Importancia del primer nivel de atención a la salud
En el número correspondiente al bimestre septiembre-octubre de 1983, la revista Salud Pública de México publicó mi artículo “La formación de médicos y su impacto en el área rural de México”, en el que abordé el impactante crecimiento en el número de escuelas de Medicina que ya se observaba en nuestro país y, por consiguiente la impresionante cantidad de médicos egresados de las mismas, estimando que habría, para el año 2000 <que se veía entonces como muy lejano>, 200 mil galenos en números redondos. De hecho, debo ser honesto en relación a que con antelación ya se habían publicado algunos trabajos más o menos semejantes; uno de ellos, del Dr. Julio Frenk Mora, que después llegaría a ocupar la titularidad de la Secretaría de Salud federal. Pero en el mío, también planteaba la situación del tipo de atención sanitario-asistencial que se proporcionaba en los llamados centros de salud rurales de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia, atendidos por un pasante de medicina y una auxiliar de enfermería, y las carencias y deficiencias que se observaban en la mayoría de dichas unidades del primer nivel de atención, las que eran, en buen número, prefabricadas y no disponían de habitación para el pasante ni las instalaciones, equipamiento y los insumos que disponen actualmente.
Ante tales hechos, me permití presentar varias sugerencias a manera de propuestas, para que fueran tomadas en cuenta por quienes tenían el poder de decisión. Entre ellas destacan: la regionalización de las escuelas de medicina, para evitar que siguieran apareciendo como hongos en todo el país y ofreciendo una educación de dudosa calidad, formando médicos en serie, sin vocación, poco éticos y humanistas. Eran en ese tiempo 27 planteles de medicina, hoy son más de 100 <existe el dato no definitivo de 132>. Además, recomendé que cada pasante de medicina que concluyera su licenciatura y presentara su título fuera contratado para hacerse responsable de su centro de salud; de esa manera se garantizaría la presencia permanente de un médico en cada comunidad. Este último apoyaría en la formación del pasante de medicina que llegara a realizar su servicio social, con asesoría, supervisión, seguimiento y evaluación constante. En pocos años, mencioné, todos los centros de salud dispondrían de un médico titulado contratado exprofeso, sin que esto fuera el fin del servicio social, ya que siempre habría vacantes que cubrir por diversas razones, entre otras la sana decisión de concursar por una residencia médica de especialidad.
Sugerí también que como apoyo para el médico contratado se le construyera en la localidad una casa habitación decorosa, para él y posiblemente su familia, y que se le ofreciera un sobresueldo. Es obvio que en caso de separación del cargo el nuevo médico ocuparía dicha vivienda. Pero mi artículo iba más allá, pues proponía que además del médico, se contrataran otros profesionales y técnicos de la salud, específicamente: personal de enfermería, odontología, psicología y promoción de la salud; así como un elemento que se encargara de los asuntos administrativos y estadísticos de la unidad de salud. La justificación era la de hacer tangibles las recomendaciones emanadas de la reciente reunión de Alma Ata, celebrada en 1978, para fortalecer las acciones de atención primaria de la salud, dirigidas fundamentalmente a la educación y promoción de la salud, y la aplicación de medidas específicas de protección, todas ellas para prevenir las enfermedades; así mismo, el diagnóstico temprano de esta últimas, su tratamiento en ese nivel o, en su caso la estabilización del paciente, su referencia a unidades de mayor complejidad <segundo y tercer nivel> y, cuando procediera, el apoyo necesario para su rehabilitación física, psicológica y/o mental. A 33 años de esa publicación sigo convencido de que el fortalecimiento del primer nivel de atención es una prioridad en México, y particularmente en nuestro Estado; más aún, cuando todo médico sabe que el 85% de la patología de la población es posible atenderla en ese nivel. Esa es mi primera recomendación a los futuros contendientes para el cargo de gobernador del Estado. Volveré.
Ante tales hechos, me permití presentar varias sugerencias a manera de propuestas, para que fueran tomadas en cuenta por quienes tenían el poder de decisión. Entre ellas destacan: la regionalización de las escuelas de medicina, para evitar que siguieran apareciendo como hongos en todo el país y ofreciendo una educación de dudosa calidad, formando médicos en serie, sin vocación, poco éticos y humanistas. Eran en ese tiempo 27 planteles de medicina, hoy son más de 100 <existe el dato no definitivo de 132>. Además, recomendé que cada pasante de medicina que concluyera su licenciatura y presentara su título fuera contratado para hacerse responsable de su centro de salud; de esa manera se garantizaría la presencia permanente de un médico en cada comunidad. Este último apoyaría en la formación del pasante de medicina que llegara a realizar su servicio social, con asesoría, supervisión, seguimiento y evaluación constante. En pocos años, mencioné, todos los centros de salud dispondrían de un médico titulado contratado exprofeso, sin que esto fuera el fin del servicio social, ya que siempre habría vacantes que cubrir por diversas razones, entre otras la sana decisión de concursar por una residencia médica de especialidad.
Sugerí también que como apoyo para el médico contratado se le construyera en la localidad una casa habitación decorosa, para él y posiblemente su familia, y que se le ofreciera un sobresueldo. Es obvio que en caso de separación del cargo el nuevo médico ocuparía dicha vivienda. Pero mi artículo iba más allá, pues proponía que además del médico, se contrataran otros profesionales y técnicos de la salud, específicamente: personal de enfermería, odontología, psicología y promoción de la salud; así como un elemento que se encargara de los asuntos administrativos y estadísticos de la unidad de salud. La justificación era la de hacer tangibles las recomendaciones emanadas de la reciente reunión de Alma Ata, celebrada en 1978, para fortalecer las acciones de atención primaria de la salud, dirigidas fundamentalmente a la educación y promoción de la salud, y la aplicación de medidas específicas de protección, todas ellas para prevenir las enfermedades; así mismo, el diagnóstico temprano de esta últimas, su tratamiento en ese nivel o, en su caso la estabilización del paciente, su referencia a unidades de mayor complejidad <segundo y tercer nivel> y, cuando procediera, el apoyo necesario para su rehabilitación física, psicológica y/o mental. A 33 años de esa publicación sigo convencido de que el fortalecimiento del primer nivel de atención es una prioridad en México, y particularmente en nuestro Estado; más aún, cuando todo médico sabe que el 85% de la patología de la población es posible atenderla en ese nivel. Esa es mi primera recomendación a los futuros contendientes para el cargo de gobernador del Estado. Volveré.
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