Sangre en el ruedo

En mi niñez me impactaron tres tipos de espectáculos: el futbol soccer, el box y las corridas de toros. La televisión, como centro familiar de entretenimiento, fue mi primer acercamiento con ellos, pues la televisión abierta incluía en su programación de fin de semana la transmisión de los partidos del estadio de Ciudad Universitaria <después, a partir de 1968 se le llamó Estadio Olímpico>, así como las peleas de los ídolos de entonces en la Arena México y en la Arena Coliseo, y por último, las corridas de toros que se organizaban en la Monumental Plaza México y en la de Cuatro Caminos. Así, me deleité con los partidos de futbol de los equipos locales, conociendo a las famosas “Chivas Rayadas” del Guadalajara, en su época de multicampeón y sus grandes encuentros con los equipos del Distrito Federal: América, Atlante y Necaxa. En cuanto al box me apasioné con los duelos de figuras como Ultiminio “Sugar” Ramos, Raúl “Ratón” Macías, José Medel, José “Toluco” López, José Ángel “Mantequilla” Nápoles, Vicente Zaldívar, y de otros que apenas comenzaban la carrera de las “orejas de coliflor” como Rubén “El Púas” Olivares.

Pero las corridas de toros tenían un atractivo especial, un algo que se saboreaba con la magnífica crónica taurina de Don Paco Malgesto y Don Pepe Alameda. Era difícil que me perdiera alguna de sus transmisiones en domingo al lado de mis padres y de algunos de mis hermanos. Por esa razón, cuando mi tía Isabel, hermana de mi papá, le solicitó a este último que me diera permiso para apoyarla en su pequeño puesto de comida, que formaba parte de un rosario de pequeños negocios que de fijo funcionaban alrededor de la plaza de Toros México, salté de júbilo porque intuía que sería la oportunidad de estar más cerca de semejante espectáculo. Y realmente así fue, porque tuve el privilegio de conocer “en vivo” a los grandes toreros de entonces, como Luis Procuna, Joselito Huerta, Alfonso Ramírez “Calesero”, Alfredo Leal, Curro Rivera, los hermanos Silveti, Mariano Ramos, Antonio Lomelí, Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Paco Camino, Manuel Benítez “El Cordobés”, etc. Eso fue posible y de gratis. Me explico. Con mi tía abríamos su “negocio” como a las 11:00 de la mañana, mientras ella preparaba los antojitos que expendería, yo acomodaba en el refrigerador y en una enorme tina decenas de cervezas y refrescos de cola y de sabores; colocaba, además bancas y bancos alrededor del puesto; había otras cosas que acomodar para satisfacer a la multitud de clientes hambrientos y sedientos, que a partir de las dos de la tarde invadían todo el hemicinturón de puestos de comida y de todo tipo de vendimias.

De repente, como por arte de magia desaparecía la clientela, pues boleto en mano, ya podían introducirse a la enorme plaza para disfrutar del espectáculo taurino. Desde fuera, se escuchaba imponente el murmullo de los miles de voces, las que con aplausos y al unísono gritaban el clásico “olé” con el llamado paseíllo, que con el paso doble “Cielo andaluz”, da inicio a la gran fiesta brava, apareciendo delante los matadores, luego sus ayudantes y subalternos y a los lados los “hombres de a caballo”. Cuando ya habían sido sacrificados los primeros tres toros, generalmente se abrían las puertas del gran coso y ese era el momento que siempre aprovechaba, con el permiso de mi tía, para introducirme y a veces de pie, y otras sentado por pura suerte, con lo que disfrutaba la lidia de los últimos tres toros, más el de “regalo” <que a veces eran dos>. ¡Ah como viví esa época!

Cualquiera que, de niño, luego de joven y ya de adulto haya tenido esa experiencia, difícilmente adoptará una actitud negativa hacia uno de los espectáculos más antiguos, que en España tuvo sus raíces en la cultura grecolatina. Se dice que el culto al toro y su sacrificio como rito proviene desde la civilización minoica y otras del mediterráneo oriental, por lo menos desde la edad del bronce. Sólo en Portugal no se permite la muerte del toro. Hace muchos años que no voy a una corrida de toros y tampoco las veo por la televisión. El extraordinario ambiente que se vive en directo es increíble. No merece su desaparición, pero sí estoy a favor de que ya no se sacrifique a esos nobles animales.

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