Murió Montagnier, descubridor del virus del Sida

 Muy avanzado el siglo XX una nueva patología hizo su aparición en la escena mundial, y de manera por demás impresionante en poco tiempo se convirtió en una epidemia que trajo a la mente de los epidemiólogos el recuerdo de enfermedades causantes de cientos de miles de víctimas mortales, que devastaron poblaciones enteras, principalmente en Europa y en el continente americano, en los siglos previos; me refiero al tifo, la peste bubónica, el cólera, la viruela, la influenza, la fiebre amarilla, entre otras. Pero ahora, cuando la ciencia médica daba visos de disponer de un enorme arsenal farmacológico y de haber conseguido extraordinarios éxitos, como el abatimiento de las enfermedades transmisibles y el inicio de la era de los trasplantes de órganos y tejidos, resulta que la humanidad se enfrentaba a un proceso mórbido de etiología desconocida y tremendamente letal en el corto plazo.

Precisamente, por la plataforma de conocimientos acumulados en los últimos 100 años, fue posible que dos científicos y sus colaboradores, en países diametralmente opuestos en cuanto a su ubicación geográfica, descubrieran al microorganismo que se conocería finalmente como el Virus de la Inmunodeficiencia Humana, VIH por sus siglas, causante de lo que se llamó científicamente Síndrome de la Inmunodeficiencia Adquirida, Sida. Uno de los dos hombres de ciencia, Luc Antoine Montagnier falleció el día 8 de este mes a los 89 años de edad; nacido en Francia en 1932, fue un médico que se especializó en Virología; luego de su doctorado en Medicina, en 1972 recibió el nombramiento como Jefe de la Unidad Oncológica Viral del prestigiado Instituto Louis Pasteur y dos años después se le designó Director del Centro Nacional para la Investigación Científica de su país natal. Gracias a que se adelantó un año a su prestigiado oponente, fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina en el 2008. Un cuarto de siglo atrás, en 1983, junto con su equipo de laboratorio, describió e identificó un microorganismo al que en un inicio se le llamó “virus asociado a linfomadenopatía (LAV); al año siguiente, su contraparte, en los Estados Unidos de América, el investigador biomédico Robert Charles Gallo, con especialidad en virología, oncología, inmunología y bioquímica, confirmó el descubrimiento de Montagnier, ratificando que efectivamente era el causante del Sida, al tiempo que denominó a dicho germen como virus T-linfotrópico tipo III (HTLV-III), al que ahora se le conoce simplemente como VIH. Ese hecho se consideró como uno de los más grandes descubrimientos de la ciencia médica de las últimas dos décadas del siglo XX.

En un principio, en un exceso de confianza, se creyó que el paso estaba dado para la producción de una vacuna, sin embargo el virus demostró que eso no sería tan fácil por su capacidad para hacer multiresistencia, como ha sucedido hasta la fecha, por lo que existe una gran incertidumbre si eso puede llegar a ser posible.

Sabemos la trágica historia de la evolución del Sida en el mundo, convirtiéndose en una de las pandemias más temidas y tal vez una de las enfermedades que condenó a millones de víctimas a la humillante discriminación. Esto fue una constante en el comportamiento humano por lo menos durante las primeras dos décadas a partir de los primeros casos. Por otra parte, la aparición de un medicamento inhibidor del VIH, la Zidovudina, más conocido como AZT, se constituyó como la primera esperanza para limitar el avance de la replicación viral y derivado de ello la prolongación de la vida. Vinieron después nuevos descubrimientos farmacológicos para dejar atrás el uso del AZT y disminuir el elevado consumo de pastillas y comprimidos cada día, así como los efectos colaterales, secundarios y adversos. A la fecha, la vida en los pacientes VIH se ha prolongado hasta por varias décadas, con tan solo una partilla cada día.

Otro avance trascendental fue la génesis de los estudios de laboratorio clínico que han permitido disponer de pruebas para determinar si un paciente es VIH positivo, pruebas rápidas que se leen en cuestión de minutos. La humanidad les debe a Montagnier y Gallo un tributo eterno.

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