Nada con exceso. Todo con moderación

Un gran revuelo ha ocasionado en México y en múltiples países de varios continentes, la decisión de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de nuestra nación, respecto de la sentencia o resolución favorable a la solicitud de amparo, para que cuatro connacionales puedan consumir con libertad la cantidad de marihuana que necesitan para su autoconsumo, uso recreativo o lúdico. Apenas se inicia la andanada de discusiones, críticas, análisis, individuales y colectivos, en pro y en contra del dictamen, presumiéndose que finalmente todo está dirigido para que se despenalice el consumo de la cannabis, a pesar de la posición que en este momento ha asumido el poder ejecutivo federal, en el sentido de mantener las acciones que realiza el Estado Mexicano en materia de decomisos de la droga verde y la detención de los involucrados en toda la cadena de producción, traslado, distribución y venta de la misma.

Como médico, salubrista y formador de nuevas generaciones de galenos, expreso mi preocupación respecto del curso que se derive de decisiones que no sean producto de un meticuloso análisis, en el que intervengan expertos en la materia, incluidos, de manera fundamental, los profesionales del área blanca de la salud: médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, odontólogos, laboratoristas, etc., implicados realmente en las acciones de prevención, atención asistencial integral y rehabilitación, de aquellos consumidores de la marihuana cuya adicción se ha salido de control del individuo enfermo, de su familia y de la sociedad que le rodea, porque como se ha informado en múltiples medios de comunicación, el consumo de la marihuana es la “puerta de entrada” a otras drogas ilegales cuyo impacto en la salud es mayor, lo que coadyuva indiscutiblemente a la expansión de este serio problema de salud pública.

Es cierto que, a lo largo de la evolución de la humanidad, desde tiempos inmemoriales los individuos de nuestra especie han utilizado o producido toda clase de menjurjes, sustancias y productos líquidos y sólidos para sustraerse de su realidad e incorporarse a un mundo de fantasía, por lo menos mientras dura el efecto de lo ingerido, inhalado o untado. Existen infinidad de ejemplos de ello en la historia de las distintas civilizaciones, partiendo de las del continente asiático, como es el caso de la marihuana, cuyo uso se remonta a varios miles de años antes de la era cristiana; en ese sentido son harto conocidas las bacanales griegas y romanas, que luego se diseminaron en toda Europa, en las que las bebidas alcohólicas, como el vino, eran imprescindibles, pero también las hoy llamadas drogas ilícitas como la que nos ocupa. Puede afirmarse, porque existe evidencia de ello, que en la América prehispánica, los conglomerados humanos autóctonos no fueron la excepción respecto del consumo de bebidas como el aguamiel y el pulque, y del uso de productos de origen vegetal cuyo ejemplo son los hongos alucinógenos.

A partir de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del nuevo milenio, nos hemos enterado y acostumbrado a la noticia del uso creciente de la heroína, la cocaína, obviamente la marihuana, pero además aparecieron el peyote, el LSD <dietilamida del ácido lisérgico>, la mezcalina, los inhalables, las drogas sintéticas como el éxtasis, las anfetaminas <Speed>, el Popper, el GHB o éxtasis líquido, el polvo de ángel o PCP, la ketamina <derivado del PCP>, la cocaína crack en forma de cristales, y los que se agreguen cada día; el caso es que los humanos, lamentablemente los más jóvenes, incluidos los adolescentes, buscan afanosamente un producto cuyo consumo les permita, además del disfrute de nuevas sensaciones corporales y mentales, y de un supuesto incremento erótico sexual, evadirse, fugarse de la realidad, disfrutar de estados placenteros en los que la participación de los órganos de los sentidos dan lugar a muy variadas alucinaciones.

En esta vida todo lo que causa placer es pretendido por los seres humanos, a pesar de su prohibición social. Nunca está por demás afirmar que nada con exceso, todo con moderación. Sin embargo, el caso de la marihuana obliga a la reflexión.

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