico y otro tipo de cardiopatías, como las congénitas, entre otras.
No son pocos los ejemplos relacionados con la muerte por infarto. Recuerdo a un vecino cuya esposa fue a mi domicilio para solicitarme con desesperación que fuera a su casa para que atendiera a su marido. Acudí de inmediato con mi maletín y lo necesario para esos casos. No hubo nada que hacer, pues cuando llegué a socorrerlo había dejado de existir. Don Francisco tenía 38 años y estaba exánime, recostado en un sillón reposet, frente al televisor, todavía encendido con la transmisión de un partido de futbol. A su lado tenía una mesita de servicio con algunas botanas, un vaso de cerveza a medio consumir y un cenicero con varias colillas de cigarro. Yo sabía que era un fumador empedernido y ese fue lamentablemente su fin.
En otra ocasión, me encontraba en la fila para documentar mi vuelo de regreso de la ciudad de México a la capital de nuestro estado. Delante de mí se hallaba una pareja con sus dos hijos y con sendas maletas esperaban viajar al Puerto de Acapulco. De pronto, el jefe de la familia manifestó sentirse mal, palideció y comenzó a sudar copiosamente. Los empleados del aeropuerto no le permitieron documentar y solicitaron que lo atendieran de inmediato en el servicio médico; en este último permaneció en una camilla mientras arribaba al aeropuerto un helicóptero para trasladarlo de urgencia a un determinado hospital. Tras veinte minutos de espera el hombre se infartó, y a pesar de las maniobras de resucitación falleció sin que sus familiares estuvieran con él, porque les habían pedido que se mantuvieran atentos en una sala adjunta a los servicios médicos. En un momento dado los llamaron para darles la fatal noticia y para entregarles los zapatos del finado, cuya edad frisaba los 50 años.
Recuerdo también la imagen que recorrió el mundo entero, de un individuo, más o menos de esa edad, vestido con impecable traje de casimir, el cual se infartó en la sala donde se desarrollaba un juicio y él ocupaba una silla en su carácter de defensor de su cliente. La patética expresión de su rostro, mientras sufría los efectos letales de la falta de riego sanguíneo en su corazón, fue brutal e impactante ante los ojos de todos los que vimos la escena en los noticieros de la televisión. En ese mismo tenor, llega a mi mente la noticia del fallecimiento de mi buen amigo y condiscípulo de la Maestría, el Dr. Rafael Díaz Abaunza a quien poco antes había saludado en un congreso médico en la ciudad de Monterrey; era el año 2001 y apenas rebasaba las cinco décadas de su vida. El Dr. Díaz había ocupado un puesto importante en la SSA federal. El infarto al miocardio lo tomó por sorpresa mientras dormía a las dos de la mañana. Otro amigo entrañable, el Dr. Óscar Julio Velázquez Monroy, quien había sido ratificado en un elevado puesto de la Secretaría de Salud Federal, falleció igualmente por un infarto cardiaco durante la madrugada del 14 de diciembre del 2006. Tenía apenas 54 años. Todas esas muertes pudieron haberse evitado mediante acciones de prevención dirigidas a las causas que las originan.
No son pocos los ejemplos relacionados con la muerte por infarto. Recuerdo a un vecino cuya esposa fue a mi domicilio para solicitarme con desesperación que fuera a su casa para que atendiera a su marido. Acudí de inmediato con mi maletín y lo necesario para esos casos. No hubo nada que hacer, pues cuando llegué a socorrerlo había dejado de existir. Don Francisco tenía 38 años y estaba exánime, recostado en un sillón reposet, frente al televisor, todavía encendido con la transmisión de un partido de futbol. A su lado tenía una mesita de servicio con algunas botanas, un vaso de cerveza a medio consumir y un cenicero con varias colillas de cigarro. Yo sabía que era un fumador empedernido y ese fue lamentablemente su fin.
En otra ocasión, me encontraba en la fila para documentar mi vuelo de regreso de la ciudad de México a la capital de nuestro estado. Delante de mí se hallaba una pareja con sus dos hijos y con sendas maletas esperaban viajar al Puerto de Acapulco. De pronto, el jefe de la familia manifestó sentirse mal, palideció y comenzó a sudar copiosamente. Los empleados del aeropuerto no le permitieron documentar y solicitaron que lo atendieran de inmediato en el servicio médico; en este último permaneció en una camilla mientras arribaba al aeropuerto un helicóptero para trasladarlo de urgencia a un determinado hospital. Tras veinte minutos de espera el hombre se infartó, y a pesar de las maniobras de resucitación falleció sin que sus familiares estuvieran con él, porque les habían pedido que se mantuvieran atentos en una sala adjunta a los servicios médicos. En un momento dado los llamaron para darles la fatal noticia y para entregarles los zapatos del finado, cuya edad frisaba los 50 años.
Recuerdo también la imagen que recorrió el mundo entero, de un individuo, más o menos de esa edad, vestido con impecable traje de casimir, el cual se infartó en la sala donde se desarrollaba un juicio y él ocupaba una silla en su carácter de defensor de su cliente. La patética expresión de su rostro, mientras sufría los efectos letales de la falta de riego sanguíneo en su corazón, fue brutal e impactante ante los ojos de todos los que vimos la escena en los noticieros de la televisión. En ese mismo tenor, llega a mi mente la noticia del fallecimiento de mi buen amigo y condiscípulo de la Maestría, el Dr. Rafael Díaz Abaunza a quien poco antes había saludado en un congreso médico en la ciudad de Monterrey; era el año 2001 y apenas rebasaba las cinco décadas de su vida. El Dr. Díaz había ocupado un puesto importante en la SSA federal. El infarto al miocardio lo tomó por sorpresa mientras dormía a las dos de la mañana. Otro amigo entrañable, el Dr. Óscar Julio Velázquez Monroy, quien había sido ratificado en un elevado puesto de la Secretaría de Salud Federal, falleció igualmente por un infarto cardiaco durante la madrugada del 14 de diciembre del 2006. Tenía apenas 54 años. Todas esas muertes pudieron haberse evitado mediante acciones de prevención dirigidas a las causas que las originan.
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