Manejo de la pandemia en algunos países seleccionados de la OCDE. 2020-2022
Antes de la pandemia por COVID-19 nadie podría haber imaginado que la infraestructura de salud de la mayor parte de los países del orbe sería incapaz de soportar una enorme presión de sus servicios de atención médica ante los efectos catastróficos de una pandemia viral, hasta llegar al grado de su saturación, e incluso el rebase de su capacidad. Mucho menos aquellas naciones con mayor grado de desarrollo social y económico, como sucede con Estados miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, OCDE, de la que forma parte México. En ellos se dispone de los más sofisticados adelantos de las ciencias médicas y científicas, en cantidad y en calidad. Ahí se concentran los establecimientos médicos de mayor prestigio mundial, incluidos nuestros Institutos Nacionales de Salud y los Hospitales Regionales de Alta Especialidad, además los nosocomios más sofisticados y complejos de la medicina privada, y los planteles docentes de mayor complejidad en cuanto a recursos profesionales especializados. El mundo científico se congrega ahí y por ello, cada año es de esperar que los premios Nobel se repartan entre las mentes más brillantes de esos países. También, por consiguiente se hallan los más impresionantes laboratorios de toda índole; disponen de todo lo necesario para el cumplimiento de sus protocolos de investigación. No se diga de sus poderosas y altamente reconocidas universidades, que son el non plus ultra de las ciencias, y en el caso de la Medicina y ciencias complementarias representan su Sancta Sanctorum. Decía un viejo amigo que fue mi jefe: “Ahí se concentran los santones de nuestra profesión”. Pero todo eso resultó casi inútil cuando se extendió en cuestión de días un nuevo coronavirus, al que después se denominó científicamente como SARS-Cov-2, causante de la enfermedad que la OMS calificó como COVID-19.
¿Cabe preguntar cómo pudo suceder semejante situación?, ahí donde laboran miles de profesionales de la medicina dedicados al rastreo y aplicación de los principios ortodoxos de la vigilancia epidemiológica; Ahí donde se presume que existe una extraordinaria organización por niveles de atención para contener una epidemia. Donde el nivel de escolaridad y de estatus social y económico de la población en general es el más elevado. Donde existe una vasta cultura médica. Donde las sociedades están hoy más que nunca interconectadas mediante todos los artilugios del Internet. Pero sucedió.¿A dos años de distancia del inicio de la pandemia es válido culpar a los gobiernos de los países con mayor grado de víctimas contagiadas o mortales, y de paso vituperar y denostar a hombres, mujeres y a sus connotados equipos de colaboradores del más elevado nivel, que han tenido en sus manos la elevada y delicada responsabilidad de dirigir las medidas para prevenir, atender, frenar y controlar los efectos de la pandemia desde su cargo como ministros o secretarios de salud?
Conclusiones:
1º Ningún país estaba realmente preparado para prevenir, detener, contener, atender y menos aún eliminar y erradicar la terrible ola expansiva del SARS-CoV-2 causante de la COVID-19.
2º. La velocidad de la transmisión de la pandemia impidió poner en juego la ortodoxia del manejo epidemiológico de una pandemia de esta magnitud aún en los países con mayor grado de desarrollo.
3º Las vacunas y los medicamentos para evitar la hospitalización de las posibles víctimas serán las armas más eficaces ahora y en el futuro.
4º. Epidemiólogos del mundo y sus equipos de trabajo no pueden considerarse culpables de la enorme cantidad de contagios y defunciones ocurridas, más las que vendrán todavía por efectos de la actual pandemia. Menos aún los jefes de Estado que actuaron con seriedad. Han hecho lo que humanamente les ha sido posible gracias a los avances de las ciencias médicas y a la tecnología.
6º. Ya se tiene el conocimiento epidemiológico, científico y asistencial, para poder contener la actual pandemia y tal vez las que le sigan.
Sin embargo, actualmente millones de trabajadores de la salud luchan cada día para evitar más víctimas y muertes, a costa de su propia vida.
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