La incertidumbre que vivimos hoy, nos enferma.
El nivel de aceptación del presidente Enrique Peña Nieto es el más bajo desde que asumió el mando el primero diciembre del 2012. ¿Qué hay en el fondo de esta situación, que la haga más comprensible? Los antecedentes en los procesos electorales federales para la elección presidencial, nos permiten conocer que las del 11 de marzo de 1917, se constituyeron en la primera vez que se usó el sufragio universal. Venustiano Carranza, impulsado por el Partido Laboral Constitucionalista fue electo presidente de la República con el 97.18% de los votos emitidos. Desde entonces y hasta el proceso electoral federal de 1976, prácticamente todos los candidatos del PRI o los que lo antecedieron, alcanzaron la Presidencia con un porcentaje de votos superior al 80%. A partir de Miguel de la Madrid Hurtado, en 1982, el porcentaje obtenido por cada Presidente electo ha decrecido de manera vertiginosa hasta llegar a las últimas dos elecciones, pues Felipe Calderón Hinojosa, apenas pudo lograr el 35.89% de los votos, a tan solo 0.56% de lo alcanzado por Andrés Manuel López Obrador, candidato del PRD y Enrique Peña Nieto, por el PRI, en el 2012, únicamente registró el 38.21%, habiéndose despegado del segundo contendiente, otra vez Andrés Manuel López Obrador, por el PRD, con una clara diferencia del 6.62%. El magro porcentaje alcanzado por Peña Nieto, sólo significó el 24.19% del padrón electoral, es decir, la cuarta parte del mismo, lo que es igual a una minoría.
Lo expuesto, nos permite una primera aproximación para entender el nivel de animadversión hacia el actual jefe del poder ejecutivo de nuestro país, porque es obvio que todos aquellos que votaron en su contra y particularmente los que lo hicieron por López Obrador, no han aceptado el arribo del priista desde el inicio de su gestión, han permanecido inconformes y no se la perdonan; éste ha mantenido su interés por alcanzar la presidencia, ahora bajo el manto del partido MORENA, que él mismo creó, apoyado por personajes de reconocido prestigio en las diversas esferas de nuestra sociedad: políticos, académicos, científicos, periodistas y columnistas, individuos encumbrados en las artes y letras, etc. El problema es que los propios yerros del presidente y de algunos de sus colaboradores, han permitido que se desaten los demonios, sobre todo a partir del escándalo de la llamada “Casa Blanca”, las masacres de Ayotzinapa y de Tlataya, y más recientemente lo ocurrido en el fallido desalojo de los integrantes de la sección 22 de la CNTE en Nochixtlán.
A lo anterior, lo sabemos todos, se ha sumado el incendiario conflicto magisterial desde hace más de dos meses, el cual ha provocado un grave atentado a los derechos humanos de la población afectada y perdidas económicas por miles de millones de pesos, las que día a día se han ido incrementando, a tal grado que la situación ya es insostenible y debe ser considerada como un desastre nacional. El caso es que el gobierno de Enrique Peña Nieto está metido en un tobogán que conduce al precipicio, como no se había observado en nuestro país desde que tenemos memoria; se trata de un presidente que concluirá su 4º. Año de gobierno sumamente debilitado, cuando debiera ser todo contrario, como fue lo más común entre sus antecesores. Sus detractores se han dado cuenta de ello, por lo que no han faltado columnistas que de plano atizan el fuego, a tal grado que azuzan, impulsan y promueven al propio movimiento magisterial para que, junto con las organizaciones civiles que lo apoyan, de no lograr sus objetivos, lleven al naufragio al gobierno de Peña Nieto. Finalmente, el ambiente enrarecido que estamos viviendo los mexicanos afecta nuestra salud, nos enferma, nos llena de incertidumbre, porque las perspectivas de un modelo de país desarrollado, próspero, líder en el mundo en todos los campos del quehacer humano, nos muestran un panorama sombrío, para nosotros y para las futuras generaciones. Eso no podemos permitirlo, pues somos más los que deseamos una nación en la que podamos vivir en paz; un México en el que podamos salir a la calle sin temor y que podamos dormir cada día con la idea de que la mañana siguiente será mejor.
Lo expuesto, nos permite una primera aproximación para entender el nivel de animadversión hacia el actual jefe del poder ejecutivo de nuestro país, porque es obvio que todos aquellos que votaron en su contra y particularmente los que lo hicieron por López Obrador, no han aceptado el arribo del priista desde el inicio de su gestión, han permanecido inconformes y no se la perdonan; éste ha mantenido su interés por alcanzar la presidencia, ahora bajo el manto del partido MORENA, que él mismo creó, apoyado por personajes de reconocido prestigio en las diversas esferas de nuestra sociedad: políticos, académicos, científicos, periodistas y columnistas, individuos encumbrados en las artes y letras, etc. El problema es que los propios yerros del presidente y de algunos de sus colaboradores, han permitido que se desaten los demonios, sobre todo a partir del escándalo de la llamada “Casa Blanca”, las masacres de Ayotzinapa y de Tlataya, y más recientemente lo ocurrido en el fallido desalojo de los integrantes de la sección 22 de la CNTE en Nochixtlán.
A lo anterior, lo sabemos todos, se ha sumado el incendiario conflicto magisterial desde hace más de dos meses, el cual ha provocado un grave atentado a los derechos humanos de la población afectada y perdidas económicas por miles de millones de pesos, las que día a día se han ido incrementando, a tal grado que la situación ya es insostenible y debe ser considerada como un desastre nacional. El caso es que el gobierno de Enrique Peña Nieto está metido en un tobogán que conduce al precipicio, como no se había observado en nuestro país desde que tenemos memoria; se trata de un presidente que concluirá su 4º. Año de gobierno sumamente debilitado, cuando debiera ser todo contrario, como fue lo más común entre sus antecesores. Sus detractores se han dado cuenta de ello, por lo que no han faltado columnistas que de plano atizan el fuego, a tal grado que azuzan, impulsan y promueven al propio movimiento magisterial para que, junto con las organizaciones civiles que lo apoyan, de no lograr sus objetivos, lleven al naufragio al gobierno de Peña Nieto. Finalmente, el ambiente enrarecido que estamos viviendo los mexicanos afecta nuestra salud, nos enferma, nos llena de incertidumbre, porque las perspectivas de un modelo de país desarrollado, próspero, líder en el mundo en todos los campos del quehacer humano, nos muestran un panorama sombrío, para nosotros y para las futuras generaciones. Eso no podemos permitirlo, pues somos más los que deseamos una nación en la que podamos vivir en paz; un México en el que podamos salir a la calle sin temor y que podamos dormir cada día con la idea de que la mañana siguiente será mejor.
No hay comentarios.: