La lucha contra el hambre.
Al concluir la administración federal anterior los mexicanos fuimos informados que cerca del 50% de nuestros compatriotas viven en algún grado de pobreza y que un porcentaje significativo de estos lo hace en circunstancia de pobreza alimentaria, situación que ya había sido advertido por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) cuando dieron a conocer los resultados del estudio “Reporte sobre la discriminación en México 2012. Salud y Alimentación” con datos del año 2010.
La pobreza alimentaria significa que las familias afectadas padecen hambre, porque sus ingresos no alcanzan para que disfruten de una alimentación apropiada en cantidad y mucho menos en calidad. Sufren todos sus integrantes, pero fundamentalmente los más vulnerables: niños, mujeres embarazadas, personas de la tercera edad y aquellas que padecen alguna discapacidad. Es el rostro trágico del subdesarrollo. Es a ese flagelo de la humanidad al que, por enésima ocasión, un gobierno que se inicia en las tareas de la administración en nuestro país, pretende atacar desde distintos flancos con el concurso de toda la macrocefalia de dependencias federales y la intervención concomitante de los gobiernos estatales y municipales. El utópico objetivo es que ningún mexicano sufra hambre y que el impacto de las acciones que se programen se deje observar en el 100% de los municipios seleccionados, los que están catalogados con índices de marginación ya conocidos. También se nos ha dicho que en esta ocasión no habrá actos de sumiso paternalismo con entrega de las clásicas despensas o de determinado tipo de alimentos básicos y que la idea es que la población participe de manera muy activa en algo que se antoja como lo que expresa aquella vieja frase que dice “no hay que enseñar a comer pescado, sino a pescar”.
El efecto más terrible del hambre cuando se vuelve crónica es la desnutrición, lo cual es lo más común en los municipios urbanos y rurales donde campea la pobreza en México. En esas condiciones la desnutrición se inicia desde la gestación y prosigue de modo agresivo durante el primer año de vida y luego en los años de la edad preescolar; posteriormente, en la adolescencia mantiene efectos directos en el crecimiento, el desempeño intelectual y en el desarrollo de capacidades. Pero es en los primeros mil días de vida, si se contabilizan a partir de la fecundación, cuando se definen en el humano las oportunidades y capacidades del desarrollo intelectual y motriz y se constituye en un factor determinante en la prevención de futuras enfermedades crónicas.
La desnutrición es una de las dos expresiones de la malnutrición, pues la otra es la alimentación excesiva, como sucede en nuestro país y por la cual resulta que, paradójicamente, tenemos primeros lugares a nivel mundial tanto infantil como en adultos en cuanto a sobrepeso y obesidad. La malnutrición, en cualquiera de sus formas, presenta riesgos considerables para la salud humana. Mas de dos millones de niños mexicanos padecen problemas de desnutrición infantil crónica, sobre todo los niños que habitan en la zona sur del país, situación que afecta negativamente su crecimiento a nivel cerebral y corporal, expresó la subdirectora de operaciones del programa “Un Kilo de Ayuda” Thanya Labrada, pero de acuerdo al Boletín Epidemiológico de la Secretaría de Salud Federal, hasta la semana epidemiológica No. 52 del año 2012, se registraron casi 142 mil casos de desnutrición en sus diferentes grados, lo que representa el 0.13% de toda la población del país; mientras que en el Estado de Oaxaca se contabilizaron 7,267, lo que significa el 0.19% de toda la población. Lo anterior se traduce en la existencia de un enorme subregistro y que la mayoría de los casos patéticamente se localizan en miles de localidades del país, entre las sombras de lo desconocido. En la Cumbre del Milenio, celebrada en 2000, México refrendó su compromiso para reducir el hambre y la desnutrición, pero hasta ahora no hemos cumplido. Hay que pasar de la demagogia y de las acciones populistas a hechos y resultados tangibles.
La pobreza alimentaria significa que las familias afectadas padecen hambre, porque sus ingresos no alcanzan para que disfruten de una alimentación apropiada en cantidad y mucho menos en calidad. Sufren todos sus integrantes, pero fundamentalmente los más vulnerables: niños, mujeres embarazadas, personas de la tercera edad y aquellas que padecen alguna discapacidad. Es el rostro trágico del subdesarrollo. Es a ese flagelo de la humanidad al que, por enésima ocasión, un gobierno que se inicia en las tareas de la administración en nuestro país, pretende atacar desde distintos flancos con el concurso de toda la macrocefalia de dependencias federales y la intervención concomitante de los gobiernos estatales y municipales. El utópico objetivo es que ningún mexicano sufra hambre y que el impacto de las acciones que se programen se deje observar en el 100% de los municipios seleccionados, los que están catalogados con índices de marginación ya conocidos. También se nos ha dicho que en esta ocasión no habrá actos de sumiso paternalismo con entrega de las clásicas despensas o de determinado tipo de alimentos básicos y que la idea es que la población participe de manera muy activa en algo que se antoja como lo que expresa aquella vieja frase que dice “no hay que enseñar a comer pescado, sino a pescar”.
El efecto más terrible del hambre cuando se vuelve crónica es la desnutrición, lo cual es lo más común en los municipios urbanos y rurales donde campea la pobreza en México. En esas condiciones la desnutrición se inicia desde la gestación y prosigue de modo agresivo durante el primer año de vida y luego en los años de la edad preescolar; posteriormente, en la adolescencia mantiene efectos directos en el crecimiento, el desempeño intelectual y en el desarrollo de capacidades. Pero es en los primeros mil días de vida, si se contabilizan a partir de la fecundación, cuando se definen en el humano las oportunidades y capacidades del desarrollo intelectual y motriz y se constituye en un factor determinante en la prevención de futuras enfermedades crónicas.
La desnutrición es una de las dos expresiones de la malnutrición, pues la otra es la alimentación excesiva, como sucede en nuestro país y por la cual resulta que, paradójicamente, tenemos primeros lugares a nivel mundial tanto infantil como en adultos en cuanto a sobrepeso y obesidad. La malnutrición, en cualquiera de sus formas, presenta riesgos considerables para la salud humana. Mas de dos millones de niños mexicanos padecen problemas de desnutrición infantil crónica, sobre todo los niños que habitan en la zona sur del país, situación que afecta negativamente su crecimiento a nivel cerebral y corporal, expresó la subdirectora de operaciones del programa “Un Kilo de Ayuda” Thanya Labrada, pero de acuerdo al Boletín Epidemiológico de la Secretaría de Salud Federal, hasta la semana epidemiológica No. 52 del año 2012, se registraron casi 142 mil casos de desnutrición en sus diferentes grados, lo que representa el 0.13% de toda la población del país; mientras que en el Estado de Oaxaca se contabilizaron 7,267, lo que significa el 0.19% de toda la población. Lo anterior se traduce en la existencia de un enorme subregistro y que la mayoría de los casos patéticamente se localizan en miles de localidades del país, entre las sombras de lo desconocido. En la Cumbre del Milenio, celebrada en 2000, México refrendó su compromiso para reducir el hambre y la desnutrición, pero hasta ahora no hemos cumplido. Hay que pasar de la demagogia y de las acciones populistas a hechos y resultados tangibles.
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