Los años maravillosos
Cualquiera que haya nacido antes de 1980, recordará con cierto dejo de nostalgia la serie norteamericana que llegó a encumbrarse entre los 20 mejores programas de televisión en la década de los 80´s y que para los vecinos del norte tuvo por título “The Wonders Years”, la que en seis temporadas al aire, con 115 episodios, de 1988 a 1993, logró consolidarse en el teleauditorio estadounidense y luego se extendió al de Hispanoamérica. No voy a entrar en detalles respecto de tan prestigiado e inolvidable programa, simple y sencillamente he querido aprovechar el atractivo título, pues se presta para darle otra connotación, como la que me voy a referir en este artículo.
Hablar de años maravillosos en la vida de las personas no siempre podrá aplicarse en todos los estratos sociales de una región, de un país, de un continente o en nuestro planeta en general. Es posible que ese concepto sea nulo o desconocido totalmente en un determinado núcleo social, como puede ocurrir seguramente en las comunidades más paupérrimas y por lo mismo vulnerables a todo, pues están desprovistas de todo bien y sobreviven en la miseria, situación que podría interpretarse como un símil de pobreza extrema.
Aclarado este punto, únicamente voy a dirigir mis comentarios a la evolución que cotidianamente se observa en aquellos conglomerados humanos en donde existe diversidad de familias, según su estatus social y económico, es decir, la convivencia común entre pobres y ricos, y entre ambos la llamada clase media, y esto generalmente acontece en el área urbana, situación social que no es privativa de ciudades como las de nuestro país, comenzando por la enorme megalópolis que incluye a la Ciudad de México, el Estado de México y municipios de otras entidades federativas circunvecinas. Lo mismo puede observarse en Berlín, Londres, París, Nueva York, Tokio, Moscú o Roma; en todas ellas subsisten las condiciones sociales antes mencionadas y se observa el mismo ciclo que hemos conocido desde nuestra niñez: los seres humanos nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Todas esas etapas en nuestra evolución natural son conocidas mundialmente como infancia, pubertad, adolescencia, juventud, madurez y vejez o senilidad. (Estas últimas también se manejan como tercera y cuarta etapas). Puedo afirmar que en cada una de ellas es posible el disfrute de años maravillosos, porque estos últimos no pueden encasillarse como exclusivos de una determinada edad, como sucedió con el programa de televisión inicialmente comentado, en el que aparecían actores cuyas edades frisaban entre los 12 y los 15 años, periodo de la vida en el que generalmente los jovencitos se enamoran por primera vez y su vida se vuelve un torbellino de extraordinarias sensaciones físicas y emocionales.
Los años maravillosos se van dando de manera paulatina, con distintos goces y matices, según la diversidad de las vivencias en las que participan los seres humanos: en el hogar con sus padres, hermanos y demás parentela; en la diaria convivencia con los vecinos y luego en los planteles escolares en los que se aprende a socializar y se integran pequeños grupos de la misma aula. Posteriormente, cuando en el inicio de la madurez se logra el sueño anhelado de la graduación profesional y después, entre los 25 y 50 años de edad, cuando ocurren los gratos acontecimientos que son producto del desarrollo, fortalecimiento y consolidación de los conocimientos adquiridos, así como de la experiencia acumulada en todo ese periodo, y que se ven coronados por el éxito en el desempeño del trabajo realizado en instituciones públicas o privadas, o en el ejercicio de la profesión de manera particular.
Debo añadir los años maravillosos del noviazgo y luego de la vida matrimonial, más aún con el gran acontecimiento de la llegada de los hijos y la diaria convivencia con ellos. Tampoco se pueden soslayar los años felices de las siguientes etapas de la existencia humana, cuando se goza de la cosecha de toda una vida de trabajo y se disfruta en compañía de los seres queridos. Por supuesto que hay que aceptar que nuestra vida tiene altibajos: hay lágrimas y risas, como el título de una popular historieta.
Hablar de años maravillosos en la vida de las personas no siempre podrá aplicarse en todos los estratos sociales de una región, de un país, de un continente o en nuestro planeta en general. Es posible que ese concepto sea nulo o desconocido totalmente en un determinado núcleo social, como puede ocurrir seguramente en las comunidades más paupérrimas y por lo mismo vulnerables a todo, pues están desprovistas de todo bien y sobreviven en la miseria, situación que podría interpretarse como un símil de pobreza extrema.
Aclarado este punto, únicamente voy a dirigir mis comentarios a la evolución que cotidianamente se observa en aquellos conglomerados humanos en donde existe diversidad de familias, según su estatus social y económico, es decir, la convivencia común entre pobres y ricos, y entre ambos la llamada clase media, y esto generalmente acontece en el área urbana, situación social que no es privativa de ciudades como las de nuestro país, comenzando por la enorme megalópolis que incluye a la Ciudad de México, el Estado de México y municipios de otras entidades federativas circunvecinas. Lo mismo puede observarse en Berlín, Londres, París, Nueva York, Tokio, Moscú o Roma; en todas ellas subsisten las condiciones sociales antes mencionadas y se observa el mismo ciclo que hemos conocido desde nuestra niñez: los seres humanos nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Todas esas etapas en nuestra evolución natural son conocidas mundialmente como infancia, pubertad, adolescencia, juventud, madurez y vejez o senilidad. (Estas últimas también se manejan como tercera y cuarta etapas). Puedo afirmar que en cada una de ellas es posible el disfrute de años maravillosos, porque estos últimos no pueden encasillarse como exclusivos de una determinada edad, como sucedió con el programa de televisión inicialmente comentado, en el que aparecían actores cuyas edades frisaban entre los 12 y los 15 años, periodo de la vida en el que generalmente los jovencitos se enamoran por primera vez y su vida se vuelve un torbellino de extraordinarias sensaciones físicas y emocionales.
Los años maravillosos se van dando de manera paulatina, con distintos goces y matices, según la diversidad de las vivencias en las que participan los seres humanos: en el hogar con sus padres, hermanos y demás parentela; en la diaria convivencia con los vecinos y luego en los planteles escolares en los que se aprende a socializar y se integran pequeños grupos de la misma aula. Posteriormente, cuando en el inicio de la madurez se logra el sueño anhelado de la graduación profesional y después, entre los 25 y 50 años de edad, cuando ocurren los gratos acontecimientos que son producto del desarrollo, fortalecimiento y consolidación de los conocimientos adquiridos, así como de la experiencia acumulada en todo ese periodo, y que se ven coronados por el éxito en el desempeño del trabajo realizado en instituciones públicas o privadas, o en el ejercicio de la profesión de manera particular.
Debo añadir los años maravillosos del noviazgo y luego de la vida matrimonial, más aún con el gran acontecimiento de la llegada de los hijos y la diaria convivencia con ellos. Tampoco se pueden soslayar los años felices de las siguientes etapas de la existencia humana, cuando se goza de la cosecha de toda una vida de trabajo y se disfruta en compañía de los seres queridos. Por supuesto que hay que aceptar que nuestra vida tiene altibajos: hay lágrimas y risas, como el título de una popular historieta.
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