Madre Tierra.

Hace una semana asistí a conocida funeraria ubicada en esta ciudad. La dama que se velaba, había fallecido durante la madrugada, y en el curso de la mañana ya estaba su cuerpo inerte en su correspondiente ataúd para recibir la visita de sus familiares y amistades venidos incluso del interior del país. Al día siguiente, al medio día se celebró una misa de cuerpo presente en la capilla de la misma funeraria, acompañándose de las notas musicales y el canto de los integrantes de un cuarteto de cuerdas. Casi al finalizar la ceremonia religiosa dos personas hicieron uso de la palabra. Uno de ellos, mencionó que ella volvería, como era su deseo, a la “madre tierra”, pues antes de fallecer había pedido que no se le incinerara. Esa expresión de volver a la madre tierra me hizo reflexionar sobre una verdad de Perogrullo: que los humanos no somos como una nueva planta que emerge de la tierra y sus raíces profundizan en ella para poder vivir, crecer y desarrollarse.

En el caso de nuestra especie no sucede tal cosa, y yo diría que venimos de la nada, porque aunque ya sabemos desde niños cómo nos reproducimos y que es imprescindible el acto de la fecundación de un óvulo por un espermatozoide, solo así puede ocurrir el proceso maravilloso de la integración de un nuevo ser humano en el vientre de su madre. Antes de ello no éramos nada. Luego entonces, cuando ocurre la muerte, nada justifica expresar que al depositar un cadáver en la fosa de un cementerio retornamos por ende a la “madre tierra”. Más bien, entre otras justificaciones de orden social, es un acto de saneamiento básico, de salud pública, que refleja la necesidad de la sociedad de evitar un problema sanitario.

El culto a los muertos es tan antiguo como la humanidad misma. El hombre de Neanderthal, que vivió en Europa hace 40 mil a 100 mil años, enterraba a sus muertos y diferenciaba bien entre la vida y la muerte, así como la creencia en una vida futura. Hace aproximadamente 8 mil años, los sumerios, babilonios y asirios ya concebían la idea de que después de la muerte es posible la resurrección del alma. Los nórdicos construyeron impresionantes megalitos, como los hallados en Escocia, Gran Bretaña, Irlanda, Francia, en la Península Ibérica y Malta. En sus tumbas se han encontrado diversas expresiones de culto a los antepasados. Entre los hebreos son clásicas las tumbas como la que recibió el cuerpo de Jesús de Nazaret y destaca el cuidado higiénico que se tenía con los cadáveres. Los egipcios observaron una clara división entre la vida y la muerte; de ahí el culto y los rituales que rendían a sus muertos. En los Papiros de Ebers, Brughs, Kahun y Edwin Smith, se describe el culto a los difuntos. Por otra parte, Ka era un pájaro que representaba al alma y al morir una persona abandonaba su cuerpo. Los egipcios fueron los mejores embalsamadores de todos los tiempos, preservando los cadáveres para su viaje al más allá. En México, las culturas prehispánicas se caracterizaron por las ceremonias fúnebres en honor de sus muertos.

En los últimos años he asistido a varios velatorios de la ciudad para estar presente en las honras fúnebres de entrañables amistades, y casi todas finalmente fueron incineradas antes o después de un servicio religioso siendo verdaderamente impactante observar a algún miembro de la familia que vive la pérdida del ser querido, llevando en sus manos la pequeña urna de madera con las cenizas de este último. En realidad, la cremación no es una novedad de nuestros tiempos. En el México prehispánico formaba parte del ritual funerario, como se describe en la “Historia General de las cosas de la Nueva España”, crónica escrita por Bernardino de Sahagún. Con el arribo de los españoles y del cristianismo dicha práctica fue abolida por ser contraria al versículo bíblico que dice “comeréis vuestro pan con el sudor de vuestro rostro hasta que volváis a la tierra de donde habéis salido, porque no sois más que polvo y en polvo os convertiréis”; tal vez de aquí surgió la idea y costumbre de expresar que la tierra es nuestra madre.

Sea como sea, sepultado o incinerado nuestro cuerpo, nuestros restos se integrarán a la naturaleza, pero en realidad venimos de la nada y algún día volveremos a la nada. Hoy somos, mañana fuimos.

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