¡Gracias a Dios!
Esas palabras escuché por la mañana del jueves en el noticiero de Sergio Sarmiento y Guadalupe Juárez en conocida estación de radio, al tener del otro lado de la línea telefónica al famoso periodista y columnista, don Alberto Aguilar, muy conocido como “Don Dinero”, al referirse al fin de las campañas del actual proceso electoral. Le dio perfectamente al clavo con tal expresión tan natural, que bien puede interpretarse como el sentir de nuestra sociedad, que ha llegado a niveles de hartazgo y casi al límite de la tolerancia, con tanta basura que hemos escuchado una y otra vez desde hace varios meses en todas las estaciones de radio y por supuesto también en los canales de televisión. El comentario, de entrada, simplemente lo dejo hasta ahí, pues no es ese el objetivo del presente artículo.
Resulta que el “¡Gracias a Dios!” al que me he referido, dio pie para hilar algunos comentarios acerca del uso frecuente de esta pequeña frase, que a mi buen entender es producto de nuestra cultura y que se ha extendido de generación en generación, desde que los españoles se plantaron en nuestro territorio y penetraron, por todos los medios a su alcance en las diferentes culturas que hallaron a su paso, implantando la religión católica con múltiples congregaciones de religiosos, frailes y monjas, en un proceso al que denominaron evangelización. Seguramente no fue nada fácil semejante tarea de convencimiento, pues las diversas civilizaciones autóctonas tenías sus propias creencias y veneraban a múltiples divinidades, como en su tiempo aconteció en el imperio romano, con los griegos y con los egipcios, entre otros. Así, el decir ¡gracias a Dios! no es nada nuevo y permanecerá en nuestro medio por los siglos de los siglos, mientras se crea en la existencia de un Dios.
Pero vuelvo al comentario inicial. ¿Qué tiene que ver Dios con el proceso electoral? ¿Está en sus manos algún tipo de decisión como para influir que termine de súbito? <Aunque ya sabemos que el Instituto Nacional Electoral programa los tiempos del citado proceso>. Pero éste, es un ejemplo entre muchos de cómo empleamos dicha frase. ¿Como cuales otros ejemplos podemos señalar? Ahí viene la retahíla de ellos. Empecemos por los deportes, como el futbol. Si un equipo pierde, empata o gana un partido, es común que los directivos, entrenadores y jugadores digan ¡Gracias a Dios!; ¿Por qué se utiliza si se pierde?, la respuesta puede ser “Porque nada más nos ganaron por un gol”, o “Porque no nos golearon”. En el caso del box, generalmente los contendientes se persignan cuando va a iniciar el combate y se encomiendan a Dios, como si fuera cierto que los va ayudar a vencer al de enfrente; y si obtienen la victoria, por supuesto que manifiestan la manida frase. Hace décadas, era frecuente que los boxeadores mencionaran, además, a la virgen de Guadalupe, para pedirle su apoyo o para agradecerle su triunfo. Sólo me he referido a dos deportes, pero ocurre con todos.
En la vida diaria, ese ¡Gracias a Dios!, es el pan nuestro de cada día. Porque un alumno pasó un examen; al retornar a casa de un viaje, sea en cualquier medio de transporte; al alcanzar la adquisición de algún insumo, como ahora que está escasa la gasolina o de plano se carece de ella; porque se pudo casar la hija que ya pasaba de los 30 años de edad; por la venta de una casa que tenía meses y aún años que nadie la compraba; por la pavimentación de la calle que ya estaba muy deteriorada; porque ya empezaron las lluvias y se acabó el periodo de sequía; porque el taxista cobró lo justo; porque nació el hijo sano, sin malformaciones congénitas; porque por fin se murió el abuelo que tanto sufría por su enfermedad; porque alguien logró empeñar un modular para completar la colegiatura de su hijo; porque se pudo cubrir el gasto de los 15 años de la niña, etc., etc. Seguramente no faltará quien diga y afirme que todo es producto de la fe. Excelente, qué bueno que así sea y sin mayor discusión para no polemizar. Yo diría más bien que su génesis es de orden cultural y que su pronunciación es, hasta cierto punto, sin pensarlo demasiado. En cualquier caso, a nadie afecta que hablemos así, forma parte de nuestro lenguaje y de nuestra multifacética idiosincrasia.
Resulta que el “¡Gracias a Dios!” al que me he referido, dio pie para hilar algunos comentarios acerca del uso frecuente de esta pequeña frase, que a mi buen entender es producto de nuestra cultura y que se ha extendido de generación en generación, desde que los españoles se plantaron en nuestro territorio y penetraron, por todos los medios a su alcance en las diferentes culturas que hallaron a su paso, implantando la religión católica con múltiples congregaciones de religiosos, frailes y monjas, en un proceso al que denominaron evangelización. Seguramente no fue nada fácil semejante tarea de convencimiento, pues las diversas civilizaciones autóctonas tenías sus propias creencias y veneraban a múltiples divinidades, como en su tiempo aconteció en el imperio romano, con los griegos y con los egipcios, entre otros. Así, el decir ¡gracias a Dios! no es nada nuevo y permanecerá en nuestro medio por los siglos de los siglos, mientras se crea en la existencia de un Dios.
Pero vuelvo al comentario inicial. ¿Qué tiene que ver Dios con el proceso electoral? ¿Está en sus manos algún tipo de decisión como para influir que termine de súbito? <Aunque ya sabemos que el Instituto Nacional Electoral programa los tiempos del citado proceso>. Pero éste, es un ejemplo entre muchos de cómo empleamos dicha frase. ¿Como cuales otros ejemplos podemos señalar? Ahí viene la retahíla de ellos. Empecemos por los deportes, como el futbol. Si un equipo pierde, empata o gana un partido, es común que los directivos, entrenadores y jugadores digan ¡Gracias a Dios!; ¿Por qué se utiliza si se pierde?, la respuesta puede ser “Porque nada más nos ganaron por un gol”, o “Porque no nos golearon”. En el caso del box, generalmente los contendientes se persignan cuando va a iniciar el combate y se encomiendan a Dios, como si fuera cierto que los va ayudar a vencer al de enfrente; y si obtienen la victoria, por supuesto que manifiestan la manida frase. Hace décadas, era frecuente que los boxeadores mencionaran, además, a la virgen de Guadalupe, para pedirle su apoyo o para agradecerle su triunfo. Sólo me he referido a dos deportes, pero ocurre con todos.
En la vida diaria, ese ¡Gracias a Dios!, es el pan nuestro de cada día. Porque un alumno pasó un examen; al retornar a casa de un viaje, sea en cualquier medio de transporte; al alcanzar la adquisición de algún insumo, como ahora que está escasa la gasolina o de plano se carece de ella; porque se pudo casar la hija que ya pasaba de los 30 años de edad; por la venta de una casa que tenía meses y aún años que nadie la compraba; por la pavimentación de la calle que ya estaba muy deteriorada; porque ya empezaron las lluvias y se acabó el periodo de sequía; porque el taxista cobró lo justo; porque nació el hijo sano, sin malformaciones congénitas; porque por fin se murió el abuelo que tanto sufría por su enfermedad; porque alguien logró empeñar un modular para completar la colegiatura de su hijo; porque se pudo cubrir el gasto de los 15 años de la niña, etc., etc. Seguramente no faltará quien diga y afirme que todo es producto de la fe. Excelente, qué bueno que así sea y sin mayor discusión para no polemizar. Yo diría más bien que su génesis es de orden cultural y que su pronunciación es, hasta cierto punto, sin pensarlo demasiado. En cualquier caso, a nadie afecta que hablemos así, forma parte de nuestro lenguaje y de nuestra multifacética idiosincrasia.
No hay comentarios.: