Una noche difícil de olvidar
A fines del mes de agosto del año 2012, asistí a la Ciudad
de México a un taller de capacitación cuya sede fueron las instalaciones del
Hotel Meliá, hoy Barceló. El curso estaba
programado en dos fases, una teórica de tipo presencial, la cual tendría lugar
en el sitio antes mencionado los días 29, 30 y 31 de ese mes, y la fase virtual
o en línea, a desarrollarse en los meses siguientes hasta concluir a principios
de diciembre. Tomamos el curso la Dra. Lesvia Margarita Rivera Abarca y yo, por
parte del Consejo Estatal para la Prevención y Control del Sida, COESIDA, y el
Dr. Reynaldo Miguel Zavaleta y su esposa, la Dra. Alba Osorio Alcalá, adscritos
a los Servicios de Salud de Oaxaca, SSO. El curso taller resultó ser de muy
alto nivel, con profesores del Instituto Nacional de Salud Pública.
La noche del 31 de agosto viajamos de regreso a la capital
del Estado con excepción de la Dra. Rivera Abarca. Lo hicimos en un autobús del
ADO en su versión Platino. El conductor era un individuo relativamente joven. Todos
los asientos venían ocupados; muy pronto se durmió la mayoría de los pasajeros.
Habíamos rebasado la Ciudad de Puebla cuando súbitamente nos despertamos al
sentir el fuerte encontronazo que ocurrió, por alcance, con un camión de carga
tipo Torton. El golpe fue seco y nuestro autobús se fue de lado, derrapando
decenas de metros, escuchándose un intenso silbido, hasta que por fin se
detuvo. En un instante las escenas fueron impactantes, pues a un buen número de
pasajeros le escurría un hilillo de sangre en la frente, ya que al no haberse
colocado el cinturón de seguridad, al momento del choque salieron proyectados
hacia adelante, golpeándose el rostro con el filo superior de la pantalla que
viene colocada detrás de cada asiento. Tuve la fortuna de que eso no me
sucediera porque sí me coloqué el cinturón; a cambio, con el fuerte jalón, la
piel del hemitórax izquierdo se me quedó marcada en hemicinturón, observándose
una equimosis que se desvaneció totalmente al cabo de un mes. Eso fue todo para
mí.
Casi de manera simultánea a la observación de los heridos
ya descritos, se escuchaban ayes y gritos de dolor en la parte delantera del
autobús. Los pasajeros de los primeros asientos resultaron muy heridos; una de
ellas fue la Dra. Osorio Alcalá, quien resultó con trauma abdominal pues su
cinturón estaba muy flojo. Otro pasajero se quejaba terriblemente por una
fractura expuesta de la tibia y peroné derechos. De pronto todo era una gran
confusión y no sabíamos que hacer; además, la puerta que separa la cabina del
conductor respecto del interior del autobús, se había trabado y era imposible
su apertura, por ello desconocíamos lo que había pasado y el estado en que se
encontraba el chofer. Alguien gritó que teníamos que salir de inmediato ante la
posibilidad de que se incendiara el transporte, provocando con ello un terrible
pánico y una sensación de ansiedad en todos los pasajeros. Uno de ellos sugirió
romper los cristales con los martillos que vienen colocados en sitios
estratégicos; pronto no quedó una sola
ventana intacta. Afuera llovía de manera torrencial, con ráfagas de viento, por
lo que el agua comenzó a introducirse por las ventanas desprotegidas; otra
calamidad. Un joven logró destrabar una de las salidas de emergencia del techo
del autobús, pero al salir a la intemperie de inmediato se dio cuenta que sería
una imprudencia saltar desde ahí al suelo de la autopista.
El accidente ocurrió en el tramo Puebla-Tecamachalco. Eran
las dos de la mañana del día 1º de septiembre. Las brigadas de protección civil
y de la Cruz Roja hicieron maniobras inverosímiles para sacar a los heridos por
las ventanas y los trasladaron a diversos hospitales. Lograron abrir la puerta
para que pudiéramos salir en medio de los escombros de la parte delantera del
autobús. El conductor estaba prensado, sentado, inerme, sin respuesta, con el
parabrisas roto. En medio de una pertinaz llovizna recogimos nuestro equipaje y
esperamos otro autobús de la empresa. Cuando llegamos a la Ciudad de Oaxaca,
cada quien optó mejor por retirarse, tal vez para dejar atrás algo que pareció ser
una terrible pesadilla. Es seguro que la mayoría ha vuelto a viajar en un
autobús… y se ha colocado el cinturón de seguridad.
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